sábado, 27 de diciembre de 2014

Sobre la fe, la creencia y el ideal

Recuperamos un texto de hace tiempo, a propósito de una entrevista a Harlheinz Deschner, autor de Historia criminal del cristianismo; viene al caso por la habitual controversia, aunque no resuelta a pesar de lo que opinen los fundamentalistas de diverso pelaje, sobre lo beneficioso o no de la religiosidad, y también sobre la irritante tendencia a vincular el ateísmo (con su apuesta por la lógica y la razón en diversos ámbitos de la vida humana, pero "lógicamente" no en todos) con ausencia de valores y de la capacidad de otorgar un "sentido" a la vida (de espiritualidad, si se quiere denominar así)

Hace unos días, reenvié el enlace a una entrevista a Karlheinz Deschner, autor alemán licenciado en filosofía y teología. A pesar de que el entrevistador se muestra algo tendencioso y recurrente a los habituales lugares comunes que defienden la tradición religiosa, tal vez por los argumentos tan beligerantes del entrevistado sobre el cristianismo y la Iglesia Católica, el entrevistado no se anda con tapujos y deja clara su opinión sobre las mentiras e injusticias que se han producido durante milenios, ya expresada en su obra Historia criminal del cristianismo. Incluso, cuando se le recuerda el germen terrorista que supuestamente anida en otra creencia religiosa, el Islam, Deschner manifiesta que hay estudios que muestran que las causas de la violencia política se encuentran, en realidad, en la pobreza, la mala administración y en la represión. No hay que desdeñar el peligro del fanatismo religioso y/o nacionalista, pero tampoco dejar a un lado las situaciones que lo alimentan. Curiosamente, Deschner asegura que es agnóstico, que deja abierta la pregunta sobre la divinidad, pero cree que una sociedad exenta de "Dios", sin mitos y sin mentiras religiosas, supone un punto de partida para un cambio a mejor.

El caso es que la recepción de mi correo y la lectura de la entrevista da lugar a un interesante intercambio de correos con diversas posturas sobre la religión. Hay quien opina que las cuestiones religiosas solo pueden abordarse desde la fe, y que el agnóstico y el ateo únicamente pueden hablar de las obras de los hombres. Así de claro. Mi opinión es que la cosa tiene trampa y mucha por parte de los "religiosos". Decir que el agnóstico o el ateo solo pueden hablar de "las obras de los hombres" es una perogrullada (no sé si ponerle el calificativo de autoritaria) e, incluso, una mezquindad, si hablamos de las barbaridades que se han hecho y se siguen haciendo en nombre de "dios" (como es lógico, esas barbaridades son "cosas de los hombres", y de ello hablamos). Por otra parte, no sé yo si la fe personal de cada uno es indisociable de las instituciones religiosas; claro está, allá cada uno con sus creencias, pero sin instituciones difícilmente va a tener la cosa una base sólida (es más, ¿tiene sentido la religión sin institución?; los religiosos que, supuestamente, se muestran críticos con la Iglesia Católica, más tarde o más temprano terminan apuntalándola, no conozco ningún ejemplo contrario). A mí, más que hablar en contra de la religión, me gusta hablar en contra de todo tipo de trascendencia, de absolutismo (que es inherente a toda doctrina religiosa, por mucho que lo adornen como quieran o que se adapten a tiempos nuevos), de subordinación (que se da en la religión y en otros ámbitos humanos), y trabajar potenciando los valores humanos y la vida terrenal (pero, claro está, el religioso saldrá con lo de la fe, con la imposibilidad del hombre para ciertas cosas y con su lenguaje místico y abstracto, y así seguimos). Hay quien dice que lo valioso es el mensaje o la enseñanza religiosa, incluso este amigo se manifiesta a favor del anarquismo y considera este pensamiento profundamente religioso al poseer unas grandes fe y fuerza en la búsqueda de justicia, igualdad y bienestar. Vienen al caso estas bellas palabras de Malatesta: "La fe, en nuestro caso, no es una creencia ciega; es el resultado de una firme voluntad unida a una fuerte esperanza".

Al margen de considerarnos ateos o no, es posible que hablemos de lo mismo en cuestión de determinados valores humanos. En cualquer caso, y para dejar clara mi postura sobre algunos argumentos, considero que adjudicar las "malas obras" a los hombres y los buenos valores a la divinidad (a su supuesto mensaje), me parece un subterfugio y no me aporta nada. No soy yo nadie para repartir etiquetas de "anarquista", pero para mí resulta lógico que alguien que se considera ácrata sea ateo (y cuando empleo este término, me refiero a cualquier creencia más allá del plano humano, ni más ni menos, no solo al moneteísmo). Parece obvia la relación entre autoridad y teísmo (o deísmo, o cualquiera que sea la evolución siguiente de la creencia religiosa, porque al fin y al cabo lo que subyace es lo mismo). Mi ignorancia es abismal (y lo digo sin ironía), pero cada vez que aprendo un poquito más, se me confirma la falsedad del cristianismo (no hay nada original en él, y sí apropiación de todo lo anterior) y de cualquier religión. Otra cosa es lo que los creyentes denominan "mensaje o enseñanza religiosa", pero yo lo considero un legado de la humanidad, de la civilización o como se quiera denominar. Los religiosos hablarán de "revelación" o algo similar, pero entramos en el terreno del dogmatismo (e, insisto, considero que las mayores barbaridades se han hecho en nombre de una Verdad con mayúsculas, de lo que pueden parecen nobles ideales a priori). Un profesor de filosofía (creyente) dijo una vez que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad tenían un origen cristiano; yo no lo creo, y aceptar tal cosa me parece caer en el reduccionismo, es un legado de la historia, una noble aspiración a la que hay que tender (y en la que el anarquismo tiene mucho que decir, el pensamiento antiautoritario, antiabsolutista, incompatible con cualquier dogma). Otra cosa es que estemos inmersos en una cultura cristiana, que todos seamos consecuencia de ello, pero considero una obligación superarla en aras de algo mejor. Hay mucho que hablar, no obstante, ya que el anarquismo original sí parece defender valores universales que parecen cercanos a una religión "revolucionaria"; pero la importante tensión con el antiabsolutismo, la confianza en la razón (en ampliar su horizonte, tan importante en estos tiempos en que se quieren abandonar los ideales de la modernidad), en el plano humano, en potenciar lo terrenal, en no tener asideros dogmáticos a ninguna teoría (que, al fin y al cabo, aunque no hablemos de religión, es otra suerte de revelación), hacen que el anarquismo tenga muchísimo que decir en el futuro de la humanidad.

No obvio la importancia histórica de la religión (la parte buena, claro), su peso como cohesión social y sus valores, y tal vez ahí debemos demostrar siempre una alternativa más poderosa y humana (lo que alguien llama "aspiraciones", que me parece muy bien; tantas veces nos perdemos en una simple cuestión de términos, y hablamos de los mismos valores). Yo defiendo el ateísmo, puedo pensar como Feurbach que la religión se acaba transformando en antropología, o como Bakunin en que hay un principio autoritario detrás. Puedo pensar que le religión juega con los miedos y aporta simplemente "tranquilidad existencial"; puedo ser algo existencialista o, mejor, sartriano y ante la supuesta angustia o nada existencial, pensar que lo que hay que hacer es otorgar sentido a la vida (potenciar lo terrenal, luchar por los más altos valores humanos sin ninguna necesidad trascendente). Pero ésta es mi postura, ya sé que muchas personas lo verán muy diferente, y por supuesto hay que aceptar los diversos puntos de vista y a no imponer ninguno. La crítica se dirige hacia "lo instituido" y en toda religión está el peligro de ello, y sí creo que tiene mucho que ver la creencia religiosa con la Institución. No hace falta decir que me he encontrado con ateos con los que no me identifico nada, y con "creyentes" con los que puedo compartir muchos valores, por lo que de alguna manera se confirma mi "creencia": todo queda en un plano humano (los únicos ideales que me interesan son los perseguibles en esta realidad que conozco).

martes, 23 de diciembre de 2014

Javier Krahe, cantautor transgresor e irreverente

A Krahe se le ha llamado muy a menudo el "Brassens español", cantante y compositor francés del siglo pasado, y del que creemos puede decirse que es uno de los grandes poetas contemporáneos. Efectivamente, no solo por su gran talento, son varías las similitudes que hay entre los dos cantautores: malos estudiantes, pero devoradores de libros con avidez, lo que les supuso una gran cultura, ambos empezaron a cantar pasados los treinta, se mantuvieron al margen de los circuitos de éxito permaneciendo fieles a sus músicos y amigos, y los dos son simpatizantes del anarquismo. A pesar de esa filosofía vital coherente, honesta y profundamente inconformista, Brassens acabó siendo adorado por Francia y sus discos son ampliamente conocidos. No es el caso, todavía, de Javier Krahe, aunque sus fieles son (somos) una enorme minoría.
Un tipo que no se ha arrugado jamás ante el poder, que ha dicho y hecho lo que le ha apetecido, tiene que tener reconocimiento tarde o temprano. El poder trabajar, seguir componiendo y escribiendo geniales temas, y llenar una sala con unos pocos cientos de fieles (no tanto los discos, documentales o actos de reconocimiento, que algunos ha habido), estoy seguro de que son para él su mejor recompensa. Krahe, junto a sus músicos Javier López de Guereña, a la guitarra, Fernando Anguita, al contrabajo, Andreas Prittwitz, al saxofón o contrabajo, y las percusiones de Jimmy Ríos, son unos habituales de la Sala Galileo o del Café Central, en Madrid. El público que compone sus recitales no es homogéneo, lo que resulta esperanzador a mi modo de ver las cosas, pueden encontrarse personas de distintas edades y diversa condición, el local se llenará casi con seguridad. La complicidad entre el cantautor y los músicos hace que la calidad y la calidez sean aún mayores, las introducciones de Krahe a cada tema son tan inteligentes e hilarantes como los propios textos escritos.

Krahe es un hombre, como le gusta decir a él, ya de cierta edad. Nació en 1944, en el seno de una familia de clase media del barrio de Salamanca de Madrid. Aunque pueda parecer lo contrario, la mayoría de sus canciones recogen de manera sutil hechos reales de su propia vida o referencias indirectas. En el colegio marianista de Nuestra Señora del Pilar, en la calle Ayala del barrio mencionado, fue formándose un ácrata que dedicará gran parte de su trabajo a combatir a esos siniestros individuos con sotana, una directa intención anticlerical que resulta tremendamente necesaria en una sociedad española muy deudora todavía del franquismo. Los que nos consideramos ateos, creo que puedo hablar al menos por gran número de ellos que trato y conozco, tomamos la valiente decisión a una determinada edad de no buscar seguridades metafísicas ni tranquilidades existenciales de tipo alguno; por otra parte, estamos obligados igualmente a oponernos a toda institución que se arrogue la pretensión de una verdad con mayúsculas, que tienda al absolutismo, que pretenda gobernar las vidas de las personas manipulando conceptos muy humanos. Pienso, sinceramente, que es esta también la actitud vital que ha tomado el gran Javier Krahe.

Krahe, antes de optar por una carrera musical, estuvo muy interesado en ser realizador cinematográfico. Lo atestiguan unos cortometrajes, que realizó a finales de los 70 junto a Enrique Seseña, en los que se daban una serie de reflexiones sobre distintos aspectos de la vida. Uno de ellos sería el llamado Sobre la Cristofagia, que posteriormente sería conocido por Cómo cocinar un Cristo. Este genial e irreverente trabajo solo se dio a conocer de manera algo amplia, un cuarto de siglo después, cuando se incluye en el documental Esta no es la vida privada de Javier Krahe y se emite en una cadena de televisión. Como si fuera una receta de cocina, una voz en off nos narra los pasos a seguir para cocinar dicho símbolo religioso, mientras unas manos de mujer llevan a cabo la operación: "quitar un Cristo macilento del crucifijo, lavarlo con agua tibia para 'desencostrarlo', secarlo, untarlo con bastante mantequilla sobre un lecho de cebolla, salpimentarlo o aderezarlo con algunas especias y, finalmente, meterlo en el horno durante tres días, transcurridos los cuales, el Cristo sale solito".

