martes, 28 de abril de 2015

¿Tranquilidad o inquietud existencial?


Hay todo tipo de argumentos que justifican que las personas tengan todo tipo de creencias. Para el que suscribe, uno de los más obvios es la simple y llana "tranquilidad existencial"; desde la creencia en un ser supremo, una especie de padre protector sobrenatural todopoderoso, pasando por toda suerte de orden o propósito cósmico (es decir, la idea de que existe un sentido trascendente en la existencia del universo y, ojo al dato, en la propia vida del que cree, que para eso cree, para sentirse especial), hasta llegar a entes o energías de índole sobrenatural o seudocientífica (que, además, supuestamente sanan y vitalizan).
Pues eso, tranquilidad existencial, frente a la cual vamos a reivindicar una especie de "inquietud existencial" que se nutra de un auténtica mejora de la vida terrenal. Desmontar las creencias del prójimo es complicado, principalmente porque el ser humano tiene la muy irritante tendencia de acomodarse en ellas, de no querer escuchar argumento alguno en su contra y de crear todo tipo de racionalizaciones (esto es, seudoargumentos). Alguien dijo una vez que las ideas eran como un virus instalado en la mente humana; creo que no dijo creencias, y está bien que dijera "ideas" para que tratemos de aclarar algunos términos a nivel semántico. Las ideas, a priori, no son buenas ni malas; vienen a ser una especie de primer estadio del conocimiento que necesita ser verificado objetiva o científicamente. Las creencias, aparentemente, tienen una mayor connotación de conformidad con algo y, más tarde o más temprano, de dogmatismo.

En nuestra opinión, las ideas puede perfectamente ser creencias, y las creencias ser simplemente ideas más bien inamovibles. No vamos a negar que cierta dosis de creencia es necesaria, incluso para el progreso en la ciencia, en la sociedad y en la vida en general; lo que consideramos pernicioso es la creencia ciega, rígida, dogmática…, que simplemente desemboca en la esclerosis dogmática. "Yo creo…" es algo que mencionamos constantemente, lo que no parece tan saludable vital e intelectualmente es que continuemos una y otra vez mencionando la misma frase aplicada a la misma cosa; como dijimos, una de las explicaciones que parecen más evidentes es la muy obvia búsqueda de tranquilidad existencial. Como ya hemos señalado en otras ocasiones, este análisis crítico parece más obvio para creencias sobrenaturales y seudocientíficas, pero ojo también a otro tipo de ideologías (creencias políticas, económicas, etc.).

La tranquilidad existencial, que está detrás de todas esas creencias, como hemos mencionado, denota cierta ganas del creyente de sentirse especial. Bien porque se siente parte de una creación, de un orden trascendente o de un propósito de proporciones cósmicas, bien porque cree haber dominado ciertas fuerzas sobrenaturales en su beneficio, bien porque cree haber adquirido incluso un conocimiento y una formación a los cuales no puede acceder todo el mundo (esto viene a ser como una aspiración a convertirse en una clase mediadora, llámese sacerdotal, espiritual o como se quiera). Como puede observarse, nos movemos una y otra vez entre el terreno de la religión y el de otras prácticas espirituales (como el de la medicina alternativa, aunque no siempre se denomine así). Todo ese tipo de creencias, de búsqueda de tranquilidad existencial, conlleva una serie de consecuencias en la vida de cada uno.

En lo que atañe a la religión, y fundamentalismos aparte (cuyo caldo de cultivo es también la necesidad más elemental), la misma sensatez hace que, aunque la gente crea en lo que le venga en gana, difícilmente vaya a aceptar ya los dogmas de rigor. En otros terrenos seudocientíficos, las cosas parecen más nítidas; si alguien cree que un ente sobrenatural va a mejorar su vida, allá él, pero qué ocurre cuando alguien tenga una enfermedad que necesita un tratamiento real (como pasaba también en la religión: dogma frente a sensatez). No podemos, una vez más, sino denunciar a aquellos que comercian con prácticas supuestamente sanadoras, y con la salud y el bienestar de la gente, cuya autenticidad simplemente no se ha demostrado (o se ha demostrado falsa). Como último punto mencionado, lo que también resulta abiertamente criticable es que todo ese conocimiento falso y distorsionado genere una especie de iluminados que traten de hacer proselitismo con el prójimo de manera permanente. En ese sentido, sí estamos seguro que las creencias actúan como un virus, que parece ir a mayores conduciendo al portador hacia el delirio.

