martes, 26 de mayo de 2015

El arte de vender mierda

En este libro se cuenta la historia de dos biólogos que, comenzando todo como una broma, hicieron creer a numerosas personas que existía una nueva "medicina alternativa", llamada "fecomagnetismo", que podía curar basándose en heces humanas. Se trataba de una mezcla muy bien condimentada de homeopatía, biomagnetismo y otras pseudomedicinas. Uno de sus protagonistas cuenta cómo lograron hablar con supuestos terapeutas, políticos y muchas otras personas que, sorprendentemente, dieron por auténtica la broma. Esta es la apasionante y divertida historia de cómo algunos individuos logran engañar a millones de personas y, al mismo tiempo, un análisis donde se explica cuál podría ser la solución a estas estafas.

Conclusiones del autor:
"Los seres humanos somos una especie delicada que ha sobrevivido gracias a su inteligencia y su curiosidad, pero somos nosotros quienes debemos decidir qué camino elegir. La ciencia puede ayudarnos a reparar errores que hemos cometido como especie desde siempre. La pseudociencia, en cambio, nos aboca al desconocimiento, la superstición y el engaño colectivo. Nosotros, como sociedad, debemos elegir el camino que deseamos con más fuerza: aplicar la ciencia de una manera inteligente o continuar la tradición mística y pseudocientífica. El segundo camino nos aboca al estancamiento intelectual y científico, y solo disponemos de la ciencia para sobrevivir en este mundo oscuro y difícil".

Prólogo de Javier Armentia:

Sé que usted, querido lector, no es de los que se creen la primera idea rocambolesca que le cuentan. Que aplica un elemental criterio de precaución y que, ante una afirmación sorprendente, siempre se pregunta si tal historia es real o si esconde, como tantas veces ha detectado, un timo, una pérdida de tiempo, un interés…
Sin embargo, conocerá a gente de su entorno que no consigue desarrollar ese pensamiento crítico. Por ejemplo, esa persona que le llega y le comenta que acaba de comenzar una dieta estupenda que le ha hecho ya bajar diez kilos, con solo dejar de comer los lunes alimentos que comiencen por A; los martes, por E; los miércoles, por I o U; los jueves, por O; y los fines de semana, nada que tenga color rojo. Y le insiste que esta maravilla (“yo también soy escéptico, pero, ya ves…, funciona”, le dirá condescendiente) tiene, además, una base empírica y que, aunque ya se practicaba en algún lugar lejano, ha sido avalada ahora por las técnicas de resonancia magnética que unos científicos de la NASA han comprobado fuera de toda duda… Cuando usted le pregunte en qué idioma funciona lo de las letras, porque no es lo mismo el nombre en chino que en inglés, le mirará aún con mayor condescendencia y le dejará por imposible: “Tienes que abrir más tu mente, esa actitud negativa acabará con tu salud”, añadirá antes de ir a contar a otro la buena nueva.
O puede que usted sea alguien a quien acusar de estar vendido al capital, a los gobiernos o al Gran Contubernio, porque cada vez que le mencionan uno de esos misterios insondables que nos ocultan, y que cada fin de semana pueblan los espacios de radio y TV dedicados a la venta y colocación de exclusivas mundiales llenas de misterio y sospecha, contesta con sorna que resulta curioso que todas las teorías de la conspiración acaben convirtiéndose en negocio para los mismos

sábado, 23 de mayo de 2015

El hombre, Dios y el Estado

Dentro de la colección Utopia Libertaria, desde Buenos Aires, se nos presenta este notable libro de Anibal D'Auria, subtitulado Contribución en torno a la cuestión de la teología-política. Como es sabido, el anarquismo considera, a través de Proudhon y Bakunin, que la autoridad política (el Estado) tiene su origen en la autoridad metafísico-trascendental (es decir, la idea de Dios). Para los que consideren tal visión cuestionable, sorprenderá saber que importantes juristas del siglo XX, y no necesariamente progresistas, pueden considerarse continuadores de esa visión acuñando el concepto de "teología política" (atribuido a Carl Schmitt), según la cual, la teoría del Estado viene a estar constituida por conceptos teológicos secularizados. No es casualidad que uno de los textos analizados en el libro se llame "Dios y Estado", escrito por Hans Kelsen, que evoca con toda intención la obra de Bakunin. 