Poco después de la emisión del corto, aparece una denuncia ante la Fiscalía General del Estado contra los responsables de la misma, y también otra contra Krahe a título personal. Parece ser que hay cierto resquicio en el Código Penal al que se pueden acoger las personas susceptibles de haber visto ofendidos o ridiculizados sus sentimientos religiosos, algo que resulta aún más indignante y jocoso en el caso de figurar por escrito. El propio Krahe, irreductible, ha señalado lo ridículo de la denuncia, así cómo las amenazas y persecución que ha sufrido por los fundamentalistas católicos en no pocas ocasiones. Las declaraciones que ha tenido que realizar en diversos juzgados, respondiendo a preguntas marcianas, son una muestra más del esperpento nacional. Como dijo el cantautor ante una pregunta sobre si no le parecía fácil transgredir con semejante corto, eso lo realizó hace más de tres décadas, y lo asombroso es que aún siga escandalizando.

Krahe utiliza el humor para transgredir, para defender sus ideas y filosofía de vida, así como se vale de la provocación, con todas las intenciones de molestar, mostrando el profundo desprecio que le producen ciertas clases, como son los curas y políticos. Tal vez su tema anticlerical más logrado, y celebrado, es Los caminos del señor. Krahe tuvo el acierto de dedicar la canción en un concierto al siniestro y dañino Rouco Varela, lo que parece ser que provocó las iras de éste. Va a ser que el trabajo de Javier Krahe es mucho más influyente de lo que cabe suponer, para alegría de sus "fieles", la esperanza y la fe se mantienen y parecen potenciarse. En Los caminos del señor se produce una situación, tan irreverente, como absurda, alguien que padece de amnesia aparece en una Iglesia con la vaga sensación de que todo aquello le produce un gran rechazo: "a quién coño fui a rezar / yo, que siento por Jesús ¡repelús!". Después de pedir a un sacristán que le ayude y eche una jaculatoria para que recobre la memoria, algo que el hombre hace a San Cucufato obrándose el milagro: recupera todo lo que había perdido… ¡incluido un mechero! Es el colofón del tema el que resulta especialmente memorable (valga el juego de palabras), el hombre recuerda que en realidad entro en el templo a robar: "Tú, que nunca vas al templo, / tú que estás en el error, / toma de mi historia ejemplo ejemplo, / rectifica pecador / y recorre sin temor / los caminos del señor. / Sí, señor". El tema es de una efectividad en su irreverencia que tumba de espaldas. El fundamentalismo, por supuesto, no tiene nada de sentido del humor.

sábado, 20 de diciembre de 2014

El origen de los valores humanos

Desechado cualquier tipo de determinismo natural o biológico, y ante la imposibilidad de que la ciencia nos dé todas las respuestas, conviene reflexionar sobre el origen de los valores. Defenderemos en este texto, frente a toda posición absolutista, la fortaleza de una moral fundada en el ámbito humano, propia de los deseos y aspiraciones de las personas, de carácter laico, ajena a lo trascendente e íntimamente vinculada a lo social y político; en definitiva, que favorezca el desarrollo de la humanidad


Dada la continua polémica sobre los valores humanos, hay que recordar una y otra vez los importantes interrogantes que este tema suscita y las profundas divergencias que parecen irresolubles y nos hacen caer una y otra vez en soluciones metafísicas. Desde el subjetivismo, los valores serían una creación humana, por lo que su origen dependería de las preferencias, puntos de vista o sentimientos de cada individuo; llevada al extremo, convertiremos esta postura en una suerte de relativismo moral, en un "todo vale" o dependencia de la opinión de cada persona. En cambio, el objetivismo considera que los valores existen por sí mismos, no siendo necesario que los individuos o las diferentes culturas los conozcan o los pongan en práctica; así, desde este punto de vista objetivo podría establecerse una guía universal del comportamiento humano. No obstante, la cuestión no es tan elemental. Si el relativismo moral, si entendemos por tal cosa simplemente el "todo vale", es rechazable, el absolutismo nos introduce en no pocos problemas; esta postura absolutista, que está obviamente relacionada con el objetivismo, hace caer con frecuencia en el dogmatismo: se trata de una postura que considera correctos solo determinados valores, despreciando los de otras culturas, e imponiéndolos a los demás. La idea de que existan valores absolutos, independientes del ámbito humano, se antoja una fantasía "espiritual"; en cualquier caso, nadie tiene derecho a imponer unos determinados valores humanos a los demás, lo cual no nos introduce en ningún tipo de "relativismo" (postura más bien caricaturesca, que suelen invocar los partidarios de las religiones y de todo tipo de absolutismo).


En nuestra acervo cultural, está profundamente arraigada la idea de que es necesario un garante de lo absoluto para decidir lo que es bueno o malo (de ahí la necesidad para algunas personas de la creencia en un ser supremo). Sin embargo, la historia nos demuestra, por un lado, que los valores son mutables, y por otro, que esta discusión sobre la fuente de los valores es ya muy antigua, no siendo necesario trascender en cualquier caso el ámbito humano. Desde la Antigua Grecia hasta Kant, ha habido ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no absolutistas ni sobrenaturales. La moral kantiana, que se basa en la "obediencia a reglas", no es plenamente identificable con el absolutismo; lo que está detrás de la visión de Kant, más bien, es el deseo de la universalidad de los valores humanos. Es algo que también nos introduce en no pocos problemas, ya que no todo el mundo va a estar de acuerdo con según qué comportamientos (como es el caso de la moral sexual o del aborto); lo que parece claro a estas alturas es que la moral no tiene por qué ser absoluta, y ello a pesar de las continuas acusaciones de una relativismo mal entendido. Los llamados utilitaristas, que consideran la utilidad como principio moral, son objetos de no pocos ataques; y, sin embargo, pueden ser vistos de manera amplia como partidarios de una visión moral "consecuencinalista"; según este punto de vista, muy pragmático, se considera que la moralidad de una acción debe ser juzgada por sus consecuencias.

No todo absolutismo deriva de la religión, pero es francamente difícil defenderlo en otros terrenos. Si acaso, es el nacionalismo en la modernidad el que ha rivalizado con al religión en posturas absolutistas; recordemos de nuevo la frase de Luis Buñuel: "Dios y Patria son un equipo imbatible; baten todos los récords de la opresión y del derramamiento de sangre". Que se hayan realizado tantas barbaridades a lo largo de la historia en su nombre demuestra la irracionalidad de los principios absolutistas, la negación de las consecuencias de esos actos (que da la razón a una moral inmanente y pragmática) e incluso la debilidad de todos esos imperativos categóricos cuando se encuentran fundados en abstracciones. No negamos la complejidad del asunto, y nos adelantamos a las acusaciones de relativismo, pero consideramos que los principios morales se defienden mejor en un plano humano, no desde el absolutismo o la trascendencia.

Por lo tanto, al menos como punto de partida y sin intención de ser categóricos, podemos apostar por una ética utilitaria y consecuencialista, en el sentido de ser una ética laica, estrechamente vinculada a lo social y a lo político, ajena a los trascendente y capaz de favorecer el desarrollo de la humanidad. Los valores humanos no son reducibles a la ciencia, delegando en ella lo que es bueno o malo, ya que ello sería también una forma de objetivismo. Bertrand Russell, aunque mantuvo siempre cierta puerta abierta a la posibilidad del "conocimiento ético", evolucionó hacia posturas que podemos denominar emotivistas; esto es, cuando decimos que algo tiene "valor", que es bueno, estamos dando expresión a nuestras propias emociones y no a un hecho que seguiría siendo cierto cuando nuestros sentimientos personales fueran distintos. Esta postura, obviamente subjetivista, no cae en el relativismo; a pesar de la imposibilidad de presentar un conjunto de proposiciones verdaderas sobre el bien con mayúsculas, existe la permanente aspiración de elevar nuestros deseos al interés de toda la humanidad. De esta manera, los valores está fuertemente relacionados con la política, ya que el individuo puede realizar el intento de que sus deseos se convierten en los de la colectividad si ello supone la mejora para el grupo. Así, al filósofo que expresa los más nobles sentimientos sobre la verdad, la bondad o la belleza no le parece solo estar expresando sus propios deseos, sino también estar señalando el camino para toda la humanidad ; a diferencia del que expresa deseos mezquinos, puede creer que sus deseos tiene un valor también impersonal.

De esta manera, la ética queda vinculada a la política cuando trasciende el ámbito de lo personal y consigue que su valores sean considerados buenos por la sociedad: desde este punto de vista, los valores personales son susceptibles ser universalizables u objetivables. No obstante, nos movemos en el terreno de los valores subjetivos, ya que es francamente difícil decidir si algo tiene un valor intrínseco o si existe una verdad objetiva. Para los absolutistas, se trata de una conclusión catastrófica, pero intentaremos demostrar lo contrario y fortalecer la posibilidad de transformar la realidad desde un punto de vista ético; apelando a valores objetivos, o no, poco vamos a conseguir para que las personas cambien su ética; en cambio, influyendo en sus deseos si puede ser posible cambiar su conducta. En otras palabras, sean los valores objetivos o no, podemos hacer mucho más para transformar el mundo influyendo en los deseos de la gente. Russell quiso aclarar, ante las acusaciones de irracionalismo, que un deseo no es en sí mismo racional o irracional; "razón" posee un significado preciso y claro, tiene que ver con la elección de los medios adecuados para lograr un fin que se desea alcanzar, pero no tiene nada que ver con la elección de los fines.

¿Qué podemos decir de la fraternidad, o solidaridad, tan del "deseo" de los anarquistas? Como concepto abstracto, la solidaridad puede presentar no pocas dificultades, pero como expresión de deseo individual se nos aparece como una aspiración libertaria legítimamente universalizable. La moral libertaria no está fundada en nada más allá de lo humano, en ninguna moral absolutista ni aun objetiva, sino en el deseo y las aspiraciones del individuo concreto y en los de las sociedades que ha creado, permanentemente susceptibles de mejora. Apelando a los deseos de los individuos, en los cuales se fundan los valores humanos a nivel personal y colectivo, es posible poner en cuestión los valores tradicionales y construir una nueva realidad en base a la solidaridad, es decir, en el reconocimiento en el otro y en sus propios deseos.

martes, 16 de diciembre de 2014

Anarquismo y religión: otra vuelta de tuerca

Hemos defenestrado, no pocas veces, desde este blog, la religión desde un punto de vista anarquista; no cabe ninguna duda que así se produce en el anarquismo moderno, aunque matizaremos más adelante. El pensamiento anarquista es eminentemente naturalista (un término que, tal vez, gustará más que "materialista" si lo utilizamos en un sentido amplio); es decir, se esfuerza en buscar causas naturales en los fenómenos, sin incidir en las fantasías religiosas, y en transformar la realidad social desarrollando en un plano terrenal la acción y el pensamiento humanos (en lugar de trasladarlos a un plano sobrenatural).

En origen, el anarquismo radicalizó la idea de que la religión hacía más soportable a las personas los males de este mundo vendiéndoles la idea de una realidad ultraterrena en forma de paraíso; Marx, lúcidamente, consideró que se trataba de un alivio para el sufrimiento de las personas, pero caben pocas dudas de que se trata también de algo que ha servido a los poderes instituidos para mantener dócil a los humildes. Aunque la realidad es ahora mucho más compleja que este análisis, la gran pregunta de cara a una transformación revolucionaria de la sociedad es si la actitud religiosa ayuda en ese sentido. Volvamos al anarquismo clásico. No cabe duda de que la visión ácrata dirige sus furibundos ataques, sobre todo, al teísmo; a un Dios personal, omnisciente y todopoderoso, creador y legislador de los asuntos humanos (es la línea seguida por Feuerbach y Bakunin, aunque está implícito el rechazo a toda visión sobrenatural). Una excepción a este antiteísmo anarquista la constituye otro autor prestigioso, León Tolstói, que trató de conciliar el cristianismo con las ideas libertarias; su visión anarquista sobre la propiedad y el Estado quieren verse, tal y como señaló Kropotkin en su conocida entrada de la Enciclopedia Británica, tanto en los dictados de la razón como en las enseñanzas de Cristo. Las ideas anarcocristianas tolstoianas, como hemos dicho, pueden verse como la excepción de un anarquismo fundamentalmente antiteísta; resulta lógico expresarlo así, ya que el anarquismo moderno nace en Occidente, por lo que su visión contraria a la religión se centra principalmente en el monoteísmo.

