sábado, 30 de agosto de 2014

Religión, anarquismo y posmodernidad

 ¿Qué hay de cierto en lo que aseguran los pensadores posmodernos? La posmodernidad se caracteriza por la crítica a cualquier discurso totalizante, algo que debería poner en cuestión a las religiones y a todo tipo de dogmatismo. Lejos de esto, lo que llaman "época posmoderna" ha abierto la puerta a toda suerte de creencias espirituales y seudocientíficas. ¿Existe algo llamado "anarquismo" posmoderno? Defendemos que las ideas libertarias, con su huida de toda solución definitiva y de toda trascendencia, y con su convicción en la transformación de la vida para abrir nuevas posibilidades inmanentes, han sido la excepción entre las corrientes surgidas en la modernidad

La llamada posmodernidad ha aumentado la sospecha sobre la razón, que ya iniciaron otros autores en los dos últimos siglos. El cuestionamiento del racionalismo moderno ha desembocado, en gran medida, en un abierto desencanto de la razón. Si se llegó a confiar en la existencia de un "mundo verdadero", por encima de las meras experiencias, en una realidad última o fundamento, ahora los posmodernos consideran que solo es posible un "pensamiento débil" que conduce al relativismo. Lo paradójico es que la religión, que se afana también en la búsqueda de esa "realidad última", de un absoluto, debería ser lo más opuesto a los rasgos que presenta la posmodernidad. Lyotard, autor en los años 70 de conocidos ensayos sobre la posmodernidad, consideró que los relatos religiosos configuran la visión del mundo, es decir, lo que puede decirse dentro de una determinada cultura; así, la religión supondría también uno de esos grandes discursos o metarrelatos denunciables por la posmodernidad. Sin embargo, al denunciar también la razón como constructora de la realidad, al considerarla también como un "absoluto", se produce cierto respeto por el misterio presente en la inescrutable pluralidad de lo real y se prima la experiencia sobre el conocimiento para abordar las grandes cuestiones de la vida.

Alguien dijo que esa necesaria deconstrucción posmoderna de los grandes ídolos fabricados por la humanidad, había dejado el altar vacío, por lo que no tardaba en erigirse alguno nuevo fundamentado en la irracionalidad. Es decir, podemos estar de acuerdo en la crítica al absoluto, fundamento del autoritarismo, se presente como se presente, y a la pretensión de agotar todo el conocimiento sobre la realidad (algo que la ciencia, objeto de las críticas posmodernas al considerarla un discurso más sobre la realidad, no puede ni debe hacer), pero de ninguna manera es aceptable el abandono de la razón crítica y la introducción a una relativismo radical. Por otra parte, hay que aceptar que el pensamiento religioso tradicional, con sus pretensiones dogmáticas objetivas, ha dejado paso, en gran medida, a una fe basada en la experiencia individual más acorde con los rasgos posmodernos que hemos tratado. Por supuesto, no estamos de acuerdo con los que argumentan que la anulación de lo sagrado tradicional explica la apertura de algunas personas a aberraciones "espiritualistas" y seudocientíficas; tampoco con ese otro, en la misma línea, de que el vaciamiento de misterio de la religión conduce a lo banal y a lo esotérico. Consideramos que todos estos argumentos religiosos, que consideran que el ser humano busca irremediablemente un sentido "trascendente" a una vida finita, son tremendamente reduccionistas y herederos de una vieja tradición.

Recapitulando, recordemos que el pensamiento posmoderno supone una crítica radical a todo proyecto y normativa histórica totalizante; así, el enemigo es, tanto la modernidad como cualquier otro proyecto de estas características, con pretensiones globalizantes y de orientación general en la vida. Alguien definió la posmodernidad como una suerte de nihilismo sin pretensión alguna; ya hemos visto que esto no es siempre así y se abre la puerta a nuevas formas de religiosidad, de abandono al misterio y de abierta irracionalidad. Se ha querido ver, dentro los pensadores posmodernos, una reivindicación de Nietzsche: un nihilismo que suponga la desaparición de Dios y de su rastro. Cierto ateísmo, en la órbita de Feuerbach, Marx o Freud, lo que hacía es arrebatar a Dios unos valores para entregárselos a la humanidad; una especie de reacción humanista frente a la concepción alienante de la divinidad y la religión. Este proyecto humanista conllevaba unos ideales culturales y sociales en los que el ser humano era ya realmente el responsable de la nueva edificación terrenal; se hacía especial énfasis en la organización racional de la sociedad, en el conocimiento científico y en la política para lograr una mayor libertad y la emancipación social.