Antes de Schmitt y Kelsen, ya existió una polémica al respecto en el siglo XIX entre el católico Donoso Cortés y el mismo Proudhon sobre cuestiones teológico-políticas. No obstante, sería posteriormente Bakunin quien radicalizará la postura antiteísta del francés en obras como Dios y el Estado, Consideraciones filosóficas y Federalismo, socialismo y antiteologismo. Lo que nos ofrece la obra de Aníbal D'Auria es una imprescindible genealogía de la cuestión, desde la visión en la Antigüedad, con Platón y Aristóteles, pasando por la mencionada polémica en el siglo XIX, por el ámbito jurídico ya en el siglo XX y llevando el problema hasta nuestros días. El asunto de la teología política pone en evidencia una discusión sobre la propia Modernidad y su desarrollo político.
La relación entre la teología y orden político, como ya hemos mencionado, se remonta a la Antigüedad. En la época pagana, podía dividirse la teología en tres aspectos: el filosófico, con argumentos bien fundados; el mítico-poético, de carácter fabuloso, pero puesto al servicio del orden establecido y el cumplimiento de las leyes, y un aspecto mítico-poético, igualmente fabuloso, pero de una naturaleza subversiva. El primer aspecto, el filosófico, es el más poderoso y también tiene implicaciones políticas al distinguir entre los otros dos: el que favorece el orden político y el que lo disuelve. Ya en la Edad Media con el cristianismo, e inaugurado por Agustín, aparece el modelo cristiano, que sustituirá la autoridad de los filósofos por la de los sacerdotes y que también dividirá la teología en tres órdenes: el sobrenatural, trascendente y revelado; el natural, filosófico y racional, que quiere verse cercano al primero, y un orden falso y demoniaco identificado con los filósofos y poetas, la pluralidad y el materialismo. Por supuesto, la implicación política de la teología no desaparece en absoluto; si en la Antigüedad los dioses lo eran del orden político, ahora se invertirán los términos, los reinos e imperios lo serán de la Cristiandad.

El Estado moderno supondrá una traslación política de las categorías propias de la teología judeocristiana. El anarquismo observará una equivalencia entre la teología y la teoría del Estado, por lo que este será visto como un sucedáneo de Dios. Ya en el siglo XIX se destapará la primera discusión entre reaccionarios y revolucionarios acerca de si es Dios quien crea la religión y la Iglesia o, a la inversa, es el fantasma divino quien es creado por Iglesia y religión; de forma análoga, se preguntarán si es la nación la que da lugar al Estado, justificando el patriotismo o, muy al contrario, el Estado, con su propaganda patriótica, acaba fundando la nación.
Lo que hacen los anarquistas del siglo XIX es una crítica antropológica y sociológica de la religión, convirtiendo los misterios del cristianismo en inmanentes; la justicia no hay que elevarla a un plano ultraterreno, sino hay que hacerla efectiva en nuestro mundo. Autores reaccionarios, como Donoso Cortés, observarán esta visión como una especie de "teología satánica", pero con ello no dejan de relacionar la teología (verdadera y revelada, para ellos) con la política en una suerte de lenguaje metafórico. Los anarquistas, deudores en gran medida de Feuerbach, consideran que el discurso de la teología supone una especie de lenguaje metafórico inconsciente, que no esconde si no los deseos y temores humanos; con ello, se da a elegir entre el hombre y algo ideal por encima de él, que podemos denominar Dios. El anarquismo se muestra en esta cuestión por encima del otro (supuesto) enemigo de la religión, el liberalismo, el cual se muestra tibio y conciliador reduciendo en última instancia el problema al tipo de gobierno e ignorando con ello los problemas sociales; el liberalismo, como sí hace el anarquismo, se muestra incapaz de observar el problema humano que esconde toda cuestión teológica. En otras palabras, los liberales, aunque se consideren laicos, al defender el Estado acaban afirmando la idea de Dios en el terreno político.

