viernes, 17 de marzo de 2017

La libre indagación

Siempre han existido personas que se han esforzado en pensar libremente, no solo en considerar que la idea de Dios es simplemente un invento humano, sino en señalar el gran mal que se ha hecho en su nombre. Desgraciadamente, no se puede averiguar mucho de estas personas, ya que han estado sometidas normalmente a la aniquilación o al ostracismo. De igual modo, es posible que muchos creyentes en apariencia fueran en realidad escépticos o librepensadores con miedo a proclamar su auténtico pensamiento en contextos muy represivos.

Hay veces que se mencionan las grandes obras artísticas como resultado de la fe religiosa, pero ello es en gran medida dudoso, podemos verlas también como expresiones de la cultura y de la civilización humanas desde un ámbito muy humano, además de tener serias dudas de las verdaderas creencias de aquellas personas. Afortunadamente, el desarrollo del pensamiento, aunque esté tantas veces desvirtuado, se ha apartado de toda verdad "revelada" y de toda fe dogmática para, precisamente, considerar que la conciencia, la razón y la moral son innatas al ser humano, susceptibles de ser mejoradas o deterioradas, sin que haya que buscar explicaciones espirituales o metafísicas.

Christopher Hitchens considera cuatro objeciones irreductibles a la fe religiosa: sigue representando una forma absolutamente incorrecta de los orígenes del ser humano y del cosmos, a ello es debido que sea capaz de conjuntar el máximo de servilismo y el máximo de solipsismo (creencia metafísica según la cual solo puede ser conocido el propio yo, y la realidad externa resulta entonces incognoscible), la represión sexual que ocasiona a la vez la creencia y el estar sustentada en última instancia en ilusiones. Freud consideraba que las representaciones religiosas no eran más que respuestas a las necesidades y deseos más apremiantes de los hombres. Del mismo modo, hay que insistir al igual que él en que es una falacia el que sean necesarias para la cohesión social. Sí estoy de acuerdo en que algo debe substituir a la religión, tal y como la entendemos como "ilusión", algo que podemos llamar humanismo o fraternidad universal, y confiar al mismo tiempo en una ciencia que no abandone el horizonte moral y humano. Estas objeciones y este análisis no deben ser vistos como arrogancia alguna, todo lo contrario, es el afán por conocer y por mejorar. Tal y como decía al comienzo de esta entrada, estoy seguro de que innumerables personas han sacado estas conclusiones a lo largo de la historia, y ello supone una tensión permanente con la creencia dogmática. Tal vez la ciencia y la razón no sean suficientes para establecer unos principios, pero sí son necesarios, por lo que hay que desconfiar de toda aquella fe que las combata o que las reduzca. La libertad intelectual es también necesaria, una libre indagación en todo aquello que nos permite mejorar a nivel individual y colectivo, una actitud abierta y una confianza en ideas no dogmáticas, las cuales solo pueden estar sustentadas sobre una dignas condiciones materiales de existencia.

Podemos estar en desacuerdo en muchísimos puntos sobre los temas más dispares, pero solo puede llegarse a un punto en común gracias a la evidencia y el razonamiento, nunca a través de convicciones dogmáticas y excomulgaciones mutuas. La apelación a los oscuro, lo místico y lo misterioso no me seduce nada, en cambio se me descubre un horizonte inmejorable en la ciencia, la música, el arte y la literatura. No estoy muy seguro que hablar de "valores espirituales" sea la terminología más adecuada, pero sí sé que el intelecto y la moral se nutren solo del conocimiento y de la creatividad humana, así como de nuestra capacidad innata para discernir entre lo más adecuado y lo incorrecto. Nuestra civilización no puede estar basada únicamente en los conceptos de castigo y recompensa (humanos o sobrenaturales), y si así fuera, parafraseando a Einstein, tal vez no valgamos mucho como especie. La confianza en la vida terrenal, en su máxima potenciación en la circunstancias que fuere, nos ayuda a comprender que no es así, que nuestras posibilidades son mucho mayores. Del mismo modo, existencia solo hay una, no siempre agradable, pero por ello susceptible de ser vivida de forma más plena. No es que piense que una vida digna y ética sea posible sin la creencia religiosa, es que confío en que la vida puede ser más digna y más ética sin servilismo (sé que muchos creyentes no lo verán así, pero la cultura religiosa la considero parte de la tradición autoritaria). Me causa todo el rechazo posible el gregarismo, un papanatismo que no es solo característica de la religión, pero que tal vez han copiado de ella muchas otras doctrinas y actitudes. Por ello (y no "a pesar de ello"), creo firmemente en que la individualidad solo alcanza su máximo desarrollo con la cooperación social y la solidaridad entre iguales.

Sí, la actitud atea (o no religiosa) solo se completa con un antiautoritarismo que rechace todo tipo de jefes y de clase mediadora alguna, y que huya de toda santificación de personas y de lugares (porque todos tienen su valor). Esa actitud no sectaria ayuda a no lanzar a unos seres humanos contra otros, indagando en toda aquella abstracción, culto y falsa verdad que nos enfrenta. Porque la racionalidad es solo una parte de nuestras características como especie, y puede prevalecer de modo ejemplar o puede adoptar, tal como sostienen muchos ateos, un camino distorsionado debido a los orígenes espiritualistas de la religión. No obstante, muchas cosas nobles se han dicho en nombre de la religión, pero hay que situar cada uno de ellas en su contexto adecuado y hay que observarlas sobre todo como creaciones humanas, no como verdades definitivas ni absolutas. Por lo tanto, la religión hace tiempo que tendría que haber dejado paso a un humanismo amplio, el cual huya de todo dogmatismo y reduccionismo. Como ya he dicho anteriormente, todo este análisis no está sustentado en la arrogancia, muy al contrario se basa en que nuestra capacidad para el conocimiento debe servir como motor de progreso, lo cual nos sitúa de forma paradójica en el punto más bien humilde de admitir que sabemos bien poco. Gracias a ello, somos capaces de seguir haciéndonos preguntas y escapar de cualquier forma del inmovilismo intelectual (y también vital, por supuesto).

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