sábado, 10 de febrero de 2018

Los desmanes del pensamiento positivo

Aparentemente, no hay nada malo en ese irritante filosofía simple e ingenua de un pensamiento y una actitud abiertamente positivos; sin embargo, a poco que profundicemos encontramos una concepción maniquea de la psique humana, con base en cierto pensamiento mágico, además del germen para la frustración e incluso la alienación.

El pensamiento positivo, para gran parte de la gente y de los medios, al menos , parece resultar algo digno de atención y merecedor de una etiqueta abiertamente benévola. Multitud de frases, máxime en los últimos tiempos con el auge de las redes sociales y las nuevas tecnologías, recogen de manera extremadamente simple las bondades de una actitud positiva ante la vida. En mi opinión, hay varias lecturas sobre la cuestión, y todas sumamente irritantes. En primer lugar, se trata de una visión simplista sobre la existencia humana, y abiertamente maniquea, ya que se considera que existe una separación clara entre un pensamiento positivo y otro negativo. No hace falta indagar demasiado para recoger la tradición religiosa, y su concepción del bien y del mal; si hablamos, en concreto, de la judeocristiana, tenemos también las ideas del pecado y la virtud con mucha similitud en el caso que nos ocupa. A poco que observemos, esta visión maniquea impregna gran parte de filosofías y terapias de baratillo, que aseguran existen buenas o malas energías, vibraciones, pensamientos o como lo queramos llamar. Los seres humanos parecemos necesitar a menudo respuestas simples sobre nuestras existencia, pero tratemos de profundizar y ver que las cosas son más complejas.

Si la religión habla de fe y esperanza, y a menudo sin un hilo conector con la realidad, el pensamiento positivo parece insistir abiertamente en ello. Se nos viene a decir que con una mera actitud “positiva” las cosas van a cambiar, nuestras vidas e incluso el mundo (¡ay, ay!) van a ser mejores. Se nos insiste en que nuestros sueños pueden hacerse realidad, en que somos capaces de hacer cualquier cosa, en que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos. Hay una frase, lúcida y provocadora, que me gusta mucho, en las Antípodas de este irritante pensamiento positivo: “Si quieres seguir soñando, sigue durmiendo”. Y es ese plano onírico, obviamente basado en la magia del poder de las palabras (“yo puedo”, “yo quiero”, “yo voy a cambiar las cosas”), el único lugar donde encontramos las aparentes placidez y tranquilidad en forma de narcótico. Si nos pusiéramos todavía más profundos, llegaríamos a que la filosofía posmoderna llega a cuestionar lo que es “real”, con lo cual no es casualidad que se abra la puerta a estas concepciones cercanas al solipsismo. Frente a la objetividad (la ciencia, la razón…), supuestamente impuesta en la Modernidad, llegamos a considerar ahora que todo es subjetivo, que moldeamos la realidad según nuestra percepción subjetiva. Espero que se me entienda con todas estas reflexiones. Por supuesto que cierta dosis de fe y de esperanza, además de una determinada actitud, son necesarias para nuestro proyecto de vida. Sin embargo, me parecen fundamentales, para no caer en la subordinación y en la alienación, el desarrollo del intelecto y la conciencia sobre muchos otros factores, que nos influyen y condicionan, ademas de un permanente equilibrio con la racionalidad. Por otra parte, no rechazo abiertamente la filosofía posmoderna, y acepto las críticas a una fría concepción científica de la realidad, es cierto que hay que tener en cuenta factores subjetivos a la hora de hacer una lectura de la realidad. Sin embargo, una cosa es eso y otra muy diferente, insisto que con gran calado en la tradición mágica y religiosa, considerar que nuestra mente puede influir sobre la realidad (¿la materia?).

La actitud superficialmente positiva esconde también a menudo una suerte de conformismo e incluso de enajenación, es una pantalla que nos impide profundizar e incidir sobre la realidad (nuestras vidas, con todas sus subjetividades, es una realidad que también es social). Y llegamos aquí a otro de los puntos importantes de la cuestión, y es que el pensamiento positivo parece ignorar por completo la vida social (al menos en sus aspectos más profundos); parece otra consecuencia de ese individualismo egoísta y alienante de las sociedad posmodernas. El ser humano, de forma individual, no puede vivir al margen de la sociedad, no son entes cuya existencia pueda darse por separado. Si insistimos en que sí es posible, como sostiene el pensamiento positivo, ponemos toda la responsabilidad de la vida sobre los hombros del individuo (la culpa, el pecado…), con poca o ninguna conciencia sobre la historia o el contexto social. Sin conciencia política, en definitiva. El pensamiento positivo, desde esta lectura social y política, es una ideología simple basada en el individualismo y, además, conservadora, ya que ignora el estudio de la historia y de las sociedades. No es casualidad que tantas personas se refugien a nivel individual en ideas y terapias simples, mientras que dejan o permiten la gestión de lo colectivo a una vieja o nueva clase gestora. Son tal vez consecuencias de una concepción simple e ingenua sobre la filosofía y el conocimiento, además de esa anulación de la conciencia política. En cualquier caso, y parece obvio, una buena dosis de pensamiento negativo, tanto por la posibilidad de negar lo que es injusto, como por la buena carga de crítica que indica, es muy necesario también en la vida.

Además de esta reflexión, existe otra aspecto sobre este pensamiento supuestamente positivo. Para ello, indaguemos ahora en la psicología más elemental. Si insistimos a la gente en que tengan pensamientos positivos, con gran fuerza para supuestamente cambiar sus vidas, cuando lleguen los que no lo son tanto los sumiremos en la frustración más absoluta. No existe una separación clara entre un tipo de pensamientos u otros, por un lado, pero en cualquier caso, tenemos que aprender a gestionar los que resultan aparentemente malos. De lo contrario, daremos una importancia mayúscula a cosas que, seguramente, no la tienen. Aprender a gestionar pensamientos y estados de ánimo, eso es en mi opinión también lo que nos ayuda a tener una determinada actitud y un comportamiento final cercano a lo racional. Desconfiemos de todos aquellos, que de modo simplista, nos prometen alcanzar la felicidad. Si lo vemos de forma superficial, es posible que no observemos nada malo en el pensamiento positivo, al igual que en cualquier otra filosofía o terapia que tranquilice a las personas; sin embargo, profundicemos un poco y veremos la falsa esperanza, la culpa y la frustración que se encuentran detrás. Decirle a la gente, como han hecho tantos gurús del pensamiento positivo, que sencillamente acabamos convirtiéndonos en aquello que pensamos, tal vez no expresado de forma tan directa y revestido de no poca charlatanería, es profundamente deshonesto. Los pensamientos, positivos o negativos (sin que exista una separación clara de esta etiqueta), son resultado de muchos factores y circunstancias. La manera equilibrada y racional de gestionarlos es, tal vez eso sí, la base de nuestra felicidad individual.

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