Aníbal D'Auria dedica gran parte del libro a analizar el debate de la teología política en el siglo XX, el que entran en juego una serie de importantes teóricos del Estado y del derecho, conservadores o no. El bando progresista es, de forma obvia, y aunque no sean anarquistas políticos, continuadores de la visión moderna de Feuerbach, Proudhon y Bakunin; según la misma, es el proceso de secularización que caracteriza a la Modernidad el que supone que el ser humano trate de materializar sus aspiraciones más profundas de autorrealización en el mundo terrenal, así como que la crítica científica aleje definitivamente todo residuo metafísico y reaccionario. Por el contrario, los juristas católico-reaccionarios tampoco pretenden nada nuevo, simplemente justificar la teología medieval en base a su propia explicación, y crítica, de la Modernidad. Dicho de otro modo, y con un lenguaje más apropiado para el tema principal del libro, unos pretenden dar un sentido de la verdad a lo teológico y un sentido metafórico a lo socio-político (por lo tanto, crear una teología política); los otros, invirtiendo los términos, consideran que lo real es el orden social y lo metafórico, o ideológico, la proyección trascendente de esa realidad. Tal y como lo expresan los anarquistas, se trata de elegir entre el hombre o los fantasmas que él mismo genera; en cualquier caso, en el propio ser humano se encuentra la elección.

martes, 19 de mayo de 2015

"Ni Dios, ni amo", un lema con pleno sentido

El ateísmo fue inherente al movimiento socialista desde sus orígenes, aunque únicamente los anarquistas iban más lejos con el rotundo y significativo lema "Ni Dios, ni amo". Es decir, no al principio de autoridad, ya sea sobrenatural (poniéndola en primer lugar) o muy terrenal. Anarquismo es sinónimo de autonomía, a nivel individual y social, y tal noción no es totalmente posible si existe algún tipo de voluntad suprema. Insistiremos, desde siempre el anarquismo ha hecho propaganda contra la religión, por considerar que es consustancial a ella la existencia de alguna forma de autoridad por encima de los seres humanos. Es algo muy sencillo, y demasiado evidente, no puede haber libertad con la presencia de un amo, ultraterreno, eclesiástico, ideológico o político, del tipo que fuere.

Por lo tanto, dejaremos claro que el deseo de autonomía es propio del anarquismo. La opción, individual a priori, de estar solo y renunciar a cualquier tipo de "guía" requiere, como es lógico, un gran esfuerzo, voluntad y una reflexión continua. No pocas veces, se acusa al ateo de dogmático y de cerrarse a indagar en lo que podemos llamar "especulación metafísica". Bien, como he dicho otras veces, el término ateo recoge a muchos tipos de personas e ideas, pero lo que puede unir a un ateísmo combativo es haber comprendido los mecanismos que conducen a creer en según qué cosas (necesidad, tranquilidad, miedo...) y otorgar un horizonte amplio a la razón y a la ciencia. Sí, es posible que la negación de los viejos autoritarismos religiosos no haya conducido a muchas personas al ateísmo propuesto (es decir, a la negación "de" para, posteriormente, construir una realidad humana mejor: de nuevo estamos en los conceptos "negativo" y "positivo" de la libertad), pero yo llamaría la atención sobre esos mecanismos anteriormente mencionados, es posible que no difieran demasiado en las diversas creencias por muy diferente que se presenten en su envoltorio o por muy sofisticadas que quieran aparecer. Si, además, hay tantas creencias que se presentan hoy en día con el subterfugio de "cierta" legitimidad científica, la cosa se complica un poco (no demasiado, si tenemos las cosas claras y seguimos confiando en un conocimiento sólido y en nuestras convicciones).


Volvamos al viejo lema anarquista contrario a cualquier instancia divina y a todo amo terrenal, que a pesar de su aparente simpleza es el obvio punto de partida de una sociedad libertaria. Esa negación requiere un gran esfuerzo (puede decirse que los sometidos tienden a relajarse, como sostenía La Boétie en su Discurso de la servidumbre voluntaria, o el propio Hegel cuando afirmaba que el poder del amo se alimentaba del miedo del esclavo), una tendencia ardua y fatigosa hacia la libertad, finalmente satisfactoria, por supuesto, y con poca posibilidad de que haya un camino de retorno. Se dice continuamente que estamos en una etapa de decadencia (algo que no es solo propia de esta crisis actual, llevamos ya mucho tiempo así y difícil es no recordar un tiempo en el que no se haya analizado de esta manera), y solo el anarquismo parece resistir bien al paso del tiempo como movimiento. Hay quien ha señalado que esto es así por ser el movimiento libertario más una moral que cualquier otra cosa, algo con lo que estoy de acuerdo. La intolerable decadencia que sufren las más variadas doctrinas religiosas y políticas no afecta a quienes no negocian con sus convicciones, y tampoco se mantienen alejados en ninguna suerte de "idealismo", sino que pretenden incidir permanentemente sobre el mundo en el que viven. El desprestigio de la razón, tal y como surgió del proyecto de la modernidad, ha dado cabida a todo tipo de creencias, que a mi modo de ver no son más que el síntoma de esa decadencia.

