sábado, 13 de enero de 2018

La aporofobia, el uso del lenguaje y su conexión con la realidad

Un término recientemente acuñado, que acaba de aceptar la Real Academia Española (institución "real", no necesariamente porque tenga que ver con la realidad, sino porque alude a un anacrónico Reino de España), es el de aporofobia: "Fobia a las personas pobres o desfavorecidas". Tiene bemoles el asunto. Es decir, y más adelante pasaré a profundizar un poco más en el asunto, hablamos del clasismo de toda la vida con un barniz más o menos terapéutico gracias al lenguaje.

Ojo, no es que diga que, necesariamente, me parece mal que se acepte la significación de la palabra de marras, y estoy seguro que las intenciones de Adela Cortina, la persona que la empezó a utilizar hacer unas décadas, fueron y son muy loables. En primer lugar, y lo sabrán las personas que echan un vistazo al contenido de este blog, me produce rechazo esa tendencia moderna, o tal vez posmoderna, a poner categorías a toda actitud y comportamiento, como si fuera necesaria simplemente la intervención de alguna terapia individual. Como es sabido, el vocablo 'fobia' alude al temor a algo con una inequívoca etimología psiquiátrica. Es decir, si el clasista, o racista o sexista, de toda la vida se acoge a una llamativa palabra que aluda a cierta 'enfermedad' el tratamiento que le da la sociedad, meramente individual y supuestamente "normalizador", puede ser muy diferente a si profundizamos en causas sociales y culturales para su motivación. Lo estamos viendo con personajes poderosos, que han utilizado su condición para abusar del prójimo, y no han tardado mucho en protegerse declarándose 'sexualmente' enfermos y adoptando alguna abstrusa terapia para buscar remedio. Se obvian así los factores sociales, políticos o económicos, culturales en general, que favorecen las diferencias de clase y los abusos de todo tipo. Insisto, a pesar de ello, no es que me parezca mal a priori el neologismo 'aporofobia'; al menos, para denunciar, no ese miedo o repugnancia hacia la pobreza (que deberíamos tener todos), sino hacia el pobre.

Hay quien me ha señalado alguna vez que, las personas de mentalidad más conservadora (me refiero a los que suelen aceptar las cosas tal y como aparecen delante de sus ojos), parecen tener ese temor irracional hasta el punto de que desean, no necesariamente erradicar la pobreza, sino que desaparezcan de la vista sus pobres representantes. Seguro que todos hemos oído esos comentarios que aluden a albergues que acogen a los desfavorecidos y, consecuentemente, si alguien se encuentra en la calle es porque quiere. Por supuesto, esas personas no se cuestionan la naturaleza de esos centros de acogida, ni mucho menos la sociedad e instituciones que generan esas intolerables penurias, simplemente desean que los miserables desaparezcan de su vista. "Siempre ha habido, y siempre va a haber, pobres y ricos", otro de nuestros clásicos. No es solo problema de ciertas generaciones, ese comentario lamentable lo he escuchado también en personas jóvenes. Tal vez, yendo un nivel más allá en el grado de mezquindad, esas personas que parecen sufrir de aporofobia lleguen a racionalizar su visión del mundo: si alguien es pobre, de una u otra manera se lo ha buscado por falta de responsabilidad y esfuerzo. Con fobias, o no, el ser humano llega a ser bastante despreciable. Volvamos al uso del lenguaje, el cual no estoy seguro de que sea performativo, y ahí puede encontrarse el quid de la cuestión.

Con la capacidad performativa, aludimos a que las palabras, por sí solas, tengan la capacidad de transformar la realidad. No lo sé, tal vez hasta cierto punto, pero soy partidario de la profundización en los conceptos como parte ineludible de su conexión con la actividad humana. Así, me parece primordial recuperar el sentido de términos que, la sociedad posmoderna (capitalista, burguesa y clasista, llamemos a las cosas por su nombre a pesar de cómo pueda sonar para algunos) rechaza por presuntamente anacrónicos o, en otro orden de casos, les otorga un carácter distorsionado. Que el mundo, a pesar de los numeroso avances técnicos y científicos de las últimas décadas, sigue plagado de desigualdad, pobreza y conflictos de todo tipo  (tantas veces, fabricados ad hoc para, precisamente, seguir manteniendo ese panorama) es un hecho, a pesar de que n sobrados para acabar con todo ello, pero ninguna voluntad política más allá de la pose de los discursos (otra vez, el lenguaje). Hablamos de numerosos desposeídos (otra buena palabra a recuperar, lo cual nos introduce en toda una reflexión sobre la propiedad), tanto de otras tierras, como de de nuestro propio país, para los cuales ya creamos adjetivos para un mundo terriblemente dividido: tercero y cuarto, respectivamente. Como dije al comienzo del texto, insistamos mejor en llamar a la cosa por su nombre: clasismo. Una sociedad, la de este vergonzante primer mundo, basada en la codicia y el consumismo más irracional, dividida en clases (no solo sociales, de diverso tipo), que tiende cada vez a una menor reflexión crítica. Más que crear nuevos vocablos, deberíamos dar un significado real y profundo a otros gravemente distorsionados en el desarrollo de las sociedades modernas: igualdad, solidaridad y fraternidad (tal vez, bienintencionados a veces en todo tipo de proclamas, pero sin mucha conexión con los hechos); todos ellos, estrechamente vinculados a una libertad, que no puede ser solo un lujo de unos pocos. Sí, lo sé, no puede ser solo en un bello discurso, de eso precisamente hablo. Demos importancia a los palabras, pero con una conexión nítida y profunda con los hechos.

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