No obstante, Carlos Malato, en su Filosofía del anarquismo, arremete sin ambages también contra el budismo y lo identifica con un deseo de humillación (el nirvana); la visión general en este texto es que la religiosidad acaba pronto suponiendo una actitud conservadora, aunque en origen se muestre como algo nuevo. Malato no parece realizar una crítica superficial, ya que reconoce que el budismo supone cierta concepción panteísta y materialista, aunque no le falta razón cuando señala su alteración posterior en base a elementos netamente religiosos. Malato, en su sencilla obra escrita a finales del siglo XIX, y que puede considerarse un breve compendio de la visión anarquista clásica, la fe religiosa deberá ser reemplazada por la libertad de pensamiento. Aníbal D'Auria, en "Introducción al ideario anarquista" (en Anarquismo frente al derecho, Libros de Anarres 2007), realiza un concienzudo análisis de la condición ácrata contraria a la religión, que puede resumirse en dos puntos sobre los que se dirige la más feroz crítica: la idea de un fundamento primero no material del mundo (dios, mundo de las ideas, divinidad…), y la idea de la perennidad de las almas (que pertenecerían a ese mundo ultraterreno y serían súbditas de una instancia trascendente). La concepción de la autoridad en Bakunin tiene su origen en esta visión religiosa, que luego supondría la aceptación, consciente o no, del poder político del Estado. El anarquismo clásico, volvemos a insistir, considera la historia de la humanidad como un despliegue de la razón (conteniendo esta la verdad, la justicia y la libertad) en la que se va apartando la religión, por necesaria que fuera en origen.

Las preguntas sobre la relación entre anarquismo y religión, bien entrado el complejo siglo XXI, y a pesar de ese código genético a tener en cuenta, siguen pendientes. Herbert Read, en Anarquía y orden. Ensayos sobre política, considera que la moral antecede a la religión y a la política, y estas intentarán determinar la conducta natural de la comunidad; es otra visión, para nada simple si leemos la obra mencionada, claramente naturalista. El anarquista Read, no obstante, critica una rígida visión del materialismo y apelará a cierto idealismo; piensa este autor que la sociedad necesita de algo parecido a la religión (el racionalismo y el escepticismo, por sí solos, no podrían para él ocupar su lugar), aunque dejando a un lado todo creencia sobrenatural, y que el anarquismo podía cubrir esa necesidad dando lugar a un nuevo tipo de comunidad humana. Así, el despliegue de la razón en la historia de la humanidad debería ir paralelo a un desenvolvimiento espiritual desprendido ya de toda connotación sobrenatural en el que el anarquismo, netamente humanista y naturalista a nuestro modo de ver, tiene mucho que aportar.

El anarquismo, necesariamente, mira hacia adelante, no puede mostrarse inmovilista, ni mucho menos reaccionario (otra gran pregunta es si hay alguna religión que no lo sea, directamente relacionada con una actitud conservadora ante la vida). Ha habido ciertos intentos de vincular las ideas anarquistas con ciertas religiones; más adelante hablaremos de otras, pero recientemente se ha publicado un libro llamado El islam como anarquismo místico; la tesis presente no está lejos de la mantenida por Tolstói en su momento sobre el cristianismo: se niegan las jerarquías terrenales, así como a la clase sacerdotal, pero se traslada la autoridad a Dios realizando una lectura libertaria de los textos sagrados. Son muchas las vueltas que se ha dado sobre la interpretación de la Biblia o del Corán y, aceptando que puedan existir enseñanzas valiosas en esos libros, también están plagados de contradicciones y hechos terribles; lo verdaderamente pernicioso es su visión acrítica como una verdad revelada, por lo que retornamos a una critica radical de la religión en uno de sus principales rasgos. Por otra parte, no es posible negar, en la historia de la humanidad y en sus manifestaciones culturales, que se han producido en todo tipo de comunidades, incluyendo las religiosas, algunos rasgos anarquistas como el apoyo mutuo, la horizontalidad, la justicia social o el cuestionamiento de la autoridad. Algunos autores anarquistas, como no podía ser de otra manera, se han ocupado de ello de forma rigurosa, como es el caso de Kropotkin.

No podemos estar más de acuerdo con Heleno Saña, aunque no compartamos su visión sobre la Iglesia Católica, ni tampoco del todo su idea del anarquismo moderno (no consideramos tan circunstancial su ateísmo), cuando considera que los anarquistas deben respetar la fe religiosa y, no solo jamás coaccionar a nadie, sino defender a los creyentes cuando estén amenazados. No obstante, no hay que confundir jamás la crítica a las ideas y creencias de las personas con una persecución a la persona ni una ataque a sus derechos. Una persona puede estar inspirada en las doctrinas históricas más diversas, incluidas las religiosas, y perfectamente tener una sensibilidad libertaria; no obstante, insistimos en la identificación del anarquismo con un radical espíritu crítico, con el libre examen, con la heterodoxia y con la consecuente imposibilidad de asentar verdades definitivas, por lo que tal vez de forma necesaria apuesta por una espiritualidad tan profunda como naturalista fundamentada en sólidos valores sociales. Alfredo D. Vallota, en "Reflexiones anarquistas", incide en esa espiritualidad profunda dentro del anarquismo, que le lleva, a pesar de su código genético ateo, a no observar la religión ni la idea de Dios de manera simplista.

Conclusiones

Claro que han existido personas y corrientes que han tratado, desde posturas religiosas de todo tipo, conciliarlas con el anarquismo. A pesar de ello, seguimos pensando que son muy difíciles de conciliar los códigos religiosos, especialmente sus dogmas y su culto al pasado. El misticismo es probablemente una tendencia muy humana, por supuesto, susceptible de ser criticada como creemos que realiza el anarquismo de forma radical; liberados de toda institución coercitiva, las personas son muy libres de pensar y desarrollarse como consideren más adecuado. No obstante, consideramos que el anarquismo, dentro de la sociedad plural en la que cree, y lejos de simplificaciones y de certezas, apuesta por una espiritualidad humanista y naturalista (ajena a lo sobrenatural) capaz de ocupar a nivel social el lugar de la religión y de convertir en realidad los más nobles valores humanos.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Un padre para el ateísmo

Jean Meslier nació en Rethel (Champaña) en 1664 e, inexplicablemente dado lo que vamos a explicar a continuación (solo descubierto tras su muerte), ejerció discretamente sus funciones como párroco en Etrépigny, en las Ardenas belgas, hasta el fin de sus días en 1729.

Michael Onfray en su libro Tratado de ateología (Anagrama, 2006) menciona al "padre" Meslier como punto de partida de la verdadera historia del ateísmo; Meslier, después de haber ejercido como sacerdote católico durante décadas sin sospechas de falta de fe, como refiere Onfray, dejó una voluminosa obra de cerca de 3.500 páginas, Testamento. Memoria de pensamientos y sentimientos de Jean Meslier (1779), además de dos cartas, en las cuales arremete contra la Iglesia, la religión, Jesús, Dios, pero también contra la aristocracia, la monarquía, el Antiguo Régimen, denuncia con violencia inaudita la injusticia social, el pensamiento idealista, la moral cristiana del dolor, y profesando al mismo tiempo una especie de comunalismo anarquista, una filosofía materialista auténtica e inaugural y un ateísmo hedonista de sorprendente actualidad. Meslier abrigó, en suma, una oposición feroz a los poderes establecidos, tanto civiles como eclesiásticos, por considerar que oprimían y explotaban económicamente al pueblo. Era muy duro con todas la religiones, presentando "demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y de todas las religiones del mundo", pero especialmente con el cristianismo, como instrumentos de explotación y conjunto de falsedades -falsedades formadas, e inculcadas, para mantener al pueblo bajo la tiranía-. No tienen precio las afirmaciones de Meslier sobre la religión cristiana: las Escrituras son falsas, la tradición es espuria, los dogmas son absurdos, no hay ni Dios, ni cielo, ni infierno, ni inmortalidad del alma; no hay tampoco ningún designio en el universo: toda la realidad es materia en movimiento y la materia obedece a leyes mecánicas, no divinas. Hay quien considera que Meslier estuvo influido por Spinoza, interpretado desde el punto de vista ateo. La obra de este "padre del ateísmo" contribuyó de manera no desdeñable en la corriente de librepensamiento, así como en el desarrollo del materialismo, en la Francia del siglo XVIII; el naturalista y materialista Holbach, otro insistente crítico de las creencias cristianas y de los prejuicios de toda clase, y también adherente a un ateísmo sin vacilación, celebró las opiniones de Meslier como liberadoras de todas las supersticiones y de todas las opresiones, y publicó parte de su obra en 1772; Voltaire también lo dio a conocer en 1762 en sus aspectos anticristianos y anticlericales, pero silenciando su ateísmo, su materialismo y sus revolucionarias ideas sociales.

Podemos considerar a Meslier, por lo visto hasta ahora, y hasta cierto punto, inaugural en ciertas corrientes de pensamiento. Original también fue al considerar la religión como una fuente y una causa fatal de perturbaciones y divisiones eternas entre los hombres, solo había que ver las persecuciones a fuego y sangre entre los diferentes defensores de insensatas y ciegas creencias y deplorable también por llevar a cabo, bajo el bello y falaz pretexto de defender y mantener la pretendida verdad de sus religiones, toda suerte de males y maldades.
No hace falta ir muy lejos para encontrar un paralelismo entre las fundamentales denuncias de Meslier y el sangrante mundo en el que seguimos viviendo. No olvidemos que el párroco vivió en los siglos XVII y XVIII, en el tiempo y el país donde se desarrolló la Ilustración, que aspiraba a llevar a la humanidad hacia el progreso definitivo (hoy comprobamos que, o bien fracasó, o aludió desde el principio a un progreso científico y tecnológico, el cual resulta discutible en muchos aspectos, e inalcanzable para gran parte de la humanidad en sus aspectos asistenciales), instalando la razón y dejando atrás la superstición, la tradición y la tiranía. Algunos aspectos de la Ilustración daban esperanza para los sueños emancipatorios de Meslier, los cuales fueron pronto truncados: la lucha de clases siguió teniendo pleno sentido (y continúa teniéndolo, por mucho que la clase política se empeñe en emplear una retórica democrática, liberal y progresista al respecto, inculcando una especie de creencia en que solo hay un camino) y la religión sigue enfrentando y dividiendo, quizás más que nunca. Todas y cada una de las denuncias que Meslier hizo a la Iglesia católica, a sus dogmas absurdos y a su gran responsabilidad en intentar mantener a las personas en un estado de sumisión e inmadurez, es obvio pensar que continúan vigentes; tratándose de creencias religiosas basadas en dogmas, poco pueden haber cambiado con el paso de los siglos (por muchos matices que se apliquen, interesadamente, o por poca práctica que generen, dada la fortaleza del sentido común). Quizá resulte más difuso todo lo relativo a sus connivencias con los poderes civiles de explotación (aunque no olvidemos que el Vaticano es un Estado), pero es importante señalar su tremenda responsabilidad histórica, la tan manida memoria que es propiedad de todos, y de la que pretenden adueñarse los vencedores. Hay una historia también para el ateísmo liberador y libertario y una muestra es el "padre" Meslier, al que nos parece justo homenajear con unas cuantas palabras, lo haremos con él como con tantos otros que se atrevieron a ir hasta el fondo denunciando las injusticias.
Una cosa más por la que Meslier ha tenido un sitio en la historia es por una familiar frase, que ha sufrido muchas variantes, atribuida en numerosas ocasiones a otras figuras, la de que "la humanidad sólo será feliz el día que el último de los tiranos haya sido colgado con las tripas del último cura". Si el párroco francés simplemente utilizaba una violenta metáfora es algo que no sabremos nunca.

martes, 9 de diciembre de 2014

Creer que se cree o Vattimo y la religión

Que Gianni Vattimo es uno de los filósofos más prestigiosos en la actualidad, es un hecho que nadie puede negar. Que las cosas que he leído de él (seguramente, poco), junto a actitudes de lo más irritables (lo mismo se declara cristiano, que anarquista, que se hace político de centro izquierda, que habla favorablemente de la "revolución" bolivariana de la Venezuela chavista), me parecen poco interesantes, algunas abstrusas y otras plagadas de lugares comunes, es algo que también tengo que expresar así.