El anarquismo confía también en la razón (no sé si denominarlo "racionalismo", ya que se trata de una corriente filosófica muy determinada, aunque hay un sentido coloquial que me parece muy diferente al que quieren darle los eruditos), y se trata de otorgarle un mayor horizonte, no de dar cabida a lo irracional y a posturas espirituales y místicas de lo más cuestionables. Es por eso que la decadencia y el despiste de todo tipo que sufrimos haya conducido a buscar refugio en nuevas creencias o creencias exóticas, como es el caso de las religiones orientales, que se presentan con una autenticidad más o menos explícita. Existen posturas históricas, morales e ideológicas, que son muy recuperables, la decadencia que sufrimos es precisamente síntoma de la tergiversación y renuncia que han sufrido. Por supuesto, no somos reaccionarios ni fanáticos, somos progresistas y creemos profundamente en la libertad, lo que ocurre y no gusta a muchos es que no hemos negociado con nuestra moral. Son aclaraciones que hay que realizar, y demostrar, de forma continua para refutar afirmaciones de gran pobreza intelectual y/o mezquindad. Sigue habiendo motivos para reflexionar sobre el ateísmo y para reivindicar el viejo lema anarquista: "Ni Dios, ni amo".

sábado, 16 de mayo de 2015

Ateología

Uno de los más conocidos divulgadores del ateísmo en los últimos años es el filósofo francés Michel Onfray. Aunque no comulgo con parte de su estilo incendiario, sí considero que sus puntos de vista son valiosos y libertarios. La reivindicación es la de una razón decididamente antirreligiosa y antimetafísica, la cual combata toda tentación de tranquilidad existencial y no mantenga a las personas en un infantilismo mental permanente.

Desgraciadamente, el ser humano posee una inclinación hacia la credulidad y la ceguera, a construirse un escenario ficticio aparentemente feliz. La vida está plagada de dificultades y de crueldades, por lo que tantas veces se opta por las fábulas, los mitos y los cuentos para niños, los cuales son ya adultos, cualquier cosa menos aceptar la evidencia de la realidad; los problemas son suprimidos en lugar de hacerles frente, tengan solución o no. Onfray, a pesar de su ataque furibundo a las creencias, es comprensivo con los creyentes, pero en absoluto con los que organizan esos recursos metáfisicos producto de la debilidad de las personas. Precisamente, lo que se denuncia es que los comerciantes de la tranquilidad existencial sustentada en creencias sobrenaturales, dejando a un lado los que directamente buscan simple beneficio económico, ocultan su propia necesidad síquica. Del mismo modo que el psicoanalista puede tratar de curar al prójimo, pero en realidad oculta el tener que preguntarse sobre su propia salud mental, los mediadores entre los dioses y los hombres "imponen su propio mundo para reforzar su conversión día a día".

Se dijo hace ya muchos años: "Cuando una persona sufre delirio lo llamamos locura. Cuando mucha gente sufre el mismo deliro lo llamamos religión". Así es, el problema es cuando la creencia privada se convierte en un asunto público y se pretende organizar la vida a los demás. Los mercaderes de los recursos metafísicos juegan con la pulsión de muerte que es, tal vez, inherente a todos nosotros, de tal manera que acaban pretendiendo el control total de las personas y de la sociedad. Onfray considera que esa pulsión de muerte nunca se supera trabajando sobre lo mágico y lo tenebroso, sino con un trabajo filosófico sobre uno mismo: "El ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada". De ese modo, se rechazan la fe, las creencias y las fábulas y se acude a la razón y la reflexión.

No hay reparo en acudir a la tradición racionalista que surge de la Ilustración, aunque es aquí donde Onfray se pone más interesante e innovador. Tantas veces se reivindican las luces de la razón ilustrada (Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Kant...), precidamente porque son luces presentables, políticamente correctas. Lo que se demandan son luces más intensas y audaces, ya que aquel periodo histórico y el proyecto de la modernidad consecuente eran, como mucho, deístas. Es reivindicable un ala histórica mucho más radical que apuesta decididamente por el materialismo y la sensualidad. No es que en la obra de Kant, por ejemplo, no haya elementos valiosos para acabar con la metafísica occidental, es que el filósofo alemán no se atrevió a ello. Constituyó un progreso la distinción entre dos mundos independientes, los de la fe y la razón, pero continúa pendiente reivindicar la primacía del segundo sobre el primero. De algún modo, al separar los dos mundos, la religión quedó a salvo al no tocar sus pilares: Dios, la inmortalidad del alma, la existencia del libre albedrío...