sábado, 25 de abril de 2015

Propósitos cósmicos

Una de las ideas inherentes al pensamiento religioso moderno es que la concepción de la evolución está dirigida hacia algo éticamente valioso, algo que de algún modo supone que tenga sentido el largo proceso. Hay quien señala a la ciencia como incompleta al no poder responder a preguntas que la religión (supuestamente) puede: ¿Por qué el sol dio lugar a los planetas? o ¿por qué se formaron la estrellas? o tantas otras preguntas que deberían suponer una respuesta admirable, sin saber muy bien qué, ya que es algo que está solo en la mentalidad religiosa. Bertrand Russell mencionaba tres visiones al respecto: teísta, panteísta y la que él denominaba "emergente".

La forma teísta, como es sabido, es la más simple y ortodoxa: Dios creó el mundo y las leyes naturales previendo que en algún momento se desarrollaría algún bien (el propósito solo existe en la mente del Creador y permanece externo a la creación). En la forma panteísta, Dios no es externo al universo, sino que es en realidad el propio universo considerado como un todo; por lo tanto, no hay acto de creación, sino que puede decirse que la fuerza creadora es el propio universo, la cual causa su desarrollo de acuerdo con un plan que tiene en la mente la fuerza creadora durante todo el proceso. En la forma "emergente", el propósito es más ciego; en un estado primitivo, nada en el universo prevé un estado posterior, pero una especie de impulsión ciega conduce a aquellos cambios que dan lugar a formas más desarrolladas (puede decirse que el fin está implícito en el comienzo). Vamos a desarrollar un poco más las diferentes posturas que defienden el propósito cósmico, por supuesto, con todos los ánimos críticos.

La visión teísta sostiene que hay una racionalidad en el universo afín a la mente racional del hombre, lo cual conduce a sus defensores a considerar que el proceso cósmico está dirigido por una mente. En este panorama, el progreso habría concluido en la creación del hombre civilizado, la cual no fue una consecuencia incomprensible ni improbable, sino el resultado de un propósito cósmico. Los fines hacia los que actúa este propósito, supuestamente hay que buscarlos en las cualidades y poderes distintivos del hombre (sus capacidades morales y espirituales). Es posible que un teísta honrado admita lo inaceptable de la existencia del mal en el mundo, aunque considerará que el universo, a diferencia del Creador, está haciéndose. Como afirma Russell, la idea de propósito es una idea natural al aplicarse a un artífice humano: deberá emplear tiempo y trabajo en ver cumplido un deseo. El ser omnipotente en el que creen los teístas no está sujeto a dichas manifestaciones, por lo que parece cuestionable que no dé lugar al ser humano de una vez y, en su lugar, existan tantas especies previas durante tanto tiempo. Si, según el monoteísmo, el mal es resultado de la existencia del hombre (ya se sabe, lo de la supuesta voluntad libre), ¿cómo explicar el mal en el mundo prehumano? La dudas al respecto son ya muy antiguas; un ser omnipotente que creo un mundo que contiene el mal (y no debido al pecado del hombre) no debe ser precisamente muy bueno. Las otras visiones, panteísta y emergentes, están menos expuestas a esta objeción.


