lunes, 13 de noviembre de 2017

Ateísmo y nihilismo

A estas alturas de la historia, todavía parece haber personas que identifican ateísmo con ausencia de moral. El ateísmo, a priori, no implica gran cosa sobre la moral, tampoco rechazarla. Se dice que hay ateos que son nihilistas en sentido peyorativo, en su sentido más pobre, es decir, un nihilismo meramente negativo, conservador o más bien reaccionario, ya que se remonta a Hobbes y su concepción de un estado natural en el que no existen nociones de lo bueno y lo malo, y en el que los seres humanos vendríamos a ser bestias egoístas en guerra unos con otros.

Por supuesto, nos atrevemos a decir que es un minoría de ateos la que piensa de este modo y es más bien una mayoría de "creyentes", del tipo que fuere, la que acepta un mundo político y económico basado en esos presupuestos hobbesianos. Empleamos entonces el término creyentes, simplemente como sinónimo de "conservadores", es decir, los que aceptan el mundo tal y como lo colocan ante sus ojos, por muy injusto e irracional que se muestre. Es una terminología tal vez muy suave cuando hablamos de reducir al ser humano al nivel de la bestia, incapaz de transformar el medio, condicionado entonces por fuerzas externas y preocupado solo por su propia supervivencia. Precisamente, lo que nos diferencia de las bestias es la capacidad de elección, de proporcionar contenido a la moral, y no empleamos este término de manera restrictiva, sino todo lo contrario. Los ateos, una mayoría al menos de los que conocemos, consideramos que la moral no deriva de ninguna fuerza externa al ser humano y a las sociedades que ha creado, sino que surge de su propia potencialidad, de la capacidad que poseemos para transformar nuestro mundo con la única limitación de las leyes naturales (en las que, obviamente, no existe ninguna condición humana determinante previa).


Por supuesto, existirán muchos creyentes religiosos que compartan esa misma visión de la moral. De hecho, a poco que indaguemos, veremos que la moral no deja de ser, no solo independiente e incluso tantas veces contraria a los preceptos de la religión, también ajena a las propias creencias de cada persona. Es decir, el comportamiento moral está mucho más influenciado por los rasgos inherentes al ser humano y, sobre todo, por el medio en que habita, que por obligaciones morales de la naturaleza que fuere. Decir lo contrario es admitir que, tal y como dijo Einstein, el hombre no vale gran cosa si la cultura que ha creado se basa, simplemente, en el castigo y la recompensa. Esta es la herencia cultural que nos ha legado la religión, totalmente vigente hoy en día en el mundo político y económico, y esa misma moralidad es la que tienen los creyentes que solo admiten un buen comportamiento en base al miedo al castigo o a una retribución material o ultraterrena. Pero no solo los creyentes, los ateos que niegan cualquier contenido a la moral (negarla en sí es, simplemente, un despropósito) no dejan de tener la misma visión que los creyentes más cerrados y dogmáticos. Negar la posibilidad que una acción sea buena o mala, es tanto como decir que el bien y el mal deriva de algo tan arbitrario como una entidad sobrenatural. Por supuesto, la moral es independiente de cualquier creencia sobrenatural, pero hay que ir más allá, ya que la posibilidad de otorgarle un contenido lo más amplio depende del propio ser humano y su capacidad para transformar su entorno. Ateísmo, tal y como nosotros lo entendemos, y tal y como lo hace la mayoría de ateos que conocemos, consiste en la posibilidad de otorgar una mayor dignidad y moralidad al horizonte humano. Ateísmo no es sinónimo de un nihilismo negativo, pobre y falaz, que no es más que la otra cara del dogmatismo religioso. Ateísmo, si se quiere ver así, es un nihilismo combativo y positivo, capaz de generar un mundo nuevo ajeno a los dogmas y de otorgar sentido a la existencia humana.

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