Hay quien ha etiquetado a Onfray de ateo posmoderno, y no sé si es totalmente acertado. Más bien se trata de una reivindicación innovadora de los postulados de la Ilustración. Se deduce ello de su crítica a Kant, de cuya obra ¿Qué es la Ilustración? reivindica todo: emancipar a los hombres de la minoría de edad, construir los medios para alcanzar esa edad adulta, que cada persona sea consciente de sus capacidades intelectuales, llevar la razón a todos los ámbitos de la vida, tener capacidad crítica y política... Pero lo que rechaza de Kant es esa protección del mundo religioso poniéndolo a salvo de la razón, por lo que hay atacar los mismos pilares de la tradición metafísica: la inexistencia de Dios (del alma y del libre albedrío). No se rechazan las luces de la Ilustración, algo propio tal vez de un autor posmoderno (que relaciona la metáfora de la luz con el deseo de imponerla a los que se mantienen en la oscuridad), sino que se reclaman más y mejores luces (el plural no es casual).

Onfray, en alguna ocasión se ha manifestado como libertario, por lo que solo podemos entender el ateísmo como una parte de la condición libertaria y antiautoritaria. De hecho, Onfray menciona a otros autores posteriores a Kant, como Feuerbach, Nietzsche, Marx y Freud, que aportan mucho para acabar con la religión, pero luego el siglo XX acabará consolidando esa separación real de la razón y de la fe. No obstante, y después de pasar por cierta recuperación de la razón, nos encontraríamos ahora en un terreno nuevo, libre de metafísica, en el que Onfray ofrece su ateología. Recupera un término de George Bataille de 1950, alusivo a una obra suya incompleta, para ofrecer una especie de deconstrucción histórica de la teología. Es una tarea ambiciosa y monumental, en la que hay que apelar a todas las disciplinas humanísticas, para acabar ofreciendo una física de la metafísica: frente a los delirios de la trascendencia, un verdadera teoría de la inmanencia.

sábado, 9 de mayo de 2015

Lo que dice Wikipedia


Todos usamos, en mayor o en menor medida, aunque solo sea como referencia, la enciclopedia digital Wikipedia. Las críticas, no son pocas, es cierto y seguramente con razón en muchos casos. No consideramos, ni mucho menos, que sea la panacea y no se nos ocurre citarla como fuente en ningún caso, lo cual no quita que sea de obligada lectura como primer paso para textos más eruditos. Como en este blog somos pertinaces, vamos a ver, como curiosidad, lo que sostiene sobre según qué conceptos asociados a las terapias alternativas; puede acusarse a la Wikipedia de cierta subjetividad y partidismo, o de estar tan manipulados los que escriben como todo hijo de vecin, pero mejor veámoslo comprobando si es posible las citas.

Medicina alternativa

Extensa entrada donde se dice que los efectos sanadores de este grupo no están apoyados por ninguna evidencia obtenida por método científico; se la opone a la medicina basada en evidencia (que, por cierto, también tiene su propia entrada). Gran parte de la entrada dedicada a 'Medicina alternativa' está dedicada a sus críticos, los integrantes de la comunidad científica, hablando de "afirmaciones engañosas", "pseudociencia", "fraude" o "metodología científica defectuosa". También se señala, como ya es conocido, que las críticas son rechazadas por "estar supuestamente basadas en prejuicios, intereses económicos o ignorancia". Diremos que es importante, sobre todo, acudir a lo que se sostiene en un discurso, no solo a quién lo dice; si los argumentos son falaces, y/o están al servicio de determinados intereses, es algo que se concluye, nunca puede ser un razonamiento apriorístico.

Medicina tradicional china
Después de explicar en qué consiste (lo del ying y el yang, el chi, etc.), se afirma sin tapujos que "hay que resaltar que en ningún estudio científico riguroso se ha demostrado su eficacia más allá del efecto placebo, la bien estudiada respuesta estadística que dice que cuando te encuentras mal no sueles ir a peor sino que tienes una ligera mejoría, y el efecto del propio sistema inmunitario ante la enfermedad, que puede ganar la batalla tras un tiempo más o menos largo de forma autónoma". No obstante, también se dice que la excepción para la Organización Mundial de la Salud parece ser la acupuntura, que es eficaz al menos en 49 enfermedades y trastornos. Como en otras terapias orientales, la religión y su cosmogonía se encuentran asociados a este tipo de conocimiento milenario; los testimonios de curaciones, estaremos de acuerdo, se producen en todas las religiones.