Panteísmo
La concepción panteísta ha estado expuesta a muchas interpretaciones y a una evolución. Russell considera una muy influyente, que tiene mucho que ver con Hegel, lo cual no resulta precisamente muy inteligible. Los defensores de esta visión sostienen que la ciencia de los cuerpos vivos tiene necesidad de otras leyes además de las de la química y las de la física. Puede hablarse de la naturaleza de una conciencia divina presente en toda materia, sin que resulte fácil entonces distinguir entre materia viva y materia muerta. No obstante, la materia viva sería un poco más real que la muerta, siendo la conciencia humana todavía más real y, finalmente, la única realidad completa es Dios (el universo concebido como divino). En aras de preservar el pensamiento religioso, los panteístas rechazan una interpretación meramente mecánica (en términos de física y química) y consideran la vida algo así como un "milagro" perpetuo. Dios, la única realidad, estaría presente en el ser humano y aunque éste desapareciera la divinidad seguiría siendo eterna y lo que es real del hombre seguiría viviendo. En definitiva, según esta visión, la única realidad definitiva es la realidad espiritual o personal (lo cual debe ser un consuelo para los afligidos de este mundo, por lo que no tenemos más que dar la razón a Marx cuando justifica así la existencia de la religión).

Russell cuestiona, como es obvio, que la biología no sea reducible a la física y a la química o que la sicología no lo sea a la biología. La concepción mecanicista considera que un organismo viviente es un mecanismo complejo, físico-químico, que se autorregula y se autorrepara, por lo que la vida sería la suma de procesos físico-químicos que forman una serie continua interdependiente, sin solución de continuidad y sin la interferencia de ninguna fuerza extraña y misteriosa. No se puede trazar una línea rígida entre lo vivo y lo que no lo está, ya que no hay una sustancia química viva especial ni ningún elemento vital especial que se distinga de la materia muerta (no existe ninguna fuerza vital en acción). Por lo tanto, la biología nos dice que la materia viva es realmente un mecanismo físico-químico. La relación entre la fisiología y la sicología es más compleja, aunque Russell considera que no existe una gran distancia entre ambas: la física predice lo que veremos en ciertas circunstancias y nuestra visión no deja de ser un acaecer "síquico". Lo que está de fondo es la vieja distinción religiosa entre alma y cuerpo, algo que no hay que realizar para buscar una explicación verificable. Sin que pueda haber respuestas definitivas, la ciencia empuja a creer que los actos corporales pueden estar determinados por leyes físico-químicas, sin que haya que considerar al hombre como un mero autómata. Sin embargo, lo importante es no trazar un límite cortante entre la existencia humana y otras formas de vida, ya que la física y la química son igual de importantes en ambas. De igual modo, no existe tampoco dicho límite entre la materia orgánica y la inorgánica, por lo que no existe ninguna "fuerza vital" misteriosa.

Otra pregunta que se lanza es la posibilidad de que la sicología resulte ser una ciencia independiente, algo que se pone seriamente en duda. El sicoanálisis, hasta cierto punto, intentó crear esa ciencia, pero el intentar evitar la causación fisiológica condujo a que se pusiera seriamente en duda. Tanto la física, como la sicología, deben evitar toda influencia metáfisica (ya sea sobre la materia o sobre la sique) y es posible que den lugar a una ciencia intermedia que se ocupe de las leyes causales y de los efectos. Al respecto, se pone en cuestión también el concepto de "personalidad", entendiéndolo como una especie de principio unificador que vincula los diversos componentes de la sique (en este sentido, es posible que ocupara el lugar del concepto de "alma", por lo que sigue siendo una idea muy vaga). Aunque resulte atractiva la idea de que los acaeceres suceden a cada hombre en particular, Russell se atrevía ponerla en duda, si con ello queremos ver que la personalidad es misteriosa e irreductible.

Las críticas que Russell dirige a la visión Hegeliana (recordemos que él las vincula a cierto panteísmo) son tremendamente importantes. Según esa visión, nada estaría realmente separado de cualquier otra cosa, incluso el pasado y el futuro de cada hombre coexisten con el presente, y el espacio en que todos vivimos está también dentro de cada uno de nosotros. Del mismo modo, la personalidad del hombre está constituida por su espiritualidad, por sus ideales, los cuales son todos casi lo mismo y están presentes en nosotros (verdad, justicia, caridad, belleza...). De estos ideales comunes y de la hermandad que crean proviene la revelación de Dios. La cosa parece desmontarse fácilmente, cuando vemos los diferentes ideales a los que aspiran los diferentes hombres y lo diversos dioses en los que se encarnan. Tanto apelar a una realidad ideal o espiritual ajena al mundo terrenal debe despertar a los que sufren y empezar a vincular la idea de Dios con la injusticia económica. Por otra parte, poner en cuestión la noción de tiempo, como hacen los panteístas, dificulta la propia idea de evolución: difícilmente, podemos esperar que llegue lo más agradable en un futuro cuando afirman que el tiempo no existe.