Sin embargo, la posmodernidad ha supuesto poner en cuestión este proyecto humanista. El ateísmo posmoderno no quiera acabar con Dios para entronizar o glorificar al hombre, supone un nihilismo positivo en el que el fin de la divinidad y de los valores supremos abre nuevas potencialidades. Desde nuestro punto de vista, que tantas veces hemos reivindicado la línea de la razón crítica humanista de Feuerbach y Bakunin, también advertimos sobre la necesidad de la tensión nihilista fundada en un Stirner o en un Nietzsche para superar cualquier tentación intelectualmente totalizante y políticamente totalitaria. ¿Qué tiene que decir el anarquismo a todo esto? Aceptando que hay que tener en cuanta algunos de los rasgos posmodernos, no consideramos adecuado colocar un apelativo al anarquismo como posmoderno si ello supone la renuncia a toda conexión histórica. Y esto es así porque hay que considerar al anarquismo como la excepción dentro de las corrientes políticas e ideológicas surgidas en la modernidad; su aspiración antiautoritaria, su renuncia a todo dogmatismo y su confianza en la experiencia como camino para una sociedad mejor nos conducen a ello. El anarquismo, huelga decirlo, no es un sistema cerrado creado de una vez, no posee todas las soluciones para los problemas humanos ni cree en verdades absolutas; a pesar de la confianza en el progreso y en el en el perfeccionamiento del conocimiento que pudieran tener, esta postura ya existía en los pensadores ácratas decimonónicos. Incluso, Malatesta consideró la anarquía como un bello ideal, pero variable y transformable según las interpretaciones de la realidad histórica; el anarquismo supone un medio para transformar la vida y la sociedad, pero siempre con la puerta abierta a varias soluciones buscando las mejores en la medida de lo posible.

Así pues, el anarquismo no ha tenido ni tiene ninguna pretensión "totalizante", objeto de las críticas de los posmodernos. El anarquismo no es, por supuesto, una religión y podemos discutir hasta qué punto es "solo" una ideología; creo que puede afirmarse que siempre se ha huido de un idealismo de corte espiritual o religioso, que juzga la vida terrena según una supuesta realidad superior (incluida una utopía trasladable a un hipotético futuro). En definitiva, el anarquismo confió siempre, frente a la trascendencia, en las posibilidades de la inmanencia; desde este punto de vista, nada debe proceder del exterior, se llame Dios, Ley o Estado. Incluso, Bakunin,  precisó que lo que entendía por naturaleza era "la suma de las transformaciones reales de las cosas"; todo en la vida es movimiento y acción, "ser no significa otra cosa que hacer". Creo que esta postura es inherente a todo anarquista que se precie, la convicción en la permanente transformación de la vida; desde este punto de vida, lo posible es algo ya real. Frente a toda respuesta dada para siempre y a todo realidad última, de corte trascendente, el anarquismo abre la puerta a una infinidad de posibilidades inmanentes basadas en la libre experimentación.

A modo de conclusión, defendemos en este texto como punto de partida la tradición de la razón crítica iniciada en la modernidad y continuada en el anarquismo; aceptamos la tensión nihilista de los postulados de un Stirner, en base al desarrollo de la personalidad individual, no como construcción de un nuevo absoluto basado en el yo, ya que el mismo está inevitablemente vinculado a la vida social, ni como destrucción total de los valores, sino como una permanente puesta al día de los mismos; aceptando algunas de las críticas posmodernas, como son la crítica radical a cualquier discurso totalizante y a cualquier absoluto (todo en la existencia está sujeto a la concurrencia de todas las partes, de ahí la noción de solidaridad), consideramos que el anarquismo nunca tuvo tal pretensión con su convicción en la permanente transformación y su renuncia a toda solución definitiva. Por otra parte, frente a todo valor trascendente, que se derivaría de una realidad superior o de una mundo de las ideas (al modo fundado en Platón), se apuesta por ampliar el horizonte a múltiples posibilidades inmanentes de corte antiautoritario.

martes, 26 de agosto de 2014

El pensar ateo

A vueltas con las creencias religiosas y el ateísmo. No es un tema fácil de resolver, no hemos negado nunca que tiene demasiadas aristas como para usar argumentos manidos y querer dar respuestas sencillas; por ello, precisamente, queremos invitar de nuevo a la reflexión. Esta vez, recuperamos un texto, inédito en este blog, escrito para para el periódico anarquista Tierra y libertad y publicado en octubre de 2006