Medicina ayurvédica
Otra medicina tradicional milenaria, esta de la India. Se explica de tal manera, que no difiere demasiado de las revelaciones de textos sagrados. En la India, es toda una carrera de medicina con unas cifras de práctica aparentemente apreciables, aunque recordemos que se trata del segundo país más poblado del mundo con más de 1.200 millones de habitantes. La herboristería, que sí puede ser una medicina con evidencia científica al valorar un principio activo curativo, tiene un peso importante en la Ayurveda; no obstante, en la entrada de Wikipedia se alerta de la falta de controles de calidad para detectar sustancias nocivas.

Terapia de energía
Uno de los cinco tipos de medicina alternativa, pero que tiene una entrada de corta extensión en Wikipedia; "en la mayoría de los casos se encuentra científicamente comprobado que los resultados benéficos obtenidos se deben al conocido efecto placebo y no a la propia terapia". No existe evidencia alguna sobre los supuestos campos de energía que, según los practicantes de este tipo de terapias, rodean al cuerpo humano. Otra variante es la manipulación de campos electromagnéticos, cuyas existencia está más que verificada, pero en este caso con un "uso no convencional".

Osteopatía
"Se basa en la creencia de que los huesos, los músculos, las articulaciones y el tejido conectivo no solo tienen la función evidente de formar parte de nuestro cuerpo, sino que desempeñan un papel central en el mantenimiento de la salud". Es una práctica reconocida en países como Estados Unidos, Reino Unido y Francia, pero "su uso se limita a prácticas no invasivas incluidas en la medicina convencional". En un epígrafe dedicado a la críticas se dice que la comunidad científica la considera una pseudociencia, ya que está basada en principios obsoletos; sus efectos beneficiosos son equiparables a los de cualquier otro masaje terapéutico, pero se advierte de su mala praxis por personal no cualificado.

Quiropráctica
Basada en la idea de que el organismo puede autoregenerarse y en un supuesto principio regulador llamado 'inteligencia innata' que gobierna todo ser vivo (visiones del siglo XIX); las "revisiones sistemáticas no han encontrado evidencia de que la quiropráctica sea efectiva, y en los casos en los que ha resultado positiva, los posibles riesgos asociados a la manipulación de las vértebras la desaconsejan".

martes, 5 de mayo de 2015

Formas de papanatismo

Este término, que según la Rae se define como la "actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica", nos parece clave para reflexionar un poquito sobre el librepensamiento (que, no nos dejaremos de repetir, viene a ser a una tendencia a tener un pensamiento independiente basado en un análisis crítico y racional).

Antes de profundizar en el papanatismo, disposición o actitud muy extendida, en opinión del que suscribe, dejemos algo bien claro. Todos, absolutamente todos, tendemos a admirar a alguna persona de forma evidente; particularmente, podems mencionar muchos nombres de figuras intelectuales, siempre con preocupaciones éticas y políticas, a las cuales puede decirse que tomamos como referencia indiscutible (mejor expresado así, que meramente "admirar", término que parece conllevar cierta dosis de menoscabo propio). La cuestión es, clave para el asunto que nos ocupa, no perder nunca la perspectiva crítica; es una determinada actitud para la que hay que estar adiestrado, y que desgraciadamente tanto parece faltar.

Cuando la afección conocida como papanatismo se dirige, y de nuevo según la Rae, a 'algo', ya es otra cuestión. Si alguien dice que 'admira' la cultura o la ciencia, algo loable en apariencia, necesita de una dosis menor de abstracción y de una concreción mayor (siendo, en cualquier caso, un comentario a priori inofensivo). Si embargo, si hablamos de un papanatismo (admiración, insistiremos) hacia algún tipo de seudociencia o doctrina cuestionable (tal vez, lo sean todas), nos adentramos ya en un terreno pantanoso.