El caso es que el estudio del ateísmo contemporáneo lleva de forma casi necesaria, aunque solo sea por el prestigo de su autor, a la lectura de una famosa obra del filósofo italiano: Creer que se cree. Hay que recordar, para comprender ciertas cosas, que Vattimo es un filósofo posmoderno; ya se sabe, que si el discurso de la modernidad está caduco, que no hay ya grandes discursos ni grandes verdades ni grandes asideros y que todo viene a ser más o menos relativo; se puede resumir en que esta corriente es partidaria de un pensamiento débil y enemiga de todo absolutismo. Sorprende, incluso viniendo de su autor, que de lo primero que afirma en libro es que, "hoy ya no hay razones filosóficas fuertes y plausibles para ser ateo o, en todo caso, para rechazar la religión". Sorprende, digo, que alguien que se declara opositor a todo dogmatismo, y supongo que también se considere un librepensador, afirme tal cosa. Otro asunto es que no sea lo mismo ser hoy un ateo o un librepensador, que queremos pensar que viene a ser lo mismo, que serlo hace un par de siglos; evidentemente, para serlo hay que liberarse de las ataduras tradicionales, y por supuesto no solo provenientes de la religión, pero opino que siempre partiendo de un ateísmo que forma parte del antiautoritarismo. No, Vattimo no solo no se libera en Creer que se cree, sino que además dedica la obra a declarar su devoción por un cristianismo muy sui géneris (sería una lectura del cristianismo como "doctrina débil", sea lo que sea lo que signifique tal cosa), empezando por no aclarar en ningún momento que entiende él por Dios, concepto muy fundado en sus experiencias subjetivas, y declarándose "medio creyente" (sic).

Hay que decir que la obra fue escrita hace ya unos años, en 1996, por lo que tal vez hoy Vattimo sostiene otro discurso (debe ser lo que tiene lo de ser posmoderno). Así, en cierta ocasión se declara ateo plagiando, sin rubor y con menos gracia, a Luis Buñuel: “…Todos tenemos un cristianismo heredado (ya que ninguno de nosotros conoció a Cristo directamente). Pero para mí, cristianismo heredado significa —crudamente— que gracias a dios soy ateo , que no creo en los ídolos, ni que Dios esté aquí o allá; no sé ni siquiera si creo que Dios existe como un objeto. ¿Dónde estaría? ¿En el cielo? ¿Debajo de la tierra? Encima, después, dado que existe, debe ser representado. Y dado que tiene que ser representado, lo representa el Papa. Y si el Papa representa a Dios, se vuelve autoridad. Hay que dejar de lado todo esto en nombre del Evangelio” (Entrevista a G. Vattimo por Ivana Costa en Diálogos, 2001). Ahí es donde el discurso posmoderno tiene su interés, en su esfuerzo por combatir la autoridad, pero creo sinceramente que hay que poner un poquito los pies en la tierra y, de un modo un otro, todos acabamos con ciertos "asideros". Vattimo coloca en el mismo saco autoritario a la racionalidad científica y a sus pretensiones de "verdad objetiva", así como a una confianza ciega en el progreso, y afirma tajantemente que también son "creencias superadas". No seré yo quien defienda una creencia ciega en nada, precisamente en aras del progreso, pero pienso que Vattimo raya en el solipsismo. Es precisamente su crítica feroz a toda verdad objetiva lo que le conduce a un extremo subjetivismo fundado en que no existe más realidad que la que produce el sujeto. De hecho, Vattimo se muestra fiel a esta subjetividad cuando saca sus consecuencias sobre nada menos que la civilización occidental a partir de su propia experiencia personal en el cristianismo; según este autor, es debido a esta doctrina religiosa, y en general gracias a las revelaciones bíblicas, que Occidente ha llegado a ser lo que es. Dicha afirmación no es que pueda decirse que sea falsa, es que hace falta tener bemoles, junto a un discurso categórico de lo más cuestionable, creo yo ademas que exento de esos supuestos rasgos posmodernos, para sostenerla. Por supuesto, hablamos de un filósofo posmoderno, capaz de afirmar tal cosa y en la siguiente frase abrazar un nihilismo fundado en Nietzsche, es decir, lo que supondría tambalear precisamente todo el edificio cristiano.

Hay otros autores, ateos y feroces críticos de la religión, que les gusta jugar históricamente a lo contrario. Es decir, el cristianismo ha sido fundamentalmente pernicioso y otro gallo nos cantara si se hubiera permitido a la sociedad de la Antigua Grecia evolucionar sin la llegada del dogmatismo religioso unitario. Por muchos atractivos que encontremos en los inicios del pensamiento filosófico (occidental), no me siento tampoco cómodo con esa postura. Una cosa es que tratemos de comprender la historia, precisamente para no sucumbir ante ella, denunciar lo que consideramos equivocado y tratar de fundar nuevos paradigmas más justos y humanos, y otra muy diferente es afirmar categóricamente sobre cuestiones que exceden cualquier capacidad. Por otra parte, tan perniciosa es la subordinación a una objetividad científica desprovista de humanidad (y demasiados ejemplos hay en la sociedad contemporánea, es cierto), como a un discurso religioso que se origina tantas veces en una cuestionable experiencia subjetiva. Nada más lejos que impedir cualquier experiencia subjetiva, la cual adopta muy a menudo caminos insospechados, pero el objetivo es seguir haciéndose preguntas, seguir potenciando un pensamiento crítico, y solo lo concibo elaborando nuevas vías para el conocimiento. Es cierto que no somos robots, que no podemos simplemente adorar al nuevo dios del conocimiento objetivo, estamos hechos de razón, pero también de sentimientos y de una voluntad fundada en causas a veces impredecibles. La civilización, no la occidental, sino la que forma el conjunto de la humanidad, se ha formado debido a discursos en parte religiosos, pero ha evolucionado gracias al pensamiento crítico y al deseo del ser humano, o al menos de algunos, para oponerse a todo discurso establecido. Vattimo, en Creer que se cree, consideraba que existía una vuelta al pensamiento religioso, algo que parece haber revisado recientemente e incluso denunciar la nueva religion que supone el "orden racional" (obviamente, su supuesta crítica a la religión tenía trampa). Respecto a las religiones tradicionales, no existe tal retorno y más bien algunas se repliegan en el fundamentalismo y otras se adaptan a los nuevos tiempos buscando su parcela institucionalizada del poder. Nuevos dogmatismos, fundados en lo político o en cualquier otro ámbito humano. Es cierto que la religión no ha fenecido, algo que se anunciaba ya hace dos siglos, pero eso no conduce de forma obvia a considerar necesariamente que algo hay en el ser humano que necesita el pensamiento religioso. El papel más beneficioso de la religión, comprendiendo siempre que en gran medida ha sido más un consuelo que otra cosa, podría muy bien ser ocupado por las maravillas del conocimiento y del arte, así como por un horizonte todo lo amplio posible para la razón y para los valores humanos. No es sencillo, claro que no, máxime en las sociedades de consumo "desarrolladas" caracterizadas sobre todo por factores de enajenación en la conciencia. Sin embargo, creo que flaco favor se le hace al antiautoritarismo con discursos abstrusos y contradictorios, capaces de adherirse a la tradición religiosa e igualmente a un cierto nihilismo (débil, of course).  Debe ser lo que tiene el discurso posmoderno, su gusto por la figura retórica del oxímoron.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La desacralización como libertad de indagación

Mostramos en la entrada de hoy las conclusiones del artículo "El ateísmo contra el pensamiento religioso: la desacralización como libertad de indagación", que reflexiona sobre el librepensamiento vinculado a la tradición religiosa, aunque recuerda que es también necesario en otros ámbitos.

Hasta hace poco, la religión se ha considerado un proceso casi natural en el pensamiento humano; tal y como escribió Marx, se trata del consuelo de los oprimidos, "el opio del pueblo", expresado en un pasaje muy divulgado, pero tal vez no lo suficientemente entendido. Sin embargo, a pesar de que la falta de certeza, los miedos y las angustias son inherentes al ser humano, esa función de consuelo ejercida por la religión se diferencia del deseo por conocer el mundo propio del saber científico. Frente a las grandes verdades e ideas inmutables propias de las religiones, nada mejor que una forma extrema de pensamiento crítico, el permanente anhelo de hacerse preguntas en aras de mejorar cualquier ámbito humano. Parece claro que, si la religión volvió con inusitada fuerza a finales del siglo XX, a principios del XXI el debate sobre el ateísmo está a la orden del día y resulta más importante que nunca para una sociedad laica y con plena libertad de conciencia. El temor de Comte-Sponville a renunciar a los valores fundados en la religión, que puede verse reflejado en la famosa frase atribuida a Dostoievski "Si Dios no existe, todo está permitido", resulta de lo más cuestionable. Fernando Savater ha recordado que ese famoso aserto, no solo no demuestra la veracidad de creencia alguna, sino que más bien constata una urgencia que debe invitarnos a la duda. Es precisamente el librepensamiento, el apartamiento de las religiones, plagadas de ideas fijas y de creencias sobrenaturales, lo que ha supuesto unas mayores posibilidades para la ética, para mejorar la vida social e individual. En cualquier caso, el ateo siempre reflexionará que lo inexistente no puede morir y una moral sustentada artificiosamente en lo religioso puede perfectamente, no solo sobrevivir sin ese apoyo, sino también validar su adecuación al bienestar de la humanidad y ayudar a la evolución y al desarrollo. Recordemos la visión de Mackie cuando señala que la visión religiosa subordina siempre los asuntos morales, y humanos en general, a cuestiones más trascendentes; en el cristianismo, es el caso de la aceptación de la condición pecaminosa del ser humano para aceptar luego su salvación. Sin ningún ánimo de caer en el maniqueísmo, y aceptando que la ausencia de creencias no es garante a priori de nada, hay que recordar siempre la ambigüedad de la moralidad promovida por la religión y, frente a ella, la existencia de una tradición humanista, preocupada por los problemas sociales, defensora de la honestidad intelectual y de la tolerancia, así como impulsora de la libre investigación. La moralidad, y los asuntos humanos en general, con sus concesiones y con sus ajustes, se entienden mejor desde un enfoque naturalista.

El fundamentalismo, última salida del pensamiento religioso, advertirá sobre el peligro nihilista que supone el ateísmo; sin embargo, lo que muere son viejos valores, mientras que otros nuevos y posiblemente más fortalecidos pueden germinar. Desde ese punto de vista, estamos de acuerdo con Michel Onfray cuando considera que es el ateísmo el que puede dar solución al nihilismo constituyéndose en garante de esos valores innovados. Siendo cautos con los diversos caminos que adopta el conocimiento y la creencia, ya que el pensamiento religioso perdura incluso en personas cultas y racionalistas, podemos también compartir las ideas del filósofo francés cuando trata de dar un horizonte lo más amplio posible a la razón y cuando afirma que cada ser humano deber llegar a una fase de madurez y ser consciente de sus capacidades intelectuales, críticas y políticas. Es algo que ya estaba en la obra de Kant, pero Onfray precisamente critica al filósofo alemán su protección del mundo religioso poniéndolo a salvo de la razón; a pesar de la radicalización de algunas posturas en el siglo XIX, considera que en el XX se acabaría consolidando esa separación perniciosa entre razón y fe.