No se trata de incitar a creer o no creer, ni siquiera de afirmar o no la existencia de una voluntad divina, o de toda una legión de dioses -naturalmente, y "créanme" ustedes, lo más probable es que no exista tal cosa-, se trata de invitar a la reflexión crítica de las creencias religiosas, de sus doctrinas asfixiantes y de sus verdades reveladas. Para empezar, pediría por favor, para enfrentarnos a un debate serio, que dejemos a un lado el tan manido y reduccionista "el ser humano necesita creer en algo" o el lamentable a estas alturas "la religión nos otorga los valores, la separación entre el bien y el mal". Efectivamente, todos los seres humanos, como seres conscientes y racionales, necesitamos y debemos creer en multitud de cosas; pero ninguna creencia resulta más bella que todo lo que atañe a este mundo, a su mejora y armonía, a todo lo que resulta terrenal -sí, por supuesto, la creencia de formas de organizaciones sociales más libres y justas-, pero también a todo lo que afecta a los sentimientos, al cultivo de los valores, del alma si se quiere -concepto al que permito arrebatar toda connotación mística y que me atrevo a definir como nuestra fuerza vital, nuestro desarrollo sensitivo e intelectual-.

Muchos afirmarán que todo esto está muy bien pero que sus creencias son una cuestión de fe, un terreno personal donde nadie puede inmiscuirse, y nada más lejos de mi intención -pretendiendo ser consecuente con un comportamiento libertario- que hacerlo. Sin embargo, es necesario aclarar que la religión es algo más que una cuestión de fe, es un asunto también de verdades reveladas -existen tantas como religiones- donde el hombre es incapaz de llegar por sí solo a esclarecer la supuesta existencia de la divinidad y debe acatar, sin capacidad crítica, ciertos textos elaborados por personas "escogidas" en "comunicación" con la voluntad divina y su verdad reveladora. Aquí es donde existe pleno derecho para toda objeción libertaria y donde el ateísmo cobra su fuerza, cuando tratan de desprender al hombre de su capacidad racional, de su pensamiento o crítica, y es algo que las religiones, en mayor o menor medida, han tratado siempre de realizar. La fe por lo tanto no es válida por sí misma para conformar toda una creencia religiosa. A la creencia en un dios -sea cual fuere el origen de tal cosa- siguió la creación de instituciones religiosas de naturaleza, obviamente, dogmática y autoritaria y de todo un cuerpo clerical al servicio de una determinada teología y cosmogonía sujeta a verdades inamovibles -y que solo será cuestión de tiempo revelar su falsedad, no vale adaptarse a los tiempos venideros-. Ninguna religión, construida en base a verdades irrefutables, puede resistir el paso del tiempo y a los avances en el pensamiento y en el conocimiento científico; honesto sería por parte de esos miembros eclesiásticos, en lugar de pedir perdón tarde, mal y nunca por haber perseguido a la gente que dijo la verdad o que miraba hacia adelante, el reconocer su efímera existencia y su pertenencia a un determinado tiempo histórico. Mucho pedir es esto, y si algunas religiones se refugian en el inmovilismo integrista, otras tratan de adaptarse a una civilización occidental "laica" -o aconfesional, como se define el Estado español- y "democrática", revelando la debilidad de tales términos en nuestra sociedad, donde los diversos poderes, estatales o religiosos -dejemos lo económico para otro momento-, continuan reclamando miserablemente su parte del pastel.


Se creerá, si ello tranquiliza o si resulta atractivo para el usuario, en el paraíso cristiano, en el nirvana budista, en las altas aspiraciones totalizadoras musulmanas -no voy a entrar en qué creencia genera más alto grado de fanatismo, aunque el islamismo no parece admitir heterodoxias-, en todo el rico panteón hinduista o en cualquier creencia neo-pagana... pero todo ello parece obedecer a una necesidad del ser humano por tratar de dar una explicación a las fuerzas del universo, una explicación que se vuelve más compleja a medida que avanza la civilización pero en cuya base se sigue encontrando esa asunción por parte del hombre de su pequeñez e ignorancia -cosa que no me parece mal si se utiliza como punto de partida y no para colocarle en una posición de sumisión como pretende la teología-; a pesar del gran terreno que ha ganado el pensamiento crítico y racional, continúa subyaciendo lo que ha constituido la esencia del poder religioso: la fabricación de mentes sumisas -para evitar esto es imprescindible obviar en la educación y formación de un niño la idea de toda especulación religiosa-, la resignación ante un mundo terrible e incognoscible, con sus numerosas injusticias perpetuadas; finalmente, la única esperanza resulta un más allá fabulado en origen por no se sabe muy bien quién. Desde el pensar ateo, podemos estudiar y analizar toda esa historia de las religiones -incluidas todas las imposiciones y derramamiento de sangre que han llevado, y que siguen llevando a cabo- para desprendernos de todos nuestros temores y llegar lo más lejos posible en una explicación racional del universo.
Resulta curioso que Mariano Rajoy -cabeza mayor del partido político que mejor defiende los intereses de la Iglesia católica, y de cuya mano camina en manifestaciones en los últimos tiempos- se permita continuamente llamar "antiguos" a personas que están a su izquierda y que encuentran motivos sólidos para la protesta en las calles. La derecha de este país, abandonado -y negado en varias ocasiones- su glorioso pasado, abraza la "modernidad" económica pero se mantiene en un reaccionarismo moral que debemos empujar hacia el abismo de una vez por todas. La desacralización de la sociedad en base a la razón crítica -incluso en muchos que insisten en manifestarse fieles a una determinada tradición religiosa- es un hecho y no debemos permitir que los verdaderos "antiguos" lo impidan.