Esa admiración hacia algo, normalmente, está muy vinculada hacia el papanatismo hacia alguien; si nuestra figura admirada, asegura que 'tal cosa' puede proporcionar la felicidad al ser humano (por poner un ejemplo), el aserto "va a misa" (no es casualidad la expresión) y demasiadas personas se empeñan en recorrer un camino de lo más peculiar. Muchos dirán que son libres de hacerlo y que "si les funciona", pues muy bien (este comentario suele emplearse con asiduidad en la defensa de las terapias alternativas y de todo tipo de seudociencia).

Nosotros, particularmente, seguimos prefiriendo un mundo con una amplia perspectiva crítica e intelectual, sin visiones rígidas ni concepciones definitivas sobre la vida y el ser humano. En cualquier caso, limitémonos a seguir llamando la atención sobre el papanatismo que parece invadirnos. Por supuesto, hay muchos tipos del mismo; la propia religión puede definirse, de manera algo fácil la verdad, como una suerte de 'papanatismo cultural'; al menos, lo hace de manera evidente, juega con la credulidad e ingenuidad del ser humano, prometiendo alguna forma de felicidad sobrenatural (y, también, asegurando la docilidad terrenal), pero al menos no engaña ya a nadie o a casi nadie (que para eso hemos pasado una época histórica conocida como Ilustración).

Una forma de papanatismo, también bastante extendida, puede ser simplemente una consecuencia de la frívola sociedad en la que se priman valores como el éxito (a veces con esfuerzo, a veces con talento, pero no necesariamente); así, la admiración se dirige hacia figuras del mundo del deporte, del cine o de la música (la cultura de masas, en general). Es también muy fácil, aunque muy necesaria, la critica a esta forma de papanatismo basada en valores muy superficiales. ¿Qué ocurre cuando los valores pretenden no serlo tanto? Es decir, personas con habilidad mediática y retórica con aspiraciones 'intelectuales' (muy entre comillas), que generan también esos mecanismos de admiración en muchas personas; estas figuras, en nuestra opinión, son peligrosas, ya que suelen conllevar un camino de creencia y de iluminación muy rechazable, no deja de ser una suerte de nueva espiritualidad, sin demasiado originalidad en la inmensa mayoría de los casos, que ha ocupado el lugar de la religión (los charlatanes de toda la vida, pero con una mayor recubrimiento intelectual, aunque sin demasiado recorrido).

Esa admiración, de forma minoritaria, a veces está dirigida hacia figuras intelectuales y/o científicas de mayor calado, pero al igual que en el caso anterior, siempre es una actitud insertada en ese determinado contexto social (que prima la visibilidad mediática y un éxito aparente, tantas veces basado en la mera retórica), por lo que, aunque prefiramos que la gente admire por cuestiones más profundas, tal vez no deja de ser la otra cara de la moneda. Lo minoritario, como lo alternativo, no es siempre garantía de solidez intelectual en la actitud del consumidor. Así, el problema sigue siendo el mismo, el común de los mortales no termina de pensar por sí mismo y tiende hacia el maldito papanatismo. No dejamos de propugnar, por muchos mecanismos sociales que potencien ciertas tendencias cuestionables del ser humano, una visión crítica todo lo amplia posible que nos haga cuestionar siempre el discurso, junto a una querencia por el conocimiento que nos empuje a la constante indagación.

sábado, 2 de mayo de 2015

Stirner y la destrucción de lo sacro

Stirner, en su espectacular obra El único y su propiedad, critica a Feuerbach y la consideración de cambiar a Dios por una supuesta divinidad inmanente al hombre. Ello supondría otra manera de desterrarnos nosotros mismos al buscar una esencia divina que nunca encontraremos en nuestro interior. Antes que Nietzsche, Stirner trata de destruir todo el edificio cristiano, el cual no observa como un ideal que haya que atraer a la realidad terrenal. Feuerbach quiere acabar con Dios, sí, pero para traernos al Hombre con mayúsculas, como gran ideal o abstracción. Para Stirner, la "esencia suprema" que Feuerbach desea arrebatar a los cielos y traer a la tierra continúa siendo eso, una esencia, no la realidad concreta del individuo. 