La doctrina emergente
A diferencia de la visión anterior, esta doctrina sí sostiene cabalmente la realidad del tiempo. Según la misma, la vida surge de la materia y la sique de la vida, y no hay razón para pensar que el proceso se detenga (la cualidad final sería Dios). El mundo no tendría la divinidad en una etapa previa, pero tiende hacia ella; de este modo, Dios no sería el creador, sino el creado. Puede decirse que hay una fuerza misteriosa que impulsa a todo a evolucionar; el mundo se hace cada vez más rico y se convertirá en un lugar estupendo. Naturalmente, estamos ante una visión esotérica, que toma pobremente elementos de la biología y de la evolución a su conveniencia. Aunque parece ser que la doctrina emergente pretende escapar al determinismo, podemos ver que cae en él cuando predice la futura existencia de Dios sin, por supuesto, razones sólidas para ello. Si se afirma la existencia de tres etapas en la evolución, materia, vida y conciencia, supuestamente previas a la existencia divina, no hay grandes razones para pensar que la evolución se detenga ahí (pudiendo existir infinidad de etapas más). Por otra parte, aunque aceptemos que la conciencia tenga cierta consciencia sobre una etapa posterior, no podemos aceptar que la materia previera la vida y tampoco que la vida previera la conciencia. Puede decirse que esta concepción emergente fue una nueva vía para el pensamiento religioso, el cual rechaza la idea de un Dios creador para abrazar la creación de la divinidad en el universo.

No existe razón alguna para pensar que existe un propósito en la existencia y, además, es demostrable lo pernicioso de seguir sosteniendo dichas teorías. El planeta tierra es solo un lugar muy pequeño del universo y si el propósito cósmico es desarrollar el espíritu, es muy pobre ver que ha logrado tan poco en tanto tiempo. La ciencia no da señales de conciencia en ningún otro lugar, y es posible que la religión sea incapaz de aceptar que la misma se produjera por accidente; la realidad, sin embargo, es que los accidentes ocurren. Incluso, aceptando que la tierra fuera un lugar especial dentro de un propósito cósmico, es sabido que no será un lugar habitable por siempre. Naturalmente, el fin de la vida ocurrirá dentro de mucho tiempo y es posible tener todo tipo de esperanzas, incluidas las especulaciones más absurdas. Pensar que existen buenas intenciones en el universo es, por decirlo suavemente, muy peculiar. Desde luego, no puede negarse que nosotros somos producto de ese universo, pero es como para preguntarse si somos verdaderamente tan especiales como para pensar que hay un propósito en nuestra existencia. Por supuesto, creo en la perfección de los valores, pero siempre admitiendo que solo tienen sentido en una existencia real y humana, no trasladándolos a mundo imaginarios. Como alguien dijo, con envidiable buen humor, no existe soberbia en negar a un ser trascendente; existe soberbia en pensar que un ser omnipotente, omnisciente y totalmente bondadoso nos ha creado a nosotros. Aceptar lo absurdo de esa visión es comenzar a mejorar el mundo terrenal.

martes, 21 de abril de 2015

Librémonos del mal

Líbranos del mal es un estupendo documental, realizado en 2006, que habla de la historia del Padre Oliver O'Grady, uno de los más famosos pedófilos en el seno de la Iglesia Católica. Amy Berg, la directora del film, tuvo la inteligencia y valentía de contactar con O'Grady, condenado en su momento y hoy libre en Irlanda, para contar con su testimonio y comprobar que no hay el menor atisbo de remordimiento en este violador de menores.