La tradición atea
La historia de la humanidad en este conflicto entre razón y fe no es lineal. Dentro de los sofistas griegos, hubo ya pensadores que o bien negaron la existencia de dioses o, al menos, consideraban que la actividad humana quedaba libre de su intervención. Este libre pensar que se dio en diversas etapas del mundo griego antiguo fue finalmente aplastado por el cristianismo. La Edad Media, época negativa también en lo que atañe a la libertad de pensamiento, no recoge testimonios de una concepción realmente atea; cualquier crítica a la religión dominante era duramente castigada. Siglos más tarde, llegaría el comienzo de la modernidad y la revolución científica con el Renacimiento; no es esta una época que pueda decirse exenta de la idea de una voluntad divina -en ese aspecto, hubo una continuidad con el medievo, siendo el ateísmo considerado inmoral y criminal- pero sí resulta magnífica en cuanto al abono para un pensamiento independiente, racionalista y científico. Finalmente, con la llegada de la Ilustración, las fuerzas religiosas no pueden ya negar el poder de la razón y de la sociedad civil. El siglo XIX, con sus grandes avances en antropología y biología -especialmente, con la teoría de la evolución de Darwin- es ya muy proclive a la posición atea. Poco después, el ateísmo será ya habitual en científicos, racionalistas y humanistas. La expansión y solidez de la nueva visión atea durante el siglo XX tuvo su expresión en la cuestión política; desgraciadamente, es erróneo el ejemplo que se suele dar de ello -muy bien aprovechado por la Iglesia católica, convertida por obra y gracia de vaya usted a saber qué, o quién, en defensora de las libertades- que son los grandes Estados totalitarios comunistas, tremendamente represivos y anuladores del libre pensamiento; en ellos se generó otro tipo de religión -una visión doctrinaria de la historia y de la cuestión social- y trató de interiorizarse la adoración a la inequívoca voluntad del jefe o líder "benefactor".
Algunas religiones, con gran influencia en algunos países y confundidas con el poder estatal, ante este empuje histórico se repliegan en un odioso integrismo; ante ello, es necesario demostrar la superioridad de una sociedad y moral auténticamente láicas, con mayor libertad e igualdad, con una defensa feroz de los derechos humanos y que despierte en todas las personas del planeta, sea cual fuere la tradición de la que vengan, una conciencia y rebeldía libertaria.

Puntos de vista anarquistas



Ya Daniel Guérin escribió que los anarquistas tuvieron que entregarse, para liberar al hombre y dotarle de la capacidad de entender y dominar el mundo, a una gran tarea de "desacralización"; en tamaña empresa entraba la eliminación de todo dogma heredado por generaciones precedentes. Bakunin, en su obra Dios y el Estado, asentaría los objetivos principales de los anarquistas: acabar con la autoritaria idea de una voluntad divina por encima del hombre, confundida con la idea de la autoridad civil. El gigante ruso estuvo muy influido en su pensamiento por el filósofo Feuerbach: la idea de los dioses es ficticia, creada por el hombre a su imagen y semejanza, de acuerdo con sus necesidades, deseos y angustias; por lo tanto, las religiones debían ser comprendidas, además de criticadas, y era necesaria la reducción de la teología a la antropología. Se puede decir que el anarquismo, en el siglo en que vio la luz, adoptó un materialismo que conectaba con el pensamiento de la antigua Grecia -Demócrito, Epicuro- en su búsqueda de una explicación del universo al margen de toda fuerza espiritual o sobrenatural; la humanidad debe contener en sí misma toda fuerza regeneradora y debía depositar en su propio esfuerzo social toda esperanza. Los anarquistas herederaron el espíritu anticlerical de la Revolución francesa pero fueron mucho más allá al tratar de eliminar todo deísmo; sin embargo, trataron de ocupar el lugar autoritario de una divinidad suprema con nociones idealizadas como la de la justicia, la razón, la ciencia, la naturaleza o el mismo hombre. Son bellos conceptos, no cabe duda, pero sometidos, por supuesto, a un análisis constante y a un espíritu crítico para no caer en nuevas formas de dogmatismo.
Hay que mencionar opiniones diferentes dentro de la heterodoxia ácrata, como es la de ese gran libertario, y mejor persona, que fue Errico Malatesta. Ateo convencido, poco amigo de especulaciones filosóficas y consecuente con el tiempo que le tocó vivir, no trataba de extrapolar su propia visión al conjunto de la humanidad, ni de hacer depender el ideal ácrata de una determinada concepción materialista del origen del universo; es decir, apartaba la idea de Dios de la de la revolución libertaria y su profundo humanismo le hacía considerar que una persona creyente no tendería necesariamente hacia la obediencia y la resignación, al mismo tiempo que podía amar el ideal fraterno y libertario. Naturalmente, Malatesta sí se planteaba la presencia de una voluntad divina como un límite a la libertad del hombre, aunque de manera más flexible que otros anarquistas y concretada en ese clero que había impuesto a lo largo de la Historia unas determinadas creencias -más crítico con el autoritarismo eclesiástico que con lo absurdo de sus creencias-.