En cualquier caso, no hay una opinión uniforme en el universo ateo, como resulta lógico y tremendamente saludable para el pensamiento. Como ya se ha visto, hay quien muestra su fidelidad a ciertos valores religiosos a pesar de su no creencia y, en el otro polo, los hay que consideran el pensamiento religioso como una gran distorsión histórica de la razón y la moral. Quizá podemos simpatizar mayormente con los que observan la moral atea como una evolución, una perfección histórica apoyada en alguna medida en creencias ya superadas. Tal vez se hayan ido apartando los valores religiosos, pero una concepción absoluta sobre lo correcto y lo incorrecto parece impregnar nuestra herencia cultural y acaba justificando el poder de unos seres humanos sobre otros. Esta crítica resulta, lo asumimos, controvertida, ya que adelantamos las acusaciones sobre la defensa de una moral arbitraria y relativa; la verdadera cuestión es que los principios morales parecen defenderse mejor, no desde el absolutismo y la trascendencia, sino desde perspectivas plenamente humanas. Podemos contemplar la historia como una tensión permanente entre fe y razón, según la cual algunas personas tuvieron el suficiente carácter y la valentía para hacer valer sus convicciones personales, a nivel moral o científico, enfrentadas siempre a lo religioso instituido. Es la modernidad la que ha conllevado la secularización del pensamiento, es decir, la posibilidad de desprenderse de lo sagrado para poder seguir avanzando. Tal vez no deba hablarse, necesariamente, de distorsión o fraude histórico en el nacimiento de la religiones, ya que afirmar tal cosa excede la capacidad humana; lo que sí es plausible es que, si el pensamiento religioso pudo hacer en determinado momento de motor histórico, esa desacralización iniciada en la modernidad es igualmente necesaria en aras del progreso. La confianza en los valores ilustrados y en el progreso, tan criticada por aquellos que dan a la modernidad por periclitada, no puede hacernos caer en una nueva fe ciega. Es por eso que el ateísmo debe insertarse en los valores antiautoritarios que, además del religioso, critican el poder político y económico, que no tardan en fundar nuevas abstracciones que someten al ser humano. Los valores vinculados a la religión acaban, más tarde o más temprano, siendo obsoletos al igual que los asociados a otros conceptos que constriñen el pensamiento como es el caso del patriotismo. Recogemos igualmente la herencia de una persona tan brillante como Bertrand Russell también cuando recordaba que los peligros para el librepensamiento no se limitaban al mundo religioso.

Puede descargarse el artículo completo "El ateísmo contra el pensamiento religioso: la desacralización como libertad de indagación" en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.10.

martes, 2 de diciembre de 2014

El ateísmo contemporáneo y su relación con los valores humanos

Como continuación de la entrada anterior, repasamos algunas de las visiones contemporáneas sobre la moral y la conciencia, desde posiciones abiertamente contrarios al pensamiento religioso y sobrenatural.

Richard Dawkins, biólogo considerado neodarwinista, considera que nobles impulsos como la amabilidad, el altruismo o la empatía se originan en el cerebro y se dirigen en primer lugar hacia la familia cercana, pero pueden extenderse como regla general. No profundizaremos aquí en la visión genética de Dawkins, no uniforme en el mundo científico y denunciada en ocasiones como biológicamente determinista, pero insistiremos en este autor por su prestigio y conocido ateísmo combativo. Derivar nuestro sentido de lo correcto o lo incorrecto de nuestro pasado evolutivo, conlleva ciertas dificultades al ser difícil comprender sentimientos como la compasión desde el punto de vista de la selección natural. Sean cuales fueren las reglas de la evolución, altruistas o competitivas, no es posible hablar simplemente de determinismo biológico, ya que se filtran a través de la influencia de lo que llamamos civilización, con sus tradiciones, leyes y costumbres. Como modo de mejorar la conciencia, Dawkins considera que la ciencia y la evolución, incluso con sus lagunas, resultan mucho más adecuadas para mejorarla que el pensamiento religioso y elude la posibilidad de fantasear con nuestros miedos y necesidades. Frente a los que asocian, necesariamente, el sentimiento religioso a la condición humana, ya que parece manifestarse de un modo u otro, habría que insistir en lo saludable de la independencia mental. Una comprensión adecuada del mundo real puede asumir el mismo rol inspirativo que, tradicionalmente y de manera distorsionadora, ha asumido la religión.
Desde la Antigua Grecia hasta Kant, hubo ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no religiosas. De hecho, tal como señala Dawkins, los imperativos categóricos de Kant se fundan en el deber, por el bien del deber, apartando a Dios, lo cual ha supuesto que se haya pensado que el filósofo alemán, aunque no pudiera admitirlo en la sociedad de su tiempo, era en realidad ateo. La universalidad de los principios morales, que es lo que está también detrás de los imperativos kantianos, es válida en algunos casos, pero plantea problemas en otros, ya que no todo el mundo estará de acuerdo en según qué comportamientos. En el caso de la moral de tipo kantiano, no tiene que ser una visión plenamente identificable con el absolutismo moral, puede hablarse de "deontología" o "ciencia del deber", es decir "obediencia a reglas". Entre las visiones morales modernas, están además los llamados "consecuencialistas", más pragmáticos, según los cuales la moralidad de una acción debe juzgarse por sus consecuencias (los utilitaristas, a menudo mal entendidos también, pueden considerarse como un tipo de consecuencialistas). Como afirma Richard Dawkins, no todo absolutismo deriva de la religión, pero es muy difícil defenderlo en otros campos.

Si la moral originada en las religiones es siempre exclusivista y totalizante, exigiendo además obediencia a los creyentes, una moral capaz de mejorar la vida y de facilitar el desarrollo, incluso con aspiración de ser universal, no necesita de orígenes divinos y todo ser humano puede comprenderla en mayor o en menor medida sin acudir a ninguna "verdad revelada". Es más, desde el ateísmo se ha criticado la moral religiosa, siempre absolutista, entendida como una verdad con mayúsculas, cuando en su nombre se han producido los mayores crímenes a lo largo de la historia; el ateo siempre considerará la moral religiosa como sospechosa, ya que detrás se encuentra la imposición y las mayores aberraciones hacia los no creyentes, por lo que acaba convirtiéndose en un instrumento de poder. Frente a los que consideran que una moral sin Dios no puede darse, la lógica hace pensar que la humanidad, en los albores de su existencia, empezó a dar contenido a las normas morales y potenció así los instintos constructivos del ser humano; en caso contrario, no habríamos llegado hasta aquí. Con el devenir de la historia, la idea de Dios se fue haciendo innecesaria, por lo que una ética puramente humana, basada en la convivencia social, la justicia y la fraternidad, enemiga de todo dogmatismo, puede exigir un mayor compromismo con lo real. La creencia religiosa surge de debilidades y angustias humanas, muy comprensibles, pero son infinitamente más aceptables  una incredulidad fundada en el esfuerzo por buscar la verdad, sin engaño alguno, y una moral fraterna, sin excusas sobrenaturales ni trascendentes. En esta línea, hay que recordar a Bertrand Russell cuando habla igualmente de renunciar al dogmatismo y adoptar la duda racional en todo ámbito humano; desde su punto de vista, ello ayudaría a erradicar los grandes males del mundo, ya que sin posiciones absolutistas resulta francamente difícil no considerar la gran responsabilidad que tenemos con el prójimo.

Otro ateo que ha tenido gran popularidad en los últimos años, el recientemente fallecido Christopher Hitchens, considera que el desarrollo del pensamiento ha supuesto que la humanidad se vaya apartando de toda verdad revelada y toda fe dogmática; desde este punto de vista, la razón, la conciencia y la moral solo pueden ser innatas en el ser humano, susceptibles de ser perfeccionadas o deterioradas y no es necesario apoyarse en ninguna explicación espiritual o metafísica. Desde su ateísmo combativo, Hitchens presenta varias e importantes objeciones al pensamiento religioso: distorsión cognitiva sobre el conocimiento y la razón, servilismo, solipsismo, represión sexual... recogiendo la herencia de Freud, considera que las creencias de los hombres estás sustentadas en última instancia en ilusiones, respuestas a sus necesidades y deseos más apremiantes. Tal vez la ciencia y la razón no resultan suficientes para establecer valores, pero sí son necesarias, por lo que hay que desconfiar de toda aquella doctrina que las reduzca; el intelecto y la moral se potencian gracias al conocimiento y la creatividad humanas, por lo que se identifica aquí ateísmo con una libertad plena para la indagación.
El filósofo André Comte-Sponville, en otra interesante obra sobre el ateísmo de reciente edición denominada El alma del ateísmo, nos propone un punto de vista diferente sobre los valores humanos. Su ateísmo lo funda en lo que denomina "fidelidad", usando una palabra con la misma etimología que la palabra "fe", a unos valores judeocristianos de larga tradición; su falta de creencia en Dios no le impide abrazar la moral fundada en la religión y considerar su importancia como elemento de cohesión en la sociedad. El temor de Comte-Sponville está en que la falta de creencia desemboque en el nihilismo, algo que él considera sinónimo de barbarie; su deseo parece ser fiel a dos polos: los valores religiosos tradicionales y el proyecto modernizador de la Ilustración. En este sentido, el filósofo francés se aparta del nuevo ateísmo de Dawkins y Hitchens, y especialmente de la tendencia posmoderna de Michel Onfray, que parte de Nietzsche para considerar que es precisamente el ateísmo el que nos proporciona la salida del nihilismo radicalizando e innovando los postulados de la Ilustración. El ateísmo de Onfray apuesta por una razón decididamente antirreligiosa y antimetafísica, que impida a los seres humanos caer en la tranquilidad existencial y el infantilismo mental permanente; el estilo directo e incendiario de este autor le lleva a considerar que el ser humano tiene una inclinación hacia la credulidad y la ceguera, por lo que las dificultades de la vida le empujan a las fábulas y los mitos.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Ateísmo, moral y conciencia

Iniciaremos a continuación el repaso a una serie de conceptos desde el pensamiento ateo, tradicionalmente acaparados por la religión y todavía fuertemente influenciados en la actualidad, aun aceptando la imposibilidad de lograr una cohesión y uniformidad y atendiendo también a algunos obras de reciente publicación. Para iniciar el análisis de la moral, recordaremos en primer lugar la frase de Albert Einstein: "Si la gente es buena solo porque teme el castigo y espera una recompensa, somos efectivamente un grupo lamentable".

Aunque temamos caer en la simplificación, puede que la frase de Einstein sea una de las claves del pensamiento religioso en lo que atañe a la moral, un comportamiento correcto se realiza para obtener ciertos beneficios (en el caso que nos ocupa, sobrenaturales). Desde este punto de vista, el ser humano necesita la religión, o cree necesitarla, para comportarse correctamente, aunque la vigilancia al respecto suele ser muy terrenal para justificar la existencia del Estado. Richard Dawkins, de forma muy irónica, afirma que se suele decir que la gente necesita religión, cuando en realidad lo que necesitan son policías. Por supuesto, en ambos casos se trata de una visión simplista y hay que observar los factores determinantes, todos muy humanos. En lo que estamos de acuerdo es en que una moralidad, en ausencia de vigilancia, es más verdadera que aquella que desaparece al no estar presente el vigilante, sea Dios o el Estado. Aunque siempre hay que echar mano de las estadísticas, no resulta difícil creer que las personas ateas posean una moral más sólida, ya que alguna clase de humanismo habrá reemplazado el más bien frágil credo religios1. Aunque es habitual confundirlas, la moral y la ética no tienen el mismo significado. La primera alude a los hábitos y comportamientos de los seres humanos y es posible definirla como el conjunto de normas de conducta que se consideran válidas para gran parte de una población. La ética puede describirse como la reflexión acerca de por qué es válida una moral. La visión atea, o naturalista, suele insistir en que la moral nació con la vida social, cuando los seres humanos buscaron unas normas uniformes para ajustar sus conductas y convertir la convivencia en más o menos previsible. En gran medida, la moralidad es producto de la sociedad y el individuo acaba interiorizando unos determinados valores, diferentes según el contexto social existente, que estimulan su conciencia acerca de lo que es bueno o malo. Desde este punto de vista, la moralidad posee una naturaleza muy humana y relativa, ya que según las circunstancias se favorece un comportamiento u otro; muy al contrario, las visiones absolutistas propias de la religión ocasionan muchos más conflictos, ya que las acciones más abyectas suelen justificarse en aras de un ideal trascendente.