El sacerdote utilizó su liderazgo espiritual y su encanto personal para abusar de numerosas familias católicas durante veinte años en la región de Carolina del Norte, sus víctimas fueros desde un bebé de nueve meses a la madre de mediana edad de otra de sus víctimas. A pesar de las denuncias y pruebas por parte de miembros de las parroquias, la Iglesia ocultó el asunto, desvió responsabilidades con mentiras continuas y se limitó a trasladar a O'Grady a otras comunidades en las que continuó ejerciendo sus fechorías; el documental demuestra que este fulano violó sistemáticamente, desde su cómoda posición, con el conocimiento de sus superiores prácticamente desde el principio.

El trabajo de Berg resulta espeluznante y, en mi opinión, va mucho más allá de la mera denuncia de un sacerdote pedófilo y violador. El documental demuestra, sin el menor asomo de sensacionalismo ni manipulación, la tremenda corrupción que existe en la jerarquía de la Iglesia Católica. Los casos de abusos de menores por parte de miembros del clero no son un tema menor, como se pretende hacer creer; en la Archidiócesis de Los Ángeles los casos de este tipo se elevan a 550, bajo la jurisdicción del Cardenal Roger Mahoney, cuyo cínico testimonio también se puede escuchar en Líbranos del mal. Berg también cuenta con la opinión de antiguos miembros de la Iglesia, abogados y sicólogos para esclarecer cómo la fe católica lleva al abuso de niños. La directora toma la lúcida opción de no utilizar a ningún narrador y dejar que los protagonistas hablen por sí mismos, incluido el detestable O´Grady, y vayan dando forma a la historia y al trabajo de investigación.

Este trabajo documental debería ser exhibido en toda suerte de centros públicos con afán pedagógico. Para la Iglesia Católica, sus casos de abusos de menores, que se remontan a siglos, son un auténtico problema para seguir manteniendo sus privilegios; y no hay nada más importante que continuar dando una buena imagen (bella figura es el concepto que se menciona en el film) para esos falsarios representantes de una divinidad inexistente. El porqué el abuso del más débil forma parte de las señas de identidad de la comunidad eclesiástica hay que rastrearlo en la acaparación que realizan de niños pobres, desprovistos de derechos, víctimas en muchos casos de abusos anteriores y en cómo crecen y se educan en un entorno represor, con el freno de su desarrollo sexual; así, se genera la predisposición a la pedofilia. Los miembros de la parroquia, fervorosos creyentes cuyas creencias y vida espiritual giran en torno a esa comunidad católica, se subordinan a la figura de un miembro del clero al que ven como representante de su Dios o, incluso, como a la misma divinidad (el espeluznante ritual católico dice mucho al respecto); el caldo del cultivo para todo tipo de abusos, físicos y síquicos, está servido, máxime si estamos hablando de niños.

Lo inicuo y cínico de la Iglesia lleva a tratar de encubrir los abusos de menores con "casos de homosexualidad". No hay ningún informe que relacione homosexualidad y pedofilia, pero la Iglesia utilizará la propaganda contraria a los gays como chivo expiatorio. Es esclarecedor en Líbranos del mal el testimonio del clero, que habla de "lógica curiosidad sexual" abusar de una niña y de "desviación" el hacerlo con un crío, argumento que utilizan también para ignorar numerosas denuncias. Los datos revelan que existe una mayoría de violaciones a niñas en el seno de la Iglesia Católica, todo tipo de perversiones y de mentiras están servidas.
Por favor, vean ustedes este magnífico documental y juzguen por sí mismos.

sábado, 18 de abril de 2015

La Pulga Snob

En este blog, muy a menudo, pedimos prestadas las viñetas humorísticas del argentino Pablo Diplotti para acompañar a nuestras humildes diatribas; como él mismo dice, sus facetas son diversas: diseñador gráfico, tecleador con pretensiones, pseudopoetastro impune…
Recomendamos una visita, al menos un par de veces por semana, a su impagable blog, La Pulga Snob, donde son objeto de su crítica humorística la religión, las terapias alternativas, la charlatanería en general e, incluso, las numerosas injusticias y estupidez que sufrimos en las sociedades humanas.