sábado, 23 de agosto de 2014

La filosofía liberadora de d'Holbach

Paul Henri d'Holbach (1725-1789), Barón de Holbach, fue un autor radical cuyos únicos dioses parece que fueron la ciencia, la naturaleza y la razón; a lo largo de su vida y obra, puede verse que su gran enemigo fueron los prejuicios de todo tipo: religiosos, sociales, éticos y políticos.

Se trata de un filósofo que aboga por el naturalismo y el materialismo; la única realidad sería la materia, organizada en la naturaleza y sin que intervenga en su movimiento ninguna causa sobrenatural. Por lo tanto, la materia se explica por sí misma y no hay que buscar nada tras ella; por supuesto, se niega la providencia y toda causa primera, d'Holbach combate tanto el teísmo como el deísmo y abraza un ateísmo sin ambages. En la naturaleza no existe ninguna finalidad ni tampoco está dotada de inteligencia alguna; si hablamos de una naturaleza inteligible y racional es porque puede ser comprendida por el hombre. El ser humano sería parte de la naturaleza y puede conocerla de forma óptima gracias, no solo a la razón especulativa, también a las impresiones sensibles causadas por el movimiento de la materia.

La filosofía de d'Holbach no puede entenderse sin que vinculemos el conocimiento de la naturaleza, la materia y el movimiento a la completa liberación del temor a los dioses y a la clase sacerdotal, así como a los reyes y toda suerte de tiranos. Puede decirse que hablamos de una moral fundada en el conocimiento de la naturaleza; d'Holbach considera que no hay distinción entre lo físico y lo moral, por lo que tanto el odio como el amor pueden se concebidos como formas de movimiento análogos a la repulsión y la atracción. El objetivo final de esta visión filosófica es la liberación del temor y la superstición en el ser humano de todos los fantasmas que le han perseguido a lo largo de la historia; el individuo no puede lograr esa emancipación de manera aislada, sino que es el conjunto de la sociedad el que debe ser persuadido para alcanzar un nivel óptimo de justicia, paz y bondad.

La editorial Laetoli, en su impagable colección Los Ilustrados, nos ofrece cuatro obras de este autor. El libro Sistema de la naturaleza, probablemente el más importante de su autor, impreso a finales de 1769, provocó poco después una gran pasión por su lectura y una enorme persecución policial y sacerdotal; a pesar de la prohibición por parte de la Iglesia, las ediciones se sucedieron una detrás de la otra. El cristianismo al descubierto, también publicado de forma anónima, en 1761, se convertiría en uno de los libros más leídos y buscados en aquel siglo; se trata, sin olvidar a Meslier y su Memoria contra la religión (que también puede encontrarse en esta colección), de uno de los primeros manifiestos radicales y abiertamente ateos de la historia; nos muestra la imposibilidad de la existencia de Dios y las contradicciones inaceptables de la doctrina cristiana y de las sagradas escrituras. Cartas a Eugenia está dirigida a una mujer que decide retirarse del mundo por motivos religiosos; por supuesto, d'Holbach decide, en lugar de aconsejarle la sumisión y la profundización en su fe, tratar de fomentar en ella la autonomía moral e intelectual base de toda emancipación. La religión provoca la desgracia personal y social, pero la solución puede encontrarse en la liberación del temor gracias a la razón. En Etocracia, alude en su título a un gobierno fundado en la moral y observamos que muchos de sus postulados filosóficos, vitales y políticos (democracia radical, igualdad, libertad individual, laicismo…) resultan de una innegable actualidad.

