viernes, 24 de noviembre de 2017

Alma, cuerpo y demás

En el viejo conflicto entre ciencia y religión, uno de las controversias más importantes es la que diferencia entre un ente corporeo y otro (supuestamente) espiritual. De hecho, toda nuestra cultura está impregnada de ese dualismo, como lo demuestra por ejemplo la etimología de la palabra psique, y derivados (ningún sicólogo o siquiatra afirmará que se ocupa de cuestiones espirituales), que alude al alma humana.

El concepto del "alma" tiene un origen religioso, aunque se remonta a la Antigua Grecia con la creencia de los pitagóricos en la transmigración y en la liberación de las ataduras de la materia debido a que el alma sufre cuando está unida al cuerpo. No hace falta saber mucho de historia y de filosofía para ver un nexo entre esa concepción del alma griega, que luego influiría en Platón, y los llamados Padres de la Iglesia. Siglos después, sería Aristóteles el modelo para la filosofía escolástica y, tanto el alma como el cuerpo, pasarían a ser "sustancias". Puede explicarse que, mientras las oraciones están compuestas de sujeto y predicado, de tal manera que el primero sería algo y alguien, y el segundo su atributo, el concepto de sustancia implica que hay palabras que pueden figurar solamente como sujetos. Naturalmente, estamos ante una concepción metafísica en lo que denominamos "sustancia", cuando el sentido común nos dice que estamos hablando de algo o de alguien.
Sigamos con la dualidad cuerpo y alma en el cristianismo. En esta doctrina, la resurrección del cuerpo supone su reunión con una sustancia real que formaba parte de él mientras existió sobre la tierra. Por muchos cambios que haya sufrido la sustancia, supuestamente mantendrá su identidad real. Naturalmente, una concepción científica no puede admitir tal cosa, ya que la materia no sería sino la reunión de sus atributos y si estos cambian, no puede hablarse nunca de una identidad (o de una esencia, o de una naturaleza). Se hace tremendamente antipático escuchar a alguien hablar de "recuperación" de una esencia humana, y es algo que podemos escuchar asiduamente como ejemplo de una sociedad y una existencia más humanas (y también en pensadores progresistas ye incluso supuestamente radicales).

Yo sería, al menos, cauto al hablar de esa serie de conceptos, detrás de los cuáles parece estar algún tipo de verdad con mayúsculas. Obviamente, el ser humano posee una serie de condiciones inherentes y de atributos, pero sujetos a muchos cambios y, en mi opinión, muy maleables por las circunstancias. Esta idea de "sustancia" o "esencia" tiene un origen claramente religioso, y forma parte todavía de las diversas creencias, aunque hay que tener en cuenta la evolución o adaptación sufrida (en la sociedad occidental, al menos). Para evitar implicaciones teológicas, se substituyó la palabra "alma" por "mente" y, posteriormente, empezó a utilizarse el término "sujeto". En este sentido, yo soy un sujeto que se relaciona con las cosas que percibo (los objetos) mediante relaciones fenoménicas, aunque la concepción religiosa insistirá en que existe una realidad "verdadera" detrás de todas esas meras apariencias (vemos aquí, claramente, la influencia platónica).

Podemos llamarlo como queramos, pero estamos ante una vieja concepción. Existe una especie de creencia, revestida de cierta "legitimidad" científica gracias a la mecánica cuántica, según la cual tendríamos varios niveles de realidad en los cuáles el cuerpo (el físico) vendría a ser el más ínfimo. No hablan ya del antiguo dualismo, ni de alma o mente, se refieren esta vez a algo superior e incorpóreo llamada "consciencia", la cual puede identificarse con la noción de sustancia religiosa. La evidencia nos dice que no existe ninguna realidad "superior", y que en cualquier caso es algo que resulta incognoscible para el ser humano (no, no voy a reproducir por enésima vez la frase del viejo Bakunin, o mejor sí: "Yo no pongo mi ignorancia en un altar y le llamo Dios" -o cualquier otro nombre rimbombante-). No podemos recuperar "esencia" alguna, ni mucho menos debemos estar subordinados a una (supuesta) instancia superior, ya que nos relacionamos con el mundo a través de fenómenos y son estos los que poseen una realidad que podemos estudiar.

Respecto a la consciencia, Bertrand Russell consideraba que aludimos con ella al hecho de que reaccionamos de cierta manera a nuestro ambiente, por una parte, y a que encontramos en nuestro interior alguna cualidad en nuestros pensamientos y sentimientos que nos diferencian de los objetos inanimados; es una definición tan sencilla, como compleja es la realidad que se abre ante esa posibilidad. Desde siempre, me han repelido todos aquellos que pretenden vendernos grandes verdades espirituales (aunque, esto es trasladable a otros terrenos muy "materiales"), jugando con los miedos, debilidades y necesidades de las personas. La ciencia, por supuesto, no posee todas las respuestas, y en cualquier caso poco o nada puede decir sobre fantasías sobre la inmortalidad y la perpetuación de la existencia a través de una instancia incorpórea. Sin embargo, sí podemos insistir en cómo influyen todas esas creencias en nuestra existencia terrenal, la cual podemos potenciar a través de nuestra relación con los fenómenos. Es una manera de entender la transformación, individual y social, y también la liberación de ataduras metafísicas.

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