La esencia, que Stirner también denomina Espíritu, es algo muy diferente del yo. El Espíritu representa un mundo ilusorio, el mundo de las ideas, de lo sagrado, y que ese "algo sagrado" sea tan humano como se quiera, incluso lo humano mismo, no representa diferencia para Stirner. El egoísta de Stirner no puede buscar ningún ser superior, ya sea en el cielo o en la tierra, y si realiza tal cosa lo hará negando su propio yo; incluso, aquel al que puede denominarse "egoísta involuntario", es el que no reconoce que él mismo es su creador y su creación, es incapaz de ver que lo que cree un ser extraño es su propio "ser superior". Lo sagrado es algo ajeno al yo (al individuo), y por eso Stirner no puede concebir que la absurda idea de Dios adoptara en su tiempo otra forma más popular y seductora (como es la "humanidad", "todos los hombres", etc.).  Lo que se pretende es desterrar, de veras, toda idea de lo sacro, de un ser aupremo, adopte la forma que adopte, Incluso, los ateos han recibido la feroz crítica de Stirner al esforzarse en mostrar la inexistencia de Dios y cambiar su idea por cualquier otra, como el Hombre, que acaba siendo el nuevo ser supremo.

La dependencia de "algo superior", por muy extendida que esté en el mundo, es tremendamente dañina; incluso, Stirner se permitió señalar la obsesión idealista como una patología siquiátrica. Se trata de estar esclavizado por una idea fija (la verdad religiosa, la majestad, la virtud, la legalidad...) sin someterla jamás al escalpelo de la crítica. Esa idea obsesiva es, para Stirner, lo verdaderamente sagrado que hay que destruir. Los creyentes, los dogmáticos, aunque se hayan desprendido de la idea de Dios y se presenten como ilustrados, son profundamente intolerantes. Aquellos herejes contra las viejas creencias son bien vistos en la nueva época, mientras que los nuevos herejes contra nuevas creencias vuelven a ser perseguidos. Stirner señala la moral como fuente de nuevos dogmatismos y ataca a Proudhon por el siguiente aserto: "Los hombres están destinados a vivir sin religión, pero la moral es eterna y absoluta". Resulta curioso que dos pensadores tan diferentes, e incluso opuestos en muchos aspectos, sean reivindicados por la tradición ácrata; a nuestro modo de ver las cosas, tal cosa demuestra la oposición de las ideas anarquistas al dogma, al absolutismo, por lo que está asegurada su constante vigorización y actualidad. En respuesta a Stirner, la moral es algo inherente al ser humano, por lo que se trata de darle un contenido concreto verdaderamente humano, que él considera que parte del individuo, pero que halla su antinomia en lo social; el verdadero enemigo es, efectivamente, lo sagrado, el ser supremo en el nombre del cual se imponen tantas cosas y se mantienen tantas aberraciones. Stirner, algo por lo que le convierte en un pensador de una modernidad (o posmodernidad) indudable, considera que es la esencia, ya sea trascendente o inmanente, la que esclaviza al ser humano.

La propia etimología de la palabra religión alude a lazo, a la dependencia, aunque Stirner recuerda que tantas veces se nos quiere presentar su significado positivo como "libertad espiritual". Esta libertad del espíritu, de las ideas, que aparece en determinadas épocas no es ya monopolio de la creencia religiosa, adopta nuevas manifestaciones con la inteligencia, la razón o el pensamiento en general. Para Stirner, solo el egoísta consciente es capaz de ver lo pernicioso de esa radiante espiritualidad, de ese entusiasmo por lo ideales. En definitiva, el auténtico ateísmo para Stirner sería negar, no solo a Dios, también a cualquier idea sacralizada y ello hay que realizarlo en el nombre de la auténtica realidad y el verdadero valor: el individuo. El yo, el "único", es singular e irrepetible, la auténtica medida de todas las cosas, por lo que no puede ser esclavo de ninguna idea abstracta. El único funda su causa sobre sí mismo, aunque es capaz también de amar a los demás hombres, no lo hace por imposición, sino porque le hace verdaderamente feliz. El pensamiento de Stirner es tan demoledor como espectacular, es tan antiesencialista y antiautoritario, tan contrario a todo idealismo y toda metafísica, que da la impresión de que puede satisfacer tanto como incomodar, no dejando a ningún lector indiferente. Resulta paradójico que haya quien vea en Stirner un liberal a ultranza, cuando puede comprobarse fácilmente que toda su obra está plagada de ataques a los liberales y al Estado. Precisamente, el Estado no es para Stirner más que otro sustituto de Dios, del ser supremo o de la idea fija. No es extraño que los que lo hayan reivindicado, y sigan haciéndolo, de verdad sean los anarquistas, por muy antisocial que parezca la propuesta estirneriana (y ello solo, tal vez, desde una visión muy superficial).