La pasión atea de d'Holbach es sorprendente, convirtiendo en trizas las visiones religiosas melifluas de Rousseau, Voltaire o Diderot. En su obra, tal y como afirma Michel Onfray, "podemos diferenciar fácilmente tres momentos teóricos con su temática propia: la deconstrucción del cristianismo, la elaboración de un materialismo sensualista y ateo, y la propuesta de una política eudemonista y utilitarista. El conjunto constituye el programa más vasto posible de una filosofía de las Luces digna de tal nombre o, dicho en otros términos, del combate contra las supersticiones religiosas, filosóficas, idealistas, espiritualistas y metafísicas". Con seguridad, no se ha prestado a este autor la atención debida, en comparación con otros supuestos gigantes intelectuales de su tiempo, por lo que es el momento de revisar sus muy valientes y oxigenantes planteamientos liberadores.

martes, 19 de agosto de 2014

Diccionario de ateos

Sylvain Maréchal (1750-1803) fue un periodista, ensayista, filósofo, poeta y activista en una época tumultuosa marcada por la Revolución francesa; se le ha considerado un precursor del socialismo y del anarquismo, como hombre ilustrado fue crítico con el absolutismo y partidario de un socialismo agrario donde existiese la comunidad de bienes.
 
Lector ávido, de obras de Rousseau, Voltaire, Helvétius o Diderot, frecuentó a autores deístas y ateos. Su participación en la llamada Conspiración de los Iguales, promovida por Babeuf, que pretendía una igualdad real en la sociedad y no el mero formalismo que suponía la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, le acabará convirtiendo en una inspiración para el posterior socialismo utópico; Maréchal expresó los deseos de una auténtica revolución social en el Manifeste des Égaux (Manifiesto de los Iguales), que se ha visto como toda una declaración libertaria, escrito en 1796.

Maréchal era un feroz ateo militante, un brillante subversivo proveniente del Siglo de las Luces, que sufrió persecución y cárcel por una obra en la que negaba a Dios y parodiaba la religión. Después del fracaso de la conjura, se volcará Maréchal en el ateísmo, uno de sus intereses fundamentales; será el fundador de la Sociedad de Hombres sin Dios, y se esforzará en crear un diccionario que recoja la reivindicación de la postura atea por parte de autores clásicos y modernos: Dictionnaire des Athées anciens et modernes (1800). La editorial Laetoli edita ahora esta obra con el titulo de Diccionario de ateos, una auténtica joya que he de confesar no conocer hasta hace pocos días. Una labor magnífica la que está haciendo esta editorial dando a conocer a un pensador tristemente desaparecido de la circulación intelectual contemporánea; Laetoli ya publicó hace pocos años la también excepcional Memoria contra la religión, de Meslier. La obra de Maréchal recoge un repertorio impresionantes de citas, que no solo niegan la existencia divina, sino que cuestionan los dogmas en general; se esfuerza el autor en mostrar la superioridad teórica y moral del ateísmo, logrando una obra sobresaliente de una actualidad innegable.

Tal y como se dice en el prólogo, la obra de Maréchal trasciende la simple opción filosófica del ateísmo y apuesta por una amplia utopía social capaz de englobar todos los ámbitos de la existencia humana. Como brillante filósofo social, Maréchal no se limita a una decisión ética individual y crea un gran arma literaria para combatir un mundo jerarquizado, opresivo y alienante. Diccionario de ateos es todo un instrumento de emancipación intelectual y moral, que este autor legó a la posteridad.


martes, 12 de agosto de 2014

El humanismo secular

Mario Bunge, en su libro Crisis y reconstrucción de la filosofía, refuta a los que consideran el humanismo secular (puede verse como una forma más amplia de llamar al ateísmo) al no considerarlo una simple doctrina que niega lo sobrenatural. Es más, este autor considera que se trata en realidad de "una cosmovisión positiva y amplia".

Así, presenta siete tesis sobre el humanismo secular:

1. Cosmológica: todo lo que existe es natural o producto del trabajo humano, ya sea manual o mental. Si queremos verlo de modo negativo: en el mundo no hay nada sobrenatural.

2. Antropológica: las diferencias individuales entre las personas son poco importantes en comparación con los aspectos comunes que nos hacen a todos miembros de la misma especie. Puesto en términos negativos: no existen hombres ni razas superiores.

3. Axiológica: aunque los diferentes grupos humanos puedan tener valores diferentes, hay muchos valores universales básicos, tales como bienestar, honestidad, lealtad, solidaridad, justicia, seguridad, paz y conocimiento, por los cuales vale la pena trabajar e incluso luchar. Puesto en términos negativos: el relativismo axiológico radical es falso y perjudicial.