martes, 14 de abril de 2015

El sueño de la razón

La conocida frase del grabado de Goya, "El sueño de la razón produce monstruos", incluido dentro de la serie Los Caprichos, ha tenido diversas interpretaciones. Si hay quien ha querido ver que el abandono a la razón produce fantasías terroríficas, nosotros nos unimos a los que han hecho la lectura contraria; si no escuchamos a la razón, se producen las peores pesadillas para el ser humano.








sábado, 11 de abril de 2015

A favor y en contra de los prejuicios

Hoy, vamos a ser provocadores. No es que no lo seamos en prácticamente todas las ocasiones, ya que nos empeñamos en buscar reacciones en los demás (¿no es eso provocar?), pero esta vez lo vamos a ser de una forma muy directa. Vamos a hacer una especie de apología del 'prejuicio', de cierta concepción del prejuicio por supuesto, y lo vamos a criticar ferozmente por otro, cuando se trata en realidad de una certeza previamente concebida.

En algunas ocasiones, hay que escuchar a determinadas personas asegurar que ellos no tienen prejuicios. Lamentable, muy lamentable. Cuando alguien asegura tal cosa, incapaz de ser consciente de que todos, absolutamente todos, nos formamos un juicio previo de alguna que otra cosa, hay que armarse de valor intelectualmente hablando. Aclaremos, por si no ha quedado todavía claro, que es inevitable tener ciertos sesgos en el acceso a la información, algo que da lugar a prejuicios (aunque no lo contemple así el protagonista, ya que él 'cree' estar en la verdad). Por lo tanto, 'prejuicio' según este punto de vista es en realidad una 'creencia'.

Efectivamente, el mundo de la creencias (vamos a llamarlo seudociencia o, para entrar en otro terreno, alguna forma de fe religiosa o sobrenatural) es en realidad el mundo de los prejuicios; todo lo contrario de lo que se quiere evidenciar cuando se señala, a los críticos con esas creencias (apelando, como no puede ser de otro modo, a un método científico sólido), como 'cerrados de mente' u otras lindezas. No somos los escépticos los que cargamos con un prejuicio, sino aquellos que realizan afirmaciones extraordinarias, que como todo quisque debería saber a estas alturas requieren pruebas extraordinarias; si no tienes pruebas definitivas de lo que estás diciendo, amiguete, es mejor que suspendas el juicio (esto decía la escuela escéptica de filosofía; por lo tanto, nos quedamos en un prejuicio). Si no hablamos de nada excepcional en nuestra afirmación, por supuesto, la prueba objetivo-científico será obviamente más fácil de demostrar o no; así, llegamos al terreno del juicio sobre lo que es o no conocimiento.

Por lo tanto, nada más reprobable que una creencia que esconde en realidad un prejuicio de tomo y lomo; además, el portador de la creencia nos acusa a los otros, a los que no somos 'creyentes' de ser los prejuiciosos. Insistiremos en que todos tenemos estas creencias, ya que los sesgos sobre la información son inevitables, y que es nuestra actitud la que determina; así, cuando la creencia/prejuicio llega al terreno del delirio y acabamos creyendo en toda suerte de entes sobrenaturales (ya saben, llámenlo Dios o llámenlo como quieran), algunos lo consideramos perjudicial: las creencias absurdas, no probadas, suelen conducir a actos absurdos, irracionales.

Se nos dirá que, todo esto está muy bien, pero que existe una acepción mucho más vulgar del prejuicio que suele aludir al racista o al sexista. Bien, es muy cierto. Sin embargo, apliquemos la lógica anterior. El que tiene prejuicios, por ejemplo, sobre personas de diferente raza o del otro sexo es en realidad un creyente de lo más despreciable; hablamos de alguien que, sencillamente, es tan cretino como para 'creer' que es superior solo por el color de su piel o por el género al que pertenezca. Habrá que quien quiera apelar también a la ciencia para darle base a su creencia, pero eso es ya otra cuestión donde entran en juego otros factores. Lo poco que sabemos de cuestiones científicas sobre el ser humanos, es que cada vez nos determinan menos cuestiones innatas y mucho más muchos otros factores muy 'terrenales'; esto, de entrada, no nos dice mucho sobre la creencia o no en factores sobrenaturales, aunque bueno es tenerlo en cuenta.