Es posible que toda nuestra civilización esté impregnada de ese concepto de castigo y recompensa, basado en una concepción inmutable de la naturaleza humana, por lo que examinaremos el ateísmo desde la perspectiva de un horizonte moral todo lo sólido y amplio posible, trataremos de apartar definitivamente la práctica moral de toda afiliación, práctica o creencia religiosa e introduciremos el hecho de que existen factores biológicos y sociales que explican nuestro sentido de lo que es bueno o malo. Un gigante intelectual como Bertrand Russell consideró las dificultades de la consideración religiosa de que la conciencia humana estuviera originada en la divinidad. En primer lugar, parece que la conciencia dicta cosas muy diferentes a cada individuo; en segundo, la psicología ha ido dando respuestas a los distintos sentimientos de cada persona. Son las leyes causales, base del método científico, las que pueden ayudarnos a comprender por qué existe tanta diversidad en lo que motiva a la conciencia. Es precisamente la introspección la que a veces conduce a olvidar el origen de los sentimientos y a convertirlos en misteriosos. Si se quiere liberar a la ética de unas reglas externas, habría que poner en duda la visión religiosa de la conciencia. En una línea similar, Carl Sagan consideró que el argumento de la conciencia como demostración de la existencia de Dios no posee demasiado recorrido; hace ya tiempo que los neurobiólogos mostraron una alternativa al explicar que la conciencia es una función que depende del número y la complejidad de las conexiones neuronales del cerebro. Respecto al argumento moral de los religiosos, según el cual si el ser humano es moral es porque Dios existe, Sagan está en la misma línea de Dawkins cuando señala que la selección natural puede explicar muchas cosas sobre nuestro comportamiento; la adquisición de conciencia sobre nuestro entorno hace posible que comprendamos muchas cosas y ver lo que es bueno para nuestra supervivencia.

Aunque la ciencia no tenga mucho que decir sobre la ética, sí es capaz de examinar las causas de los deseos y los medios para realizarlos. Al no existir argumentos para probar que determinada cosa tiene un valor intrínseco, habría que aceptar que las diferencias son cuestión de gusto y no existe una verdad objetiva. Este subjetivismo tiene diversas consecuencias, la más evidente es que conceptos religiosos como "pecado" o "virtud" se anulan al solo poder ser algo como bueno o malo según unas circunstancias concretas. Desde un punto de vista biológico, pueden comprenderse los valores también como producto de la evolución, entendidos como lo que resulta agradable o desagradable en función del ambiente. No es posible deducir, desde estas concepciones éticas desprendidas de todo origen sobrenatural, otro concepto clave para el pensamiento religioso: la idea de un propósito, cósmico o divino, en la existencia humana. La objeción de los partidarios de valores objetivos, apoyada en las supuestas consecuencias inmorales derivadas de este aparente relativismo, puede ser refutada apelando al deseo y rechazando la creencia. Efectivamente, los deseos pueden ser personales o impersonales, pero difícilmente podrán ser estimulados por una creencia abstracta en lo que es correcto y sí, por ejemplo, por la educación y el conocimiento. La felicidad general no necesita una sanción por parte de un concepto absoluto del bien, y tampoco se convierte en algo irracional al basarse en deseos individuales. También habría que dudar de la racionalidad o irracionalidad de los deseos, ya que solo se ponen a prueba con la valoración de los demás conduciendo, o no, a la felicidad o la satisfacción. Los deseos son, tantas veces, grandes y generosos en ciertas personas, apoyados además en las grandes teorías morales, por lo que adquieren una nueva dimensión al tener la ambición de elevarlos a categoría universal.

El filósofo John Leslie Mackie considera que el mundo natural explica, gracias a la evolución, la conciencia, la moralidad y el valor como actividades humanas. Este autor clarifica cuáles son las consecuencias morales del ateísmo, ya que tantas personas, creyentes o no, consideran que la religión sigue siendo necesaria para no desembocar en un desastroso nihilismo. Así, Mackie considera cuatro puntos de vista principales sobre la naturaleza y el estatus de la moralidad: el primero observa las reglas y los principios morales desvinculados de cualquier utilidad que pudieran tener, estarían originados en algún tipo de divinidad y sustentados por la promesa de recompensa o la amenaza de castigo en esta vida o en la otra; el segundo, llamado kantiano, racionalista o intuicionista, ve los principios morales como una normativa objetivamente válida, formulada o descubierta por el intelecto humano y dotada de autoridad autónoma al margen de cualquier dios; un tercer punto de vista sostiene igualmente la existencia de principios objetivos válidos, pero considera que son creados y sustentados, del modo que fuere, por la existencia de Dios; finalmente, una cuarta opinión, denominada humeana, sentimentalista, subjetivista o naturalista, piensa que la moralidad es fundamentalmente un producto humano y social y, así, los conceptos, principios y prácticas morales se han desarrollado a lo largo de un proceso de evolución biológica y social. Es esta última perspectiva naturalista la que explicaría la existencia y persistencia de los principios y prácticas morales, debido a que permiten de alguna manera a los seres humanos sobrivivir y alimentarse mejor al limitar la competencia y favorecer la cooperación. Sin caer en respuestas definitivas, Mackie muestra la moralidad con su propio origen causal, parcialmente instintiva, desarrollada a través de la evolución biológica y transmitida de una generación a otra en forma de valores culturales. El enfoque naturalista adquiere una fuerza evidente cuando se observa que no hay un consenso definitivo en la humanidad sobre lo que es vicio o virtud. La perspectiva religiosa se viene abajo notablemente por dos motivos principales: la moralidad sufrirá una debilitación evidente cuando no existe la creencia, y también debido a que se subordinará siempre a otras preocupaciones más trascendentes cuando exista la creencia (como es el caso de la salvación personal).

En la entrada siguiente, publicaramoos la segunda parte de este artículo sobre ateísmo, moral y conciencia.

martes, 25 de noviembre de 2014

La filosofía Charvaka

La filosofía Lokayata o Carvaka (en otros sitios, como en el Diccionario de filosofía, de Ferrater Mora, se la denomina Charvaka) equivale a lo que hoy entendemos como materialismo. Para los que pretendan tener una lectura exclusivamente occidental del pensamiento filosófico (y del librepensamiento), hay que recordar que en el siglo VI a.c. surge en la India esta corriente que desafía la dominante interpretación religiosa de la vida y que tendrá seguidores durante un milenio.

Los estudiosos consideran los siguientes postulados en la filosofía Charvaka: 1.- la literatura sagrada debe rechazarse como falsa; 2.- no existe ninguna deidad o algo sobrenatural; 3.- No existe ningún alma inmortal, y nada existe tras la muerte el cuerpo; 4.- el Karma es inoperante y una ilusión; 5.- todo se deriva de elementos materiales; 6.- los elementos materiales poseen una fuerza inmanente; 7.- la inteligencia se deriva de estos elementos; 8.- sólo la percepción directa produce conocimiento verdadero; 9.- los preceptos religiosos y la clase sacerdotal son inútiles; 10.- el objetivo de la vida es obtener la máxima cantidad de placer.

Como puede comprobarse, se trata de una filosofía materialista (o naturalista) equivalente al ateísmo moderno occidental. Epistemológicamente, se apoya en lo empírico: "sólo existe lo perceptible"; esta percepción puede ser de dos tipos: externa, cuando se produce a través de los cinco sentidos, o interna, cuando es resultado del sentido interno o mente. Naturalmente, y como en el caso de cualquier otra filosofía, no pueden tomarse literalmente todos sus preceptos, ya que considera, por ejemplo, que la realidad está compuesta solo de cuatro elementos (tierra, aire, fuego y agua) negándose cualquier otro que no resulte perceptible. Lo importante es que la actitud resultante del Charvaka equivale al ateísmo, por su materialismo e irreligiosidad, por su negación de que el mundo sea algo creado y dirigido por un ser sobrenatural. Algo que será de pleno agrado para un pensamiento moderno, es considerar que la conciencia surge de una combinación de elementos del cuerpo y, al igual que él, acabará desapareciendo. En cuanto al concepto del alma, no es más que otro nombre para el cuerpo solo distinguible por el rasgo de la inteligencia. Mientras en Europa se imponía la intolerancia y el fanatismo religioso, el Charvaka denunciaba el fraude del pensamiento religioso y de la clase sacerdotal (desmontando así todo un sistema ético y social) siglos antes de que lo hiciera el pensamiento occidental moderno.

Recordaremos que una de las cuestiones fundamentales del pensamiento religioso es la creencia en el alma como ente incorpóreo separado del cuerpo, algo que aparece ya en entredicho en la filosofía Charvaka. Precisamente, si algún punto en común poseía este pensamiento con el budismo (rechazo de los sacrificios y de la castas, por ejemplo), divergía claramente en esta cuestión al negar la idea de un alma sustancial y de su transmigración. Tal cosa, se realizaba gracias al escepticismo, la observación y el rigor en los interrogantes; de tal manera, por ejemplo, que se considera la conciencia inherente a un solo cuerpo y se considera absurda la transferencia a otro cuerpo (como ocurre también en la anamnesis platónica, si hablamos también de la tradición occidental). Lo que se deriva del Charvaka, a nivel ético, es una filosofía hedonista, contraria al ascetismo religioso y que trata de evitar todo sufrimiento. Se apuesta, en definitiva, por desarrollar la vida al máximo, actitud que considera propia de la persona sabia, con todos los medios que tenga a su alcance. Por lo tanto, y esto es especialmente interesante, hablamos de una filosofía tan hedonista como práctica, que afecta a todos los ámbitos de la vida. Cuando la revolución sexual parece una cosa moderna de hace escasas décadas, hay que recordar la lúcida e hilarante respuesta que da un maestro Charvaka a su discípulo a propósito de la pregunta sobre por qué hay quien se mortifica y abraza el ascetismo religioso: "Esos estúpidos son engañados por los mentirosos Sastras y alimentados por las seducciones de la esperanza. ¿Pero pueden la mendicidad, el ayuno, la penitencia, la exposición al sol ardiente que depaupera el cuerpo, compararse con los arrebatadores abrazos de las mujeres de ojos grandes, cuyos prominentes pechos son apretados por nuestros abrazos?".

La filosofía Charvaka desapareció (al menos, sus seguidores), sin que se sepa muy bien por qué, aunque habría que tener en cuenta en ello que fue incansablemente denunciada por otras doctrinas hindúes por su firme oposición a la autoridad religiosa, junto a su inequívoco ateísmo. A ello se une el hecho de que hay que ser realista, y recordar que resulta difícil predicar el hedonismo cuando tantas personas están sumidas en la necesidad y el sufrimiento, caldo de cultivo apropiado para todo tipo de creencias sobrenaturales. Por otra parte, no hay que tomar el fin del seguimiento Charvaka como un fracaso, ya que hay que tener en cuenta que siempre será más dificultoso apostar por corrientes de pensamiento que requieran individuos más conscientes y que pretendan desarrollar la vida al máximo mediante un mayor esfuerzo vital e intelectual.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Antiautoritarismo y librepensamiento

Como continuación de la entrada anterior, en la que nos detuvimos en el anarquista Bakunin en la modernidad, continuamos repasando de forma somera un pensamiento antiautoritario necesariamente vinculado al librepensamiento.

Emma Goldman recogerá el legado de Bakunin, en el que las ideas de amor y justicia elevadas al terreno ideal del Más Allá han supuesto su empobrecimiento en el mundo terrenal, señalando al mismo tiempo que la idea de Dios ha ido evolucionando hacia algo más impersonal: "una especie de estimulo espiritualista para satisfacer los caprichos y manías de todo el abanico de flaquezas humanas". La idea de Dios se ha ido adaptando y revitalizando según las necesidades del momento histórico, la posibilidad de que el ser humano sea libre dependerá de su abandono. Si el teísmo es la teoría de la especulación, estática e inamovible, el ateísmo es la ciencia de la demostración, que debe producir una imparable marcha hacia el conocimiento y la vida. La filosofía del ateísmo para Goldman supone un concepto del mundo real, contingente, con sus posibilidades de liberación, crecimiento y perfección, mientras que la religión es uno de los sistemas absolutistas, enemigos de la libertad, creados por el hombre.

Sébastien Faure publica en 1926 un texto filosófico cuyo título lo expresa todo: Doce pruebas de la inexistencia de Dios. Por la importancia para el ateísmo moderno, nos detendremos en la obra de Faure, el cual establece tres grupos en sus argumentos que aluden a los rasgos atribuibles a la divinidad: Contra el Dios creador, Contra el Dios gobernador o Providencia y Contra el Dios justiciero. En el primer grupo, son seis los argumentos: la razón solo puede rechazar la hipótesis de un ser verdaderamente creador, como recuerda el aforismo ex nihilo nihil fit (de la nada, nada adviene) en contraste con la posterior teología cristiana; incluso aceptando lo anterior, Dios (lo inmaterial, el espíritu puro) no puede haber creado lo material al existir una diferencia cualitativa obvia; del mismo modo, no puede haber una relación causal entre lo perfecto (lo absoluto) y lo imperfecto (lo relativo, lo contingente), por lo que resulta imposible una determinación entre ambos (Dios no existe o no es el creador o no es perfecto); un ser supuestamente eterno, activo y necesario no pudo entonces estar inactivo o ser innecesario, lo que se deduce de un acto de creación que implica un principio u origen (en caso contrario, no hay acto de creación al entender que el universo es también eterno); la idea de inmutabilidad de Dios también se trastoca al comprender que ha sufrido dos cambios: ha deseado realizar una cosa, la creación, y posteriormente la ha ejecutado (el deseo de querer es ya una modificación, como lo es la acción o determinación); se entiende que hay un propósito divino en la creación, mas resulta imposible para el hombre indagar en él, por lo que tal vez dicho propósito no existe (aquí, la apelación al misterio por parte de la religión evitará cualquier complicación).

Son cuatro los argumentos presentes en el segundo grupo. El primero de ellos sostiene que no puede creerse en un creador perfecto al no ser compatible con un gobernador de las mismas características, ya que ambos seres se excluyen categóricamente; la creación en origen de un ser genial no puede haber dado lugar a una obra que demanda la mano de un gobernador, ya que su necesidad significa el desconocimiento, la incapacidad y la impotencia del creador. El segundo argumento de esta serie dice que la diversidad de dioses atestigua que no existe ninguno, ya que si existiera un Dios verdadero carecería de omnipotencia o de bondad para revelarse a todos por igual, dos de los atributos que se le atribuyen. El tercer argumento hace mención a la existencia del infierno como prueba de que Dios no es infinitamente justo ni misericordioso, sino un feroz e implacable inquisidor. El cuarto y último argumento de este grupo insiste en el problema del mal, cuya existencia en el mundo demuestra que, o bien Dios no es omnipotente al no poder erradicarlo, o no es infinitamente bueno al no querer erradicarlo.

El último grupo de argumentos, dirigidos contra un Dios justiciero, recuerda que la existencia del hombre está determinada por sus condiciones de vida, las cuales habrían sido establecidas por la divinidad. El hombre es, en definitiva, un esclavo de Dios y dependiente de él, por lo que difícilmente se le puede achacar ninguna responsabilidad. Por lo tanto, no puede existir juicio, castigo ni recompensa, para alguien que no es verdadero responsable. Al erigirse en justiciero, Dios no es más que un usurpador que se apropia de un derecho arbitrario y lo emplea contra toda justicia. Hilvanando con el último argumento de la serie anterior, Faure considera que Dios es responsable de los dos tipos de males; el segundo argumento de esta serie, y último de los doce, considera que Dios viola las reglas fundamentales de la equidad. Para concluir tal cosa, se admite por un instante que el hombre es responsable, pero situando esa responsabilidad dentro de los evidentes límites humanos. El mérito o la culpa que pueda tener el hombre, siempre limitada y contingente, no resulta acorde con la sanción y la recompensa, ya que ambas son eternas (cielo e infierno). En la conclusión a sus argumentos, los cuales son un buen compendio de lo que es la visión antiautoritaria sobre Dios, Faure invista a todo ser humano a que declare la guerra a esa idea sobrenatural y absolutista que le mantiene sumiso.

Dentro de este repaso al ateísmo entendido desde una visión antiautoritaria, merece la pena recordar las palabras de Bertrand Russell: "En cuanto abandonamos nuestra propia razon y nos limitamos a confiar en la autoridad, nuestras dificultades no tienen fin". El ateísmo de este autor, aunque desde un punto de vista científico habría que denominarlo agnosticismo, asocia la creencia religiosa con cierto engreimiento del ser humano al considerarse el centro del universo. Russell invita a superar todos los mitos creados en torno a la religión iniciando un camino de conocimiento que comienza con admitir los temores propios y reflexionar siempre de manera racional. La religión se muestra inequívocamente asociada al poder a lo largo de la historia, de tal manera que los gobiernos necesitan de una población ignorante que abrace cualquier credo irracional.

Extracto del artículo "El ateísmo contra el pensamiento religioso: la desacralización como libertad de indagación", en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.10.

sábado, 15 de noviembre de 2014

La culminación del ateísmo en la modernidad

Continuamos con este texto la entrada anterior repasando de forma somera la apasionante historia del ateísmo; en este caso, concluimos que la negación de la divinidad, entendida como libertad de indagación en el pensamiento y en todos los ámbitos de la vida, culmina en la época moderna, la cual no hay que observar como algo estático, sino como un proceso en constante evolución.

Puede decirse que la muerte de Sócrates en Occidente marca una era, y debido a ello los filósofos se muestran más cautos al exponer una idea. Durante el periodo helenístico, puede hablarse de dos evoluciones paralelas. Aunque Epicuro no era ateo, algunos autores posteriores le acusaron de ello debido a que consideraron que de su física se derivaba que los dioses no eran necesarios. Otro filósofo acusado de ateísmo fue Clitómaco, académico escéptico, debido a las ideas expresadas en su tratado Sobre el ateísmo. La teoría de Pródico sobre el origen de los dioses tiene cierto éxito, y a ella aluden numerosos poetas e historiadores. Aunque la lista de ateos fue cada vez más extensa, la historia no menciona de manera explícita a ateos practicantes. En los dos primeros siglos de la era cristiana, ateísmo es simplemente una etiqueta que colgar despectivamente al adversario. Las acusaciones de ateísmo eran algo que parecía darse por doquier hasta bien entrado el siglo IV, y los cristianos no se quedaron atrás en este sentido. Si puede entenderse que el nacimiento del concepto ateo dio lugar al progreso, con la llegada de la libertad intelectual, al mismo tiempo nacieron clichés para meter a todos los adversarios en el mismo saco y justificar así las creencias propias.

Merece la pena mencionar a un autor como David Hume, el cual no hizo nunca profesión de ateísmo, tal vez por temor a las consecuencias de la época, pero que en su Historia natural de la religión intenta, antes que otros autores en la modernidad, una antropología de la cuestión religiosa, ofreciendo causas social y psicológicamente plausibles para el paganismo y el monoteísmo y apartando las justificaciones sobrenaturales oficiales. Es en otra obra, Diálogos sobre la religión natural, donde Hume refuta, tanto al teísmo como al deísmo, demostrando que no hay razones para creer que el universo es una especie de reloj que necesite de un relojero, el cual según la analogía religiosa habría sido fabricante y garante de su funcionamiento.
Hay quien vincula estrechamente el ateísmo con la época moderna. El escritor Gavin Hyman realiza la siguiente descripción de la modernidad: "El deseo de lograr un dominio total de la naturaleza por medios racionales y/o científicos". Sería éste un deseo que va cobrando fuerza a partir del siglo XVI y no pierde fuste hasta mediados del siglo XX, cuando nacen los primeros síntomas de desconfianza hacia la modernidad. El ateísmo moderno puede verse como una reacción al teísmo, con las diferentes lecturas que tiene también este término. Es decir, es posible que pueda hablarse también de un teísmo moderno, surgido del Renacimiento, opuesto a su vez al teísmo medieval. Indudablemente, en los inicios de la modernidad, los franceses e ingleses empezaron a tener dudas, aunque el término "ateísmo" se utilizaba en realidad para denunciar un abuso.

Es a mediados del siglo XVIII, cuando se asocia la palabra a una declaración de principios y algunos intelectuales parisinos se reconocen abiertamente ateos. Hay quien señala a Diderot como el primer ateo, al considerar él mismo que había llevado la física de Descartes y la mecánica universal de Newton hasta sus últimas consecuencias. Es el ateísmo de Diderot consecuencia de una integridad intelectual y de una constante búsqueda de la verdad. No obstante, el término siguió teniendo connotaciones negativas hasta bien entrado el siglo XIX, vinculándose con la inmoralidad y la ilegalidad. Es por eso que ciertos autores describen su condición como laica, para no suscitar sospechas. Por ejemplo, Thomas Huxley asociaba el ateísmo con cierto dogmatismo al negar metafísicamente, y sin prueba alguna, a Dios. Así, Huxley empleó el término "agnóstico" para definir la "ignorancia metafísica". Nace así, entre los intelectuales, la rivalidad de posturas entre ateos y agnósticos. Por otra parte, el ateísmo tiene ya una connotación revolucionaria socialista, gracias a autores como Marx y Bakunin. En el caso del alemán, el ateísmo no es necesariamente una condición previa de la revolución, sino una consecuencia de una nueva estructura socioeconómica. Es la herencia "hegeliana" para la izquierda, siendo otro destacado pensador Feuerbach, feroz crítico del teísmo cristiano. Consideraba que Dios no era más que un conjunto incoherente de atributos personales, activos y antropomórficos, por un lado, y una realidad impersonal, imperfecta e inmutable, por otro; la religión se convertiría, para este autor, finalmente en antropología. Si Marx lo suele reducir todo a las condiciones económicas, y el teísmo sería entonces una consecuencia de ello, para Feuerbach, y para su heredero el anarquista Bakunin, se trata sencillamente de un reflejo humano. Textos de Feuerbach como el siguiente demuestran la importancia de este autor para la historia del ateísmo:
Quien no sabe decir de mí sino que soy ateo, no sabe nada de mí. La cuestión de si Dios existe o no, la contraposición de teísmo y ateísmo pertenece a los siglos XVII y XVIII, pero no al XIX. Yo niego a Dios. Esto quiere decir en mi caso: yo niego la negación del hombre. En vez de una posición ilusoria, fantástica, celestial del hombre, que en la vida real se convierte necesariamente en negación del hombre, yo propugno la posición sensible, real y, por tanto, necesariamente política y social del hombre. La cuestión sobre el ser o no ser de Dios es en mi caso únicamente la cuestión sobre el ser o no ser del hombre.
Para Feuerbach, la creencia en Dios es el conjunto insatisfecho de los deseos humanos, ya que se proyecta hacia el mundo ultraterreno todo lo que se apetece y no se alcanza en este mundo; a la vez, la creencia sirve de consuelo para los sufrimientos de los seres humanos y se brinda una coartada para no mejorar la situación terrenal. Bakunin, en la misma línea, considerará que el hombre había atribuido a Dios todas las cualidades, potencias y virtudes que debía acabar descubriendo en sí mismo. El punto de vista antiautoritario queda patente en el filósofo ruso cuando define a la divinidad, que aparece según la imaginación religiosa como el gran señor y el gran maestro, como una mera abstracción sin contenido real que, sin embargo, acababa arrebatando al mundo terrenal sus riquezas y fuerzas naturales para transferirlas al mundo celestial. Ateísmo empezó a ir unido a todo afán socialmente transformador, mientras que el cristianismo se convirtió en símbolo del statu quo. Por otro lado, y de forma paralela a esta visión revolucionaria, se consolidó cierto ateísmo intelectual y "respetable".

Sin embargo, merece la pena destacar a dos autores con mucho en común, con los que podemos considerar que el ateísmo adquiere un nuevo horizonte llamado nihilismo. Max Stirner no se conformará con acabar con Dios, quiere hacerlo con cualquier "idea eterna": el Hombre de Feuerbach, el Espíritu de Hegel o su concreción histórica y política en el Estado. Para Stirner, Dios es una enajenación del yo, y todas sus formas y todos sus profetas no son más que distintas formas para negarlo. Este yo de Stirner nada tiene que ver con ningún Absoluto, y el alemán se esforzará en particularizarlo y darle forma real. Incluso, Stirner considerará el ateísmo como otra forma de devoción, ya que sustituyen una deidad por el culto a otras abstracciones como el Estado o el Hombre. Muy al contrario, Nietzsche sí acepta el ateísmo como "constructivo y radical", al igual que asume todas las consecuencias del nihilismo y la rebeldía. Albert Camus considerará el pensamiento de Nietzsche como un espíritu libre que pretende destruir todos los valores fundados en ilusiones, el hombre acabará liberándose de Dios y de las ideas morales que han llevado a la resignación y al conformismo. El ateísmo, desde esta perspectiva, es una salida al nihilismo, ya que se derriba a Dios y a cualquier otro ídolo para fundar una nueva ética y valores inéditos.

A lo largo del siglo XX, las cosas cambiarían acercándose a lo que vaticinaron autores tan distintos como Nietzsche y John Henry Newman, los cuales pensaban que la indiferencia religiosa dejaría de ser un fenómeno aislado y una cuestión privada, por lo que los intelectuales ateos ejercerían su influencia sobre la sociedad. Puede decirse que en los años 60 del siglo XX empieza a consolidarse este ateísmo de masas. Habría que observar a la modernidad, no como algo estático, sino como un proceso y una sensibilidad en permanente evolución. Desde este punto de vista, sí es posible considerar al ateísmo como el punto culminante de la modernidad.

Podéis leer el artículo completo, publicado por primera vez en
Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.10 (julio-diciembre de 2012), en este enlace.

martes, 11 de noviembre de 2014

El ateísmo contra el pensamiento religioso: los orígenes

El debate sobre la naturaleza y designios de la divinidad, a lo largo de la historia, ha supuesto entregas tremendamente entusiastas. Fernando Savater ha considerado tres actitudes básicas sobre esta cuestión: en primer lugar, la de quienes han considerado como inverosímil, inconsistente o falsa de cualquier modo la creencia en uno o varios dioses; en segundo lugar, la que precisamente considera que la fe en Dios consiste en creer en un ser invisible con rasgos incomparables a cuanto conocemos o podemos comprender; en último lugar, están aquellos que aceptan la divinidad como el esbozo todavía impregnado de mitología de un concepto supremo que sirve para pensar el conjunto de la realidad.

No hace falta decir que no puede haber una división estricta entre cada una de estas tres posiciones, se dan influencias mutuas y subdivisiones en un debate que ha durado toda la historia de la humanidad. El primero de los órdenes mencionados pertenece, obviamente, a los ateos; hay que remontarse a Jenófanes de Colofón (siglo V a.n.e.) para encontrar la reflexión de que los dioses se parecen sospechosamente a los humanos que los veneran, mientras que cuatro siglos después Lucrecio establecerá que fue el temor (a lo desconocido, a lo arbitrario, a la muerte) el que generó toda la caterva de dioses. Repasaremos en primer lugar, aceptando la complejidad de una cuestión que con seguridad excede este espacio, una pequeña historia del pensamiento ateo.
Aunque el término "ateísmo" no aparecería hasta finales del siglo XVI, lo que se entiende como tal es muy anterior. Se considera habitualmente que en la Edad Media no existía ateísmo, al ser el cristianismo lo más importante para las sociedades y para los individuos. Aunque consideremos tal cosa como cierta, no es tan fácil realizar una separación tan tajante entre la época medieval y la Antigüedad, ya que hay que recordar que los antiguos griegos y romanos plagaron sus sociedades de templos, en sus monedas representaron a sus dioses, el calendario estaba marcado por las festividades religiosas y los grandes cambios en la vida de las personas se encontraban debidamente ritualizados. De manera estricta, el ateísmo solo era proclamado por algunos individuos excepcionales, los cuales proponían nuevas teorías sobre el origen de los dioses. En cualquier caso, se trataba de un ateísmo que ahora consideraríamos "débil", es decir, algo que podemos identificar con un mero descreimiento. Puede decirse que a lo largo de la historia de la humanidad, siempre han existido escépticos y no creyentes, pero la forma en que expresaron sus ideas dependía de las circunstancias históricas, existiendo periodos más favorables que otros. El epicúreo Filodemo distinguía tres tipos de ateísmo en la Antigüedad: los que dicen que es imposible saber si existen los dioses o qué aspecto tienen; los que manifiestan abiertamente que los dioses no existen, y los que lo reconocen de manera implícita. Hay que aclarar que es una clasificación que alude únicamente a las ideas, por lo que tal vez sería necesario un análisis más profundo.
Hay quien sitúa la aparición del ateísmo en Grecia en el siglo V a.n.e. Es posible que Protágoras (480-410 a.n.e.) tenga el honor de ser considerado el primer ateo, tal y como se manifiesta en el siguiente texto:
De los dioses no sabré decir si los hay o no los hay, pues son muchas las cosas que prohíben el saberlo, ya la oscuridad del asunto, ya la brevedad de la vida humana.
Puede interpretarse por este texto que Protágoras hacía gala de un ateísmo débil, más cercano al agnosticismo. Aunque no se conoce demasiado sobre la vida de este filósofo, y diversas leyendas han circulado en torno a las acusaciones de ateísmo, sí se sabe que Protágoras era un sofista, un intelectual crítico propio de una determinada época, que fue acusado de impiedad por la obra Acerca de los dioses a la que corresponde el anterior párrafo. Otros filósofos cuestionaron algunos conceptos de los dioses e introdujeron ideas nuevas, aunque sin cuestionar radicalmente la idea de la divinidad. La cosa cambiaría con Anaxágoras (499-428 a.n.e.), el cual dijo, según la obra de Diógenes Laercio, que "el sol era una masa de metal al rojo vivo"; se trataba de una idea auténticamente revolucionaria, en una época en la que se consideraba que el sol era el dios Helios. Esta vinculación entre ciertos filósofos que especulan con la naturaleza y la descreencia en dioses aparece reflejada en diversas obras, como en la Apología de Platón, en la que se pone en boca de Sócrates esa misma relación. Otro sofista, Pródico de Queos (465-395 a.n.e.), nos regaló otro texto revolucionario:
Los dioses en los que cree el populacho no existen ni tienen conocimiento. Pero los hombres primitivos [deificaron por admiración] los frutos de la tierra y prácticamente todo lo que mejoraba su existencia.
Hay estudios de su obra que afirman que Pródico propuso la teoría de que el politeísmo había surgido en dos fases: en una primera, los hombres primitivos empezaron a llamar "dios" a aquellos elementos de la naturaleza de los que más dependía su vida, como el sol, la luna, los ríos y los frutos; después, se empezó también a deificar a los seres humanos que habían sido grandes benefactores al inventar métodos para la mejora en el procesamiento de los frutos de la tierra. Según este autor, puede situarse el origen de la religión en los tiempos en que surgió la agricultura (7).
Hay otros dos intelectuales del siglo V a.n.e. que hicieron propuestas ateas, son Eurípides y Critias. Como en otros casos, el ateísmo de Eurípides  solo se infiere de autores y escritos posteriores. Es el caso del Belerofonte, una tragedia descubierta en época cristiana, que podría haberse estrenado en torno al año 430 a.n.e., reza al principio:
¿Acaso alguien dice que es cierto que los dioses están en los cielos? No hay dioses, no los hay siempre que los hombres renuncien a seguir como tontos razonamientos anticuados. Comprobadlo vosotros mismos, no os fiéis de mis palabras. Yo afirmo que en las tiranías mueren muchos hombres y otros pierden sus posesiones, y que los tiranos rompen sus juramentos para saquear ciudades y, aun haciéndolo, viven más prósperos que aquellos que son pacíficos y honran a los dioses todos los días. También sé de ciudades pequeñas que rinden culto a los dioses de otras, más poderosas, que las han invadido con sus ejércitos. Creo que si hubiera un hombre perezoso que rezara a los dioses y no se ganara el sustento con sus manos se [en este punto existe una laguna en el texto] fortalecerían tanto la religión como la mala fortuna.
Parece un pensamiento habitual de Eurípides, el hecho de que los descreídos prosperan, mientras los píos sufren. Puede deducirse de su texto que los dioses no tienen poder alguno y la religión es una mera fantasía. Citemos ahora la obra Sobre la piedad, de Critias, también de gran importancia para la historia del ateísmo:
Hubo un tiempo en el que los seres humanos vivían una vida animal y desordenada y se imponían por la fuerza porque ni se premiaba a los virtuosos ni se castigaba a los malvados. Creo que, en un momento dado, decidieron darse leyes para castigar a los pendencieros, que reinara la Justicia (Diké) [laguna] y se pudieran mantener al desorden y la violencia (Hybris) bajo control. Sólo castigaban a los que cometían actos prohibidos. Pero, como las leyes sólo castigaban los actos violentos cometidos en público, los siguieron cometiendo en secreto. Creo que entonces, un hombre ingenioso inventó el temor a los dioses, para que los malvados no dijeran ni hicieran nada malo ni siquiera a escondidas. Ése fue el origen de la Divinidad: se creía que había una Deidad (daimôn) inmortal que veía y oía en su mente y cuya naturaleza Divina le permitía pensar en todo y ser consciente de todo. Oiría todo lo que dijeran los mortales y vería todo lo que hicieran. No se podría ocultar que tramaban asuntos oscuros aunque se hiciera en silencio. Porque los dioses [laguna] tienen conocimiento. Formuló la parte clave de sus enseñanzas en estas palabras y ocultó la verdad inventando otra falsa. Afirmó que los dioses vivían allí donde más asustaría a los humanos que vivieran: en lo alto. Porque sabía muy bien que los miedos que asaltaban a los mortales cuando llevaban sus vidas miserables siempre procedían del cielo al que temían en medio de los truenos y relámpagos y reverenciaban cuando se mostraba estrellado, bellísimo, decorado brillantemente. El cielo se convirtió en el Templo del Tiempo, la morada del sabio Arquitecto. Se transforma en una masa brillante cuando luce el sol y el líquido elemento cae sobre la tierra. [Cuatro líneas interpoladas.] Creo, por lo tanto, que alguien convenció a los seres humanos para que creyeran en la existencia de una raza de dioses.
Se considera este pasaje como el primero en el que se propone la teoría de que la religión y los dioses se inventaron para que los seres humanos se portaran bien. Aunque Demócrito ya dijo que los instauradores de la religión se aprovecharon del temor que inspiraban los fenómenos naturales en los hombres, y Pródico ya había elaborado su teoría de las dos etapas, este texto parece ir más lejos que cualquier otro que se haya conservado.
Aunque no es tan conocido por esta cuestión, muchos consideraban que el mismo Sócrates defendía posturas cercanas a aquellos que ponían en tela de juicio las creencias tradicionales en dioses. Una década después de su muerte, en la obra de Platón puede encontrarse la palabra atheos, referida a aquellos intelectuales que negaban la existencia de cualquier tipo de deidad. Es el clima intelectual de finales del siglo V a.n.e., en el que filósofos y poetas fueron aumentando sus críticas a los dioses, erosionando así las creencias tradicionales e introduciendo la libertad de pensamiento. No obstante, hay que insistir en la excepcionalidad que suponía un autor verdaderamente ateo, seguramente debido tanto a la persistente fuerza de la tradición, como al nuevo teísmo platónico.

Podéis leer el artículo completo, publicado por primera vez en
Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.10 (julio-diciembre de 2012), en este enlace.