4. Epistemológica: es posible y deseable hallar la verdad acerca del mundo y de nosotros mismos recurriendo únicamente a la experiencia, la razón, la imaginación, la crítica y la acción. Puesto de manera negativa: el escepticismo radical y el relativismo gnoseológico son falsos y nocivos.

5. Moral: debemos buscar la salvación en este mundo, el único real, por medio del trabajo y el pensamiento, antes que por la oración y el enfrentamiento, y debemos disfrutar la vida, así como intentar ayudar a los demás a vivir, en lugar de perjudicarlos.

6. Social: libertad, igualdad y fraternidad, valores que deben concretarse en la administración de la comunidad.

7. Política: a la vez que defendemos tanto la libertad de culto y la diversidad de cultos, como la libertad de inclinación política y la diversidad de las inclinaciones políticas, debemos esforzarnos por lograr o mantener una sociedad laica, así como un orden social íntegramente democrático, a salvo de las desigualdades injustificadas y las chapuzas técnicas evitables.

Bunge considera que cada humanista secular puede dar un valor con mayor o menor peso a cualquier de estos puntos. Al alejarse de cualquier posición sectaria y dogmática, el humanismo secular supone un amplio abanico que puede abarcar, tanto a activistas sociales, como a librepensadores de diverso pelaje. Por ejemplo, aunque este autor habla de un estado laico, para evitar confusiones y llevando las cosas a un terreno libertario (ojo, con una visión si se quiere más amplia), me he permitido hablar mejor de una sociedad o de una comunidad laica. Bunge es un hombre de izquierdas, muy progresista; su crítica a la praxis marxista y su apuesta por un socialismo cooperativista podrían acercarle sin problemas a una crítica radical al Estado como órgano político y a una postura libertaria.

La revolución informática, como cualquier otra en el pasado producida en el ámbito técnico, se ha producido en un ámbito de inaceptables desigualdades sociales. Es por eso que cualquier persona con inquietudes humanistas debe observar y ser crítico con las consecuencias del ambivalente progreso tecnológico. Se aplaude toda innovación técnica puesta al servicio de valores humanos, pero se advierte de la definitiva enajenación del ser humano. Consecuentemente, un filósofo y científico como Bunge reivindica una visión secular que abarque al conjunto de la humanidad. Si bien el humanismo puede tener un cariz religioso, lo mismo que un ateo o agnóstico puede estar exento de inquietudes éticas, se considera aquí que es el humanismo secular, combativo con cualquier postura trascendente y sobrenatural, es el que nos coloca en mejor posición para el progreso social y moral.

Bunge considera que la filosofía está estancada y, a pesar de que es muy crítico con ese culto al pasado del pensamiento y con los grandes sistemas filosóficos, reivindica sin problemas los valores de la Ilustración: una corriente naturalista, humanística, racionalista y progresista. El filosofar no es una mera actividad de especialistas, sino que debe ser inherente al conjunto de la especie humana. Para el progreso, han sido necesarios el deseo del ser humano para conocer, la capacidad de hacerse preguntas y la indagación. Ahora, de forma más necesaria que nunca por el nivel de enajenación producido por la revolución tecnológica, se demanda una visión filosófica de conjunto, capaz de interpretar los cambios y saltos decisivos en el conocimiento científico y de preguntarse sobre su significado.

martes, 5 de agosto de 2014

Paul Kurtz, escéptico, humanista y librepensador

Paul Kurtz, fallecido en octubre de 2012, fue un escéptico, humanista y librepensador, conocido enemigo intelectual de las religiones y de las jerarquías que las representan. Kurt había nacido en 1925 en Newark (Nueva Jersey, Estados Unidos de América), y era hijo de unas padres judíos a los que él mismo definió como librepensadores. Su postura escéptica y atea le acabo convirtiendo en un activista combativo a favor del pensamiento racional y de un humanismo enemigo de todo teísmo; este compromiso le acompañará hasta el fin de sus días. Respecto a la proliferación de la seudociencia y la sinrazón en las sociedades modernas, otro objeto del estudio y de la crítica de Kurz, junto a factores sociológicos y culturales, recordaba este autor la tendencia sicológica del ser humano a cierta credulidad, en forma de ingenuidad acrítica, junto a la fascinación por el misterio y el drama, sin tener muchas personas la capacidad aparente para distinguir realidad de ficción, producto tal vez de una existencia anodina. El caso de la fe religiosa puede también, en parte, ser explicada por esa tendencia a la credulidad y por la seducción del misterio, junto a la evidente necesidad por buscar un sentido en la existencia. El progreso social e intelectual debería tener en cuenta estas necesidades del ser humano y mostrar una alternativa en la que no se vea sacrificada la perspectiva crítica y escéptica.

Topamos aquí de nuevo con el enfrentamiento filosófico entre objetivismo y subjetivismo, ante lo que Kurt afirmaba: "Una creencia es verdadera si, y sólo sí, ha sido confirmada, directa o indirectamente, por referencia evidencia observable. Una creencia también es validada al ofrecerse razones que la apoyen. Aquí hay consideraciones lógicas que son relevantes". Se aboga por una actitud científica en los asuntos humanos, que queda determinada por una inteligencia crítica que evalúe permanentemente las creencias; huyendo de toda conclusión absoluta y final, se renuncia a la voluntad de creer y, en la línea de Bertrand Russell, se apuesta por la voluntad de dudar. El adiestramiento en el escepticismo y en la inteligencia crítica lo pedía Kurt como principio educativo primordial: "La meta de la educación deberá ser desarrollar personas reflexivas -escépticas, aunque receptivas a nuevas ideas-, siempre deseando examinar nuevas desviaciones del pensamiento, aunque insistiendo que sean probadas antes de ser aceptadas". Por supuesto, no se limita solo a la escuela, sino que es necesario extenderla a otras instituciones sociales, como es el caso de los medios de comunicación; las más modernas tecnologías priman lo visual e inmediato frente a un análisis sólidamente sustentado. Así se explica en parte el dominio de las fuerzas de la sinrazón en sociedades tecnológicamente avanzadas, aunque es necesario tener en cuenta ciertos anhelos humanos en torno al drama, el misterio y el sentido en la vida; de esa manera, un programa de instituciones alternativas puede tener en cuenta un sistema de creencias que no caiga en lo falso y en lo irracional, apelando a otras dimensiones de la experiencia humana y otorgando un papel importante al arte, la filosofía y la ética en el objetivo de dar respuesta a las necesidades de cada persona.

Kurt era un profundo humanista, heredero de la ilustración y enemigo de los postulados de la posmodernidad. En ese sentido, defendía la ciencia como el sistema que probablemente mejor describe eso que llamamos realidad, proveyendo de explicaciones acerca de cómo y por qué se produce algo. Frente a todo relativismo intelectual y cultural, que pretende situar la ciencia al mismo nivel que cualquier otro discurso, como puede ser el teológico, se apela entonces por la investigación experimental y la confirmación teorética. Por supuesto, esa defensa de la ciencia tiene una visión amplia, crítica con la instrumentalización por parte del poder y con la especialización financiada por las grandes corporaciones transnacionales en busca del beneficio económico. La ciencia y la filosofía deben encontrarse, en aras de un horizonte humanista lo más extenso posible; del mismo modo, el empleo de la razón, más sensible al subjetivismo, debe huir de toda abstracción y de todo absolutismo y estar abierto a continuos cambios y revisiones. Aunque el conocimiento se ve influido por el contexto sociocultural, donde Kurtz se aleja de la visión posmoderna es en pensar que los métodos de investigación deben ser confirmados por su comprobada efectividad en comparación con otros sistemas.

El humanismo de Kurtz, como resulta obvio, no le hace caer en un cientifismo extremo ajeno a los valores humanos. Abogó siempre, además de por la libre investigación, por la libertad de pensamiento, teniendo en cuenta los factores sociales y políticos que la limitan. El individuo tiene pleno derecho a tomar sus propias decisiones, a su autonomía moral en todos los ámbitos, como son el amor, la familia, la amistad, el trabajo, la medicina o, en última instancia, su visión sobre la vida o la muerte. Kurtz consideraba que en su visión humanista sí hay estándares éticos objetivos, por mucho que se reconozca la diversidad de valores, ya que hay normas éticas aplicables al conjunto de la humanidad; Kurtz se ve influenciado por Kant, por un lado, pero también por cierto utilitarismo modificado, ya que no es posibles separar fines de medios (realiza aquí una crítica a la izquierda marxista y le acerca a la visión libertaria). En aspectos sociales, el humanismo por el que apuesta Kurz ofrece una teoría social significativa, estrechamente vinculada a los derechos humanos y a una filosofía democrática, abierta y respetuosa con la diferencia. La visión humanista no renuncia al ideal social e individual, trata de mejorar permanentemente la condición humana, y de transformar la realidad a mejor, sin subordinarse a supuestas leyes de la historia ni a falsos determinismos, gracias a la valentía humana y a sus posibilidades cognitivas. Es una apuesta, tan optimista como humanamente enérgica, por una nueva Ilustración.

Enlace a sindioses.org con varios artículos de Kurtz traducidos al castellano.