Vamos ahora con una concepción positiva del prejuicio. Hemos considerado que todos los tenemos, los prejuicios; si se queda ahí, sin que el método científico pueda asegurarnos si el juicio es definitivo, pueden pasar dos cosas: que ignoremos esa falta de juicio y nos convirtamos en 'creyentes' o que seamos conscientes y simplemente suspendamos el susodicho juicio (al modo escéptico). De nuevo podemos emplear muchos ejemplos, que tienen que ver con el conocimiento (donde el juicio científico sí tiene mucho que decir), y el asunto es más fácil de dilucidar, a pesar de que pueden intervenir otros factores para que nuestro 'creyente' se empecine en su posición (no necesariamente crematísticos, aunque haya numerosos casos; muy al contrario, puede ser simplemente emocionales).

Sin embargo, cuando nos encontramos en otro terreno que no es simplemente el cognitivo (una hipótesis sobre lo que es o no posible en conocimiento), el asunto se vuelve más ambiguo al hablar de prejuicios. Si hablamos de 'ideología', en nuestra opinión, en realidad nos referimos a numerosos prejuicios; cosas en las que queremos 'creer', no necesariamente contrastadas con la realidad, que impulsan nuestra voluntad. Puede ser algo positivo si no perdemos de vista esa verificación con lo que nos dice la experiencia; por supuesto, puede ser muy constructiva cierta dosis de fe (es decir, prejuicios), sin caer en ninguna forma de dogmatismo o fanatismo irracional, para impulsarnos a cambiar la cosas. De momento, es bueno aceptar en todos y cada uno de nosotros cierta dosis de prejuicios. Lo que venga posteriormente en la actitud de cada cual ya es otro asunto.

martes, 7 de abril de 2015

Ellos mandan hoy… ¡porque tú obedeces!

El gran Albert Camus dedicó su obra, El hombre rebelde, a la capacidad que tiene el ser humano para decir no; es el esclavo que se rebela contra su amo, es decir, contra la injusticia sobre sí mismo y sobre los demás, algo que en el terreno metafísico es también rebelarse contra Dios y su superioridad creadora.


sábado, 4 de abril de 2015

La importancia del mundo laico

El pasado jueves 2 de abril, en plena Semana Santa, el cada vez menos progresista diario El País publicó un artículo, extenso al ocupar una página, llamado "A vueltas con la esperanza"; como en ese texto el catedrático hacía una obvia apología del mundo religioso, al mismo tiempo que reducía la importancia del laico, a pesar de pedir la unión de ambos, nos decidimos a mandar una cartita al periódico, la cual reproducimos a continuación.

No tengo yo toda una página, de un prestigioso diario, para mostrar mi crítica a la religión, pero trataremos de sintetizar al máximo. Decir que existe un mundo laico, muy pequeño, comparado a uno mucho mayor religioso es, cuanto menos, cuestionable. El mundo, al margen de los muchos problemas e injusticias que existen, es en mi opinión fundamentalmente laico, al menos a un nivel moral. Hoy, en aquellas sociedades donde la religión no está apartado de lo público, incluso en aquellos Estados llamados aconfesionales, existen evidentes obstáculos para el progreso; incluso, de los valores morales, tan cautivos y distorsionados por las religiones. En el terreno de las creencias personales, estoy de acuerdo con el pasaje de Marx que aludía a que la religión era "el consuelo de los afligidos"; no obstante, preferimos trabajar para que no existan afligidos en el mundo. "Esperanza", o "salvación", términos a los que tanto aluden los religiosos, son conceptos demasiado ambiguos; lo más honesto, en mi opinión, es dar a la vida y a los valores humanos un sentido pleno en esta existencia, la terrenal, la única que conocemos. En eso estoy muy de acuerdo con el gran Albert Camus, al que Manuel Fraijó alude de manera un tanto confusa. Parafraseando a Fernando Savater, ya en el siglo XXI la cuestión no es cuál religión es mejor, el verdadero debate es si resulta